martes, 23 de julio de 2019

Graduado en Psicología

4 años. En estos me ha pasado todo, y en los años venideros me queda todo por hacer. Pero si he de mirar atrás para ser sincero conmigo, debo decir, al fin, que lo he conseguido. Ahora soy psicólogo.
Tras abandonar súbitamente el instituto a las puertas de la universidad con 17 años, para trabajar y esas cosas que te exige la sociedad para vivir, y un sentimiento rezagado de fracaso e inferioridad intelectual, decidí sacarme, al fin, una carrera. 26 años recién cumplidos y una prueba de acceso, me abrieron esas puertas cerradas hasta entonces para mí, y cuatro años después, me he graduado, y he cerrado una cuenta pendiente que había permanecido siempre tras finos umbrales de mi propia consciencia.
Ahora soy psicólogo, sí, y soy también escritor de novelas pues nunca dejé (ni nunca dejaré) de escribir: es lo que me conforma y sostiene como individuo.
Estudiar una carrera hoy en día te dará trabajo o no, dependiendo de factores que nunca dependerán del estudiante, pero lo cierto es que el trayecto ha sido tan emocionante (sí, como un revolver disparando emociones) como puede ser viajar o practicar deportes de riesgo. He disfrutado de mis éxitos, he sentido placer y felicidad de mi propia capacidad para la autodisciplina y el esfuerzo sobre algo, he llorado de rabia y tristeza por no tener tiempo de ir al parque con mi hija, de quedar con los amigos a tomar una cerveza, de escribir. He sentido la ansiedad en mi cuerpo, y he aprendido a sobrellevarla en el camino. Y aquí estoy, con 30 años, al fin, graduado.
No ha sido nada fácil. No lo es, ni te asegura el éxito ni la riqueza ni la felicidad ni el trabajo si quiera. Pero volvería a hacerlo, y animaría a cualquiera a enzarzarse sin pensar (o casi) en uno de los mayores embrollos en los que tendrá el lujo de meterse. Para crecer como persona, para decirse a uno mismo "he podido hacerlo", por el placer del conocimiento, quizá.
Por mí.
  

lunes, 8 de julio de 2019

Nuevo número de la revista de la AEM

Ganar para perder

   Mientras, con sibilantes artes oscuras, son tentados tus sentidos por una amplia gama de posibilidades de juego, con luces y colores rutilantes y promesas de un éxito en verdad inalcanzable, la probabilidad de ganar se aleja y te es negada de antemano, despojado de ella como a un cachorro de su madre. Todo es en vano, chico.
   No puedes ganar.
   Y sin poder ganar, mas creyendo poder hacerlo quedas atrapado en un baile incesante de miles de ceros tras un cero coma comandando, enhiesto, a sus huestes.
   Anuncios, famosos, sonrisas, impulsos eléctricos en tu cerebro; dinero. Vanas promesas de un éxito a largo plazo altamente improbable, preso de la diosa aleatoriedad.
    Y cuando el corto plazo te dé miseria de mamar, alimentando la creencia, percepción errónea, en la facilidad y la posibilidad del acceso a la riqueza, entonces estarás dentro. Dentro del laberinto, con tu cerebro adicto.
   Al final, la máquina evolucionó a un chisme portátil con portátiles dosis de una droga invisible. Y se convirtió en adicta; adicta a las apuestas para las que los seres humanos fueron desde entonces, y en adelante, su moneda y su mercancía.
    La máquina siempre gana con sus apuestas. Y tras ella hay otros que ganan, mas ni si quiera apuestan, pero venden cómo hacerlo con más promesas vanas, o quizá medien entre la suculenta víctima y la apuesta. Apremia la Ilusión de control sobre eventos aleatorios o sobre resultados objetivamente incontrolables, impera la sin razón; la impredecibilidad inherente a los eventos de juego cae por el peso de una siempre inadecuada información. Apuesta.
    Apuesta.
    La ansiedad te crece, a veces. En ese instante ínfimo previo al final, antes de perder o ganar. Ganar, si tienes mala suerte, te atrapa progresivamente en el futuro y te despoja del presente; la apuesta, si ganas, se volverá contra ti, se tornará consecutiva y compulsiva, con el tiempo.
    Laberinto en tu mente.
    ¿Podrás parar? ¿Podrías parar? ¿Podrías, si quisieras, poner fin frente a la ansiedad previa que te empuja a apostar de nuevo otro poco, o muy poco, que se hace mucho sin avisar?
    Mientras la mano se hace hábil y automática la mente se vuelve adicta, ¿podrás parar?, ¿querrás parar?
   Mano, moneda y mente, unidas por impulsos eléctricos subyacentes.
    Las apuestas y su accesibilidad crecen y se expanden, y crece la creencia en la posibilidad, y crecen los ejemplos de gente fulgurante apostando exitosamente. Pero detrás no hay nada más que publicidad y otra gente que gana sin siquiera apostar. Tras la mano, la moneda y el tiquet, tras la aplicación y la cuenta bancaria no hay nada más que la consecución victoriosa de una ciencia de la adicción y la ganancia, a costa de ti. Apuesta. Apuesta, si quieres, para jugar. Pero asúmelo.
    No puedes ganar.


lunes, 17 de diciembre de 2018

Nuevo artículo de la revista de la AEM

Adicción
   Subiendo por el linde del río de asfalto, iluminado su alquitrán por la luna entre desiguales cerros de hormigón, camina.
   Es una ciudad fantasmal: no hay perros que ladren por la calle, encerrados estos en campos de concentración, no hay niños fuera del alcance de protección de los brazos, que son murallas, de sus madres; solo hay espectros silenciosos en desigual procesión: epifanías de rostro iluminado, atrapados, absorbidos por un cristal rectangular que los embruja, brillante entre sus manos.
   Caminan sin mirar; van a algún sitio como movidos por un hechizo, sin ver, sin conciencia, sin miradas de intriga ni sonrisas concomitantes de alguna escurridiza emoción, tras el albor del reconocimiento fruto de la observación.
   Mírame.
   Soy los ojos que te miran al otro lado, más allá de la pantalla reflejo de tu vida. Yo emocionado esperando tu intenso mirar y tú preso, embrujado por el hechizo de una multinacional.
   Escúchame.
   Cuando tus ciegos ojos rojos despierten del letargo, colapsados por el vaivén epiléptico y el escintilante baile de píxeles de colores, quizá te hayas perdido ya mi alegría al verte, y mi odio al rechazarme, mi pausa avergonzada al no encontrar tu mirada; quizá me hayas perdido a mí y me haya ido, quizá te hayas perdido a ti mismo en un abismo de soledad.
   Esta tarde me he cruzado contigo, he hablado contigo, he sentido cosas al verte y tú no estabas allí. ¿Dónde estabas? Yo no lo sé.
   Perdido en un hechizo, maldito, sumido en un mundo desconectado de la realidad.
   ¡Mírame!
   Cuando llegó al final de la calle se dio contra un muro, el cristal cayó y se resquebrajó, para perder luego su magia y su brillo. Su mirada ya no estaba encantada y por inercia se dispuso, ahora sí, a observar.
   ¿Observar qué?
   Hombres fantasma y mujeres fantasma tirando de carros con bebés fantasma moviéndose de forma dispar. Los jóvenes, cabizbajos, quienes se arremolinaban por instinto humano en torno a un banco de pintura desgastada, no se hablaban ni se miraban, tampoco las parejas sentadas frente a frente esperando el yantar.
   ¿Qué son?, preguntó.
   Espectros, espantajos, fantasmas presos a los que les quitaron la capacidad de estar presentes en el presente.
   Consumidores consumidos, amordazados, dentro de un mundo irreal muy intenso y vivo, que no deja lugar para el aquí y ahora actual, presente, consciente, despierto.
   ¿Dónde quedan las conversaciones encendidas, enjalbegadas por sentimientos incendiarios, en la calle, en la plaza, en el bar de la esquina? Ya no las hay, ahora son sino lúgubres recuerdos vagando por la mente de unos pocos, que buscan con anhelo con quien poder conversar; las sonrisas espontáneas han demudado ahora en íconos ambarinos incongruentes con el estado de ánimo real; las miradas sociales cada vez más se transforman en fugaces reojos y las sonrisas en quebradas de desdén, despojos de lo que una vez fue la convivencia social en la calle y en la vida.
    Mírame y escúchame, y dime qué ves, qué sugiere mi entonación: hay unos ojos que iluminan y dan vida a las palabras que salen de mis labios, unos gestos que decoran cada emoción, pero requieren de tu presencia atenta, por tu parte, de implicación.
    Lucha.
    Lucha contra el cristal hechizado y regala a tu amigo el más preciado de los tesoros.
    Tu plena atención.
    Sin ella el presente es solo un retrato viejo de cerros cuadrados pintados de hormigón, de calles vacías y frías y de ríos de alquitrán iluminados por la luna.
    Sin miradas ni sonrisas, sin saludos ni emociones.
    Sin vida.   

lunes, 2 de julio de 2018

Nuevo número de 'Monóvar', la revista de la AEM.

Este es mi artículo para el nuevo número de 'Monóvar', la revista de la AEM.

   De pronto se abrió el telón, rasgándose en mil pedazos desde el centro y hacia afuera, y los jirones carmesíes que quedaron se incendiaron con impetuosidad hasta que se consumieron en el aire. Tras el silencio apareció un joven anhedónico, sin pasión, sin motivación, sin esperanzas.
   Sin alma. 
   Estaba solo y encorvado en un escenario oscuro y lúgubre. El público, que no se había inmutado lo más mínimo con su aparición, comenzó a murmurar y a señalarlo con el dedo. «¡Vago!», gritaron desde el fondo del patio de butacas, rompiendo el silencio; «no trabaja ni hace nada», murmuró una señora de la primera fila; «¡estudia para ser algo en la vida!», exhortó de pronto un señor que se había levantado desde el anfiteatro y que, según su contradictoria fisonomía y su gesto descompuesto, mientras lentamente se sentaba, parecía haber dicho una mentira o haber comprendido un grave error de su afirmación.
    Entonces levantó el joven la cabeza y se dispuso a decir algo, y ya con la boca entreabierta y un dedo a medio erguir, alguien del público, con gesto admonitorio, le reprendió por su incompetencia. 
   «¡Vago!», «¡nini!», «¡inútil!».
   Y con ello el público demudó en una muchedumbre ensordecedora de réplicas y críticas, y él de pronto en llanto.
    Otro telón escarlata cayó desde la parrilla, desplegándose en sesgo y sin parar de moverse por el escenario como una serpiente belicosa, como con vida propia, y dejando ver tras su baile incesante que ahora había una joven también llorando, junto al chico, en el escenario. Y una melodía sombría ocultó el bordoneo constante de la algarabía. 
    Iban apareciendo más jóvenes tras los pliegues de terciopelo, y ahora nadie lloraba, sonreían a medias vestidos unos de pizzeros, camareros o peones de fábrica y otras de aparadoras o limpiadoras del hogar. La muchedumbre, que hasta ahora había unido sus voces como si del rugido de un león se tratase, fue menguando en vehemencia y asintiendo complacidos, y la melodía pasando de acordes menores a otros mayores.
   Los jóvenes ya no eran tan jóvenes tras un frenético viraje del telón, y algunos se habían atrevido a cogerse de las manos formando parejas, y en sus miradas, y en sus sonrisas y ademanes parecía entreverse el furor del amor romántico con los visos de una parcial y frugal felicidad.
   Por fin, el público, complacido, se fue silenciando mientras una de las jóvenes vestida con una bata de aparadora a cuadros se dispuso para, al fin, hablar. Y con la palabra en la garganta el hombre que la cogía de la mano la hizo, con un ademán sutil, callar. Y ella calló, oscureciéndose tras ello como una sombra, y algunos en el público se complacieron por el gesto, otros expulsaron una risotada, la mayoría, sin embargo, enmudeció.
   La función estaba a punto de comenzar; todo estaba listo, pues: los jóvenes, que por muy poco se convirtieron en pensantes libres de algún tipo de utópica sociedad, representaban ahora la precariedad laboral, un papel que el público había exigido imperativo desde las butacas, para darle continuidad y vivir por ellos una vida productiva a expensas de sus propios anhelos, sueños o deseos, vagando estos entre conciertos de música rock; la aparadora con su precario salario en una mano encallecida, víctima de una doble explotación, por otro lado, cada vez más pasiva y transigente, se había convertido en una sombra proyectada por el falo de su hombre con su precario sueldo privilegiado de varón, en la otra. 
   Con súbito estruendo el telón salvaje se detuvo, como agarrado por cuatro cuerdas invisibles, y los muchachos desaparecieron tras de él, la música cesó de sonar y el público también de murmurar.
   Y tras un silencio eterno y una oscuridad abisal las luces de los focos se encendieron, y al fin el público, esta vez expectante y entusiasmado, aplaudió con sonrisas cínicas como máscaras de cenicienta piel: habían moldeado a su gusto aquella función y a sus actores como si de una aplicación de móvil entre sus manos se tratase, pues ellos eran quienes habían pagado con su propio dinero, se habían dicho a sí mismos, por lo que tenían el derecho, y el poder, para tomar las decisiones sobre ellos y por ellos.
    Entonces, y solo entonces, el telón estaba listo para abrirse como debía hacerlo: tirado por cuerdas a modo de riendas por la sociedad desigual. Y se abrió el telón.
   Como en un mal chiste.



sábado, 30 de junio de 2018

El receptor activo ha muerto

Música excitante, imágenes dinámicas y emocionantes donde aparecen frases a medio escribir aquí y allá, bailando en la pantalla, apareciendo y desapareciendo fugazmente con los acordes y los amaneceres impresionantes; esa es la forma más inteligente y eficaz de hacer leer un artículo hoy en día, resultado de una vida de sobreestimulación visual y auditiva. Las letras y su mundo implícito y sutil, su magia evocadora y la creación activa del receptor que lee ha quedado relegado a lo explícito masticado por un emisor dominante, que se ha hecho con el control absoluto de lo que antes era cosa de dos.
El receptor activo ha muerto.

sábado, 26 de mayo de 2018

Creencias

A ti te digo estas palabras, joven de creencia irracional. Si crees que la inteligencia es estable, dada por la naturaleza, donde hay algunos muy inteligentes y otros muy poco, y de la cual nada o muy poquito puede cambiarse, ante los primeros fracasos escolares, confirmatorios estos de tu incapacidad y baja inteligencia, tu vida, atrapada por la creencia, te llevará a evitar ser evaluado para huir de tu baja capacidad y de las comparaciones con los demás que reducirían tu autoestima.
Despierta, chico.
La inteligencia puede estar sujeta a cambios durante toda la vida. El esfuerzo marca la diferencia, el empeño, la motivación. Todo lo evaluable por los test de inteligencia puede mejorarse. Todo. Pero en realidad eso importa muy poco. No importa la inteligencia ni la capacidad sino la creencia.
La creencia.
Si, por otro lado, crees que la inteligencia no es estable, que puede mejorarse, ante los primeros fracasos de la propia vida renacerá un espíritu de esfuerzo y motivación para mejorar y superarlos en el futuro (y no indefensión ante la incapacidad); eso llevará a obtener mejores resultados relacionados con la inteligencia y por ello mejor autoestima y de ahí a un proceso de retroalimentación. Un cambio de creencia puede ser clave, hacer la diferencia entre éxito y fracaso escolar que puede generalizarse a la vida adulta.
Creencias, racionales e irracionales, que condicionan nuestra vida hasta tal extremo.
Creencias. Sólo creencias.

Resumen de las presentaciones de El Fuego de los Confines

 La importancia y la magia oculta en los anillos, herencia de las antiguas religiones del bosque que nos ha llegado hasta hoy desde las diferentes y abigarradas mitologías.



Gracias por estar allí, acompañándome, y a los que, sin haber podido venir, seguís mi trayectoria como escritor. Haré ahora un pequeño parón para luego hacer otra presentación y firma de libros después del verano en Casa del Libro y algunas más que aún tengo que cerrar. Un saludo y espero que os guste y disfrutéis leyendo esta continuación tanto como yo disfruté escribiéndola, así que prometo no demorar más de lo necesario la publicación del tercero que cierra esta trilogía. Ha sido un verdadero placer compartir todo esto con vosotros. Gracias de veras.