jueves, 18 de marzo de 2021

Nuestro Bosque de Tinta: El bucle y el hada

   Había una vez una flor que fue polinizada por un hada nocturna. Esta gestó un fruto encantado de un escintilante celeste, y de él surgió un bucle temporal infante, torpe en su lento girar, que fue creciendo y creciendo de superficie, virando cada vez con más intensidad. 
   El bucle se alimentaba de su entorno, creando una racha de viento y el levantar de la hojarasca en un vendaval unidireccional, que daba vueltas y más vueltas en torno a él.
   El bucle de tiempo se hizo más grande, y a través de él podía atisbarse el pasado y el futuro del bosque encantado, entreverados. El pasado se vislumbraba frondoso y con mucho esplendor, donde las sílfides y los gamos, donde los duendecillos a lomos de frenéticas ardillas correteaban de acá para allá a su antojo; el futuro, sin embargo, aparecía gris, devastado por la tala y el fuego interesado, la tierra yerma, y a través de ella el paso de las máquinas por encima de los animales muertos.
  Tras mucho observar y observar, la misma hada que creó el portal, ya anciana, decidió cerrarlo para siempre. Se había pasado la vida observando el bucle, y concluyó que el pasado le traía la añoranza y la melancolía de la juventud; que el futuro le hacía sentir miedo, desesperanza, pues tanto el bosque como la magia y los animales de su manto acabarían desapareciendo. 
   Para siempre.
   Había decidido, tardíamente, que sería al presente y no a otro tiempo, a quien permitiría espolear sus emociones. 
   Y desde entonces vivió sin pesares, hasta su plácida muerte. Y el bosque continuó esplendoroso por muchos, muchísimos años más.
   Hasta que, un día, llegaron la máquina y la industria, como el bucle predijo, y poco a poco todo desapareció por entre el fuego, la tala y el paso de las máquinas por la tierra yerma.

miércoles, 10 de marzo de 2021

Nuestro Bosque de Tinta: Predador

   Al principio el depredador era solo un depredador. Cazaba, comía, dormía. La pantera negra, como otros, era astuta y sigilosa, y acechaba a su presa desde la sombra de los bajos arbustos de la selva. Con el paso de los siglos el depredador se fue haciendo más y más listo. Fue irguiéndose y poniéndose en pie, pues su inteligencia le permitía cazar mediante la creación y utilización de trampas, y ya no necesitaba correr tan rápido ni agazaparse tras los arbustos. Fue perdiendo las garras, pues utilizaba herramientas para cortar y comer, y utilizaba la mentira y la traición para matar. Fue perdiendo los colmillos y mejoró su lengua para mejor mentir, y atrapar así a su presa con la superchería y la insidia. Su mirada ya no era asesina y penetrante, como antaño, sino persuasiva, cautivadora.
   Al final, el depredador se refinó hasta tal punto que ya no parecía un predador. Se hizo el más eficaz en la caza, y la selva se fue transformando y transformando, a su vez; y la hojarasca, y los troncos de madera se convirtieron en fríos pilares de hormigón rectangular, y los ríos, cambiados también, mudaron en sinuosas carreteras de alquitrán.
Pero el depredador, el cazador implacable, seguía allí, adaptándose a su nuevo hábitat. 
   Dominándolo.
   El tiempo lo había cambiado todo y no había cambiado nada.
   Todo y nada a la misma vez, en la misma medida.

lunes, 1 de marzo de 2021

Nuestro Bosque de Tinta: La cueva de las emociones

   En medio de una disputa más bien unidireccional, suave, pero hiriente, el dominante lanzó un dardo envenenado al sumiso en forma de broma, y esta causó estragos a modo de risas por todas partes.
   De pronto, el tiempo se detuvo. Y por dentro del sumiso, en su mente embotada, comenzó la verdadera batalla: la única que realmente importaba.
   —Bienvenido a la fiesta —dijo la urraca al monstruo de la ira.
   Cuando las luces se hubieron ido tras el lapso, se encendieron las llamas celestes en un pequeño claro del bosque de neuronas, allí donde moraban los monstruos ardientes de las emociones. Y en aquel preciso momento de apagón, el aquelarre celebraba un ritual de iniciación. 
    El monstruo de la ira se acercó, suspicaz, abriéndose paso entre matorrales de dendritas y axones. Sentía el rechazo en las miradas y en los gestos de los demás. Pero había sido convocado. Convocado por la urgencia y la comisión de solución de problemas.
   —Percibo vuestro rechazo —dijo apretando los dientes.
   —Eres malo —le recriminaron prontamente los entes del perdón, la amistad y la religión.
   —No te necesitamos —dijo también el monstruo del miedo y el de la alegría —solo causas problemas.
   —Si queréis que me vaya, me iré —bufó, dándose la vuelta.
   —Has sido convocado —dijo el ente del equilibrio —porque eres tan necesario como nosotros, y tu ausencia ha tenido consecuencias para nuestra entidad como conjunto.
   De pronto se sintió un temblor. El bosque, su bosque de conexiones sinápticas, se agitaba, expectante. Las voces de afuera se escuchaban, reverberando, como el bordoneo de una guitarra sonando lejana, cadenciosa.
   —Tenemos un problema de ámbito social. El monstruo del miedo dice que huyamos, pero no lo creo conveniente. El monstruo de la alegría dice que no es importante y que no hay nada que temer, pero creo que está equivocado. El del desprecio mira el problema por encima del hombro y el del asco, como el del miedo, pretende apartarse, como también lleva tiempo sugiriendo el de la tristeza.
   —¿Y tú? —le preguntó la ira a la razón —, ¿qué crees que es lo mejor?
   —Lo mejor ha sido convocarte. A ti.
   Y la ira asintió y se puso a trabajar sin demora, y desde abajo conjuró una palabra tan tajante y poderosa, tan gutural, que hizo retumbar su ser como un rugido en una caverna.
   ¡No!
   El tiempo volvió a su cauce natural. Y el dominante sintió el rugido y el reverberar de la ira poniendo una barrera entre él y el nunca más sumiso.
   Se había establecido el equilibrio.

lunes, 22 de febrero de 2021

Nuestro Bosque de Tinta: La isla de aes

Existía una isla muy lejana, más allá de los países y de sus culturas reguladas por un orden categórico, donde iban a parar felizmente todas las aes defectuosas, mal trazadas o que se salían de los bordes marcados por la regulación. Una isla de colores, alejada del mundo gris de órdenes y preceptos.
Nadie regía la isla, pues cada una danzaba a su propio compás, vestía sus propios colores y tenía sus propias formas idiosincrasicas que las hacía únicas.
Un día gris, sin embargo, todo se truncó de una sutil manera, pues una de ellas se erigió por encima de las demás de una forma sinuosa, como líder indiscutible. Y poco a poco sus trazos se fueron haciendo más y más rectos, y más y más grises, hasta que su tinta se volvió negra y opaca, y fue tan perfecta como las aes perfectas del reglamento académico y la ley de impresión. Su perfección no se quedó ahí, pues se extendió más allá de ella misma. La líder impuso reglas y normas: empezó a obligar al resto a estirarse y dejar de lucir floridos y extravagantes colores para vestir el negro oficial. Al cabo de un tiempo, la isla fue tan parecida al resto del mundo que se anexó a la tierra de donde antes quería escapar.
Y aunque hubo revueltas, la creatividad fue dando paso a la normalidad disfrazada de madurez y modernidad.
Y las aes de colores, torcidas y e irregulares ya no tuvieron donde escapar de la máquina de imprimir.
Sus creadores creativos, se habían hecho mayores.

lunes, 15 de febrero de 2021

Nuestro Bosque de Tinta: La reina del Hielo

Érase una vez un reino tan al norte tan al norte que al declinar el sol cristalizaba la nieve que caía, creando formas de hielo delirantes. Cada noche, tras los rojos y violetas de la puesta y el arrebol, el Castillo del Hielo tomaba forma entre la tempestad, para reinar de nuevo lo que dura una noche. Y su princesa, hija del hielo y la tormenta, al principio difusa entre la borrasca y el vendaval, ordenaba solo una cosa a las criaturas vivientes de su reino, sus vasallos: que durmiesen, pues esa era su voluntad. 
Su único anhelo, sin embargo, su deseo más vivido que le quitaba el sueño y la hacía suspirar de emoción, era encontrarse de nuevo con su único amor, que veía una sola vez, al finalizar la noche, con el deshielo de su palacio y el ocaso de su reinado.
Su trono del hielo, de primor efímero en el norte, no era suficiente para ella.
Y en cada momento previo al amanecer, ella miraba orgullosa, ya en todo su esplendor, refulgente y hermosa, desde la balconada de su castillo; los primeros rayos del amanecer tras las montañas la embelesaban, a pesar de que la hacían morir otra vez, hasta su renacer con la llegada del frío de la noche. Mas ella permanecía ahí, inmóvil, exigiendo su atención.
¡Mírame!, gritaba al astro sol. Pero este, con su arrogancia desde los cielos, como cada nuevo amanecer, la ignoraba.
Y así, cada noche y cada día, su reino florecía y perecía, y ella quedaba atrapada por su obsesión, para volver a formarse otra vez, durante el crepúsculo de un nuevo anochecer.
En un reino muy al norte, muy al norte, entre el hielo, las lágrimas y la tempestad.


Nuestro Bosque De Tinta: La leyenda de los 3 conejos

   —Cuenta la leyenda que si parpadeas tres veces mirando a la luna llena del tercer mes aparecerá en tu camino el primero de los tres conejos: el conejo rosado, el conejo de la niñez —le dijo al joven e incauto viajero.
   —No he oído hablar de esa leyenda en mi vida.
   —Si tu infancia ha sido plena y rutilante —continuó sin prestar atención a su reproche —sencillamente, se irá. Pero si fue triste y desdichada el conejo te seguirá hasta tu casa para ver en qué clase de muchacho te has convertido, y darte suerte en días venideros. 
   —¿Y los otros?
   —¿Qué otros?
   —Los otros conejos.
   Cuando el joven viajero volvió su mirada al encapuchado, este había desaparecido.
   Más tarde, un viajero adulto apareció por la encrucijada, y un encapuchado le abordó, apareciendo de la nada.
   —Cuenta la leyenda —el viajero dio un respingo, con una mezcla de sorpresa y miedo —que si parpadeas tres veces mirando a la luna llena del tercer mes, al alcanzar la edad adulta, aparecerá en tu camino el segundo de los tres conejos: el conejo verde, el conejo de la madurez.
   —No entiendo, ¿quién eres?
   —Si tu vida adulta es abundante y agraciada, el conejo sencillamente, se irá, pero si es una vida desgraciada y llena de tropiezos el conejo te seguirá hasta tu casa para ver en qué clase de hombre te has convertido, para darte suerte en los días venideros.
   Cuando el hombre se volvió extrañado, el encapuchado había desaparecido sin dejar rastro.
   Un tanto después, un anciano viajero que caminaba lentamente, apareció por la encrucijada y parpadeó tres veces ante la imponente luna llena.
   —Cuenta la...
   —Hace mucho tiempo —interrumpió el viejo hombre al encapuchado que apareció de súbito de la nada —que tus compañeros se marcharon. Creo que tú no me dejarás.
   El encapuchado dudó, sorprendido de su reacción.
   —Eres el tercer conejo —continuó el anciano, sin inmutarse —, el conejo negro, el conejo de la vejez. Hace muchos años encontré al primero, al conejo rosado de la infancia, y sé que me siguió, pues no tuve una infancia feliz, pero aquel día todo cambió, y conocí la felicidad. Por un tiempo. Años más tarde conocí al segundo conejo, al conejo verde de la vida adulta, y sé que me siguió pues volvía a sentirme deprimido, y de nuevo, mi vida cambió para mejor. Fui feliz, otra vez, y otra vez mi estado de ánimo se truncó. Pero intuía que aún debía encontrarme con el último de los conejos de la leyenda, y al fin te encuentro. Ahora me siento desdichado otra vez. 
   El encapuchado movió su rostro, oculto de la luz.
   —Todavía no te he contado el final de la leyenda —exhortó sin esmero —. Así es como esta concluye. Escucha con atención: al pestañear tres veces a la tercera luna, una vez alcanzada la vejez, aparecerá el conejo negro. Y heme aquí. Pero no soy el conejo de la vejez, soy el conejo de la muerte. He venido a cobrar lo que los otros dos te otorgaron: una deuda para conmigo.
   —¿Qué deuda?
   —La felicidad a cambio de tu vida. Mis congéneres te dieron el impulso que necesitabas. Pero siento decir que te sirvió de poco. Ahora debes venir conmigo.
   El anciano comprendió. Agachó la mirada, y se preparó para marcharse.
   Para siempre.
   

viernes, 12 de febrero de 2021

El druida y el fuego; Nuestro Bosque de Tinta

Todas las criaturas del bosque le temían. Pero no tenían miedo al druida, quien nunca se dejaba ver, y rápidamente se escabullía por entre pasadizos secretos, ocultos en las raíces de los árboles milenarios. Nadie supo nunca, hasta entonces, cuál era su nombre ni su guarida ni su intención. 
Pero todos conocían y temían a su fuego desatado. 
¿Por qué lo hacía?, se preguntaban serpientes, súcubos y ondinas, ¿por qué prendía fuego al bosque donde él mismo vivía? 
El druida caminaba siempre despacio, dando leves golpes a la piedra vestida de musgo, con su largo bastón. Portaba el fuego dentro, y a la vez era parte de él, pues era víctima de un hechizo; cuando durante días permanecía despierto, sin poder dormir, preso por el insomnio y el delirio, su fuego se iba de su control, e invadía el bosque que tanto amaba. 
Él no quería hacerlo arder. Pero no podía dormir. Y su lucha contra el insomnio, que era al final, su problema más vital, le estaba debilitando. 
Y pensaba, y pensaba, cuando se iba a su lecho de rama.
Y no podía a su pensamiento detener, que daba vueltas y más vueltas a las consecuencias de su fuego desatado, cuando yacía con los ojos cerrados.
Y de pronto un día, cansado, muy cansado, dejó de intentarlo; sabía que no podría parar sus pensamientos, así que intentó concentrarse en un recuerdo amado: a él mismo, por la orilla de la playa andando, con el mar besando la arena al ritmo de su lento respirar.
Y así, aquel día, consiguió al fin dormitar, y más tarde lo convirtió en técnica y estrategia contra su insomnio y su hechizo, que fue domado a su vez.
Y ya no hubo más noches en vela, no hubo bosques ardiendo hasta el amanecer.