lunes, 2 de diciembre de 2013

Lo que esconde la frialdad

   Frialdad. Ese mal que abunda entre personas, que crece y se explaya queriendo quedarse para siempre. Está hecho de silencio, de bruma, de palabras que quebrantaron hace mucho por la frivolidad de las horas, los días, los años. Es una barrera infranqueable -eso hace: venderte engaños -, es un muro introspectivo que abunda, que crece y se extiende, que se sujeta y se ensaña cruelmente en la más profunda e incomprensible mismidad.
   Esa frialdad.
   Y sin embargo, hay personas que lo piensan objetivamente, se vuelven prácticos, y la vencen. Por ellos mismos, por los demás que están en torno y sienten el frío que los hace ser distantes, aunque no necesariamente indiferentes.
Dicen que pronunciar un «te quiero» es una tontería, es innecesario; dicen que «para qué, si ya lo sabe»; ingenuos que piensan muy seguros «no hace falta decirlo».
   Y pasan los meses, los años. Y se vuelven extraños hasta los más queridos compañeros, primos, padres, hermanos.
   ¿Qué piensa?, ¿qué siente?, ¿qué anhela?
   Son nuestros allegados, y están ahí siempre, tan cerca, tan lejos, a una simple frase que rompa el hielo con un te quiero, un te he echado de menos, un estoy orgulloso de ti, un me alegro por tu buena manera de actuar, por ser tan fuerte y alegre, paciente, pragmático y firme. Tan íntegro para afrontar tribulaciones o disfrutar de las victorias y alegrías.
   Aunque no haga falta decirlo.
   Te quiero. Siempre.

jueves, 31 de octubre de 2013

Relato de Halloween: La noche de la luna roja

   Corría enloquecido. Tenía la respiración desatada entre sibilancias raucas como el berrido de un jabalí.
   Volvió el rostro y sus ojos espejearon. Nada le seguía, sin embargo, pero corría por el falso sendero entre las viñas jaspeadas por una luna roja. La arena arada le atrapaba los pies y lo entorpecía, haciendo cada paso inestable en una carrera casi cómica. Pero su rostro mostraba una mirada febril, trastornada, enloquecida.
   ¿Qué hacéis vos en mi morada?
   ¿Acaso no sabéis quién soy?
   ¡Soy el dueño y señor de esta casa!
   Tastabilló el paso, se le aceleró el corazón, cayó al suelo de bruces, contra una piedra suelta.
   ¿Y quién soy yo, sino el dueño, quién mi familia?
   ¡Muertos, muertos, muertos!
   Se le ennegreció la vista en el suelo, regando de sangre la piedra, la tierra, la vid en sazón veteada por una luna roja.
   Extraña noche, pensó, antes de desvanecerse.



   -Vamos a ver, tío, vas a contarle al alcalde todo lo que ha ocurrido en esa casa del infierno. Eh, vamos, tío, ¡vamos, vamos!, te quiero aquí conmigo -el hombre sentado de lado sobre la mesa taraceada del alcalde, chasqueó los dedos frente al rostro del hombre atado a una silla. Éste no reaccionó al estímulo. Así que recibió un puñetazo en el pómulo. Tampoco obtuvo respuesta.
   -Hijodeputa -se abalanzó sobre la silla con virulencia, detuvo su rostro a tan sólo un palmo del suyo. Del vuelo del gabán de cuero, relampagueó el armazón pavonado de un revolver del 38 -. Más te vale reaccionar pues esta no es una visita oficial, ¿me comprendes? Te partiré las piernas y hasta la crisma como no cantes como un puto jilguero.
   El hombre atado a la silla, no torció el gesto ni un ápice, perdida la mirada en algún lugar lejano que salía de aquellas paredes de madera. Su mirada continuaba febril, el rostro surcado de arañazos bajo la barba, las cejas con restos de tierra y sangre seca.
   -Déjalo, Álvaro -dijo el otro hombre que había en la cámara, sentado en una silla de enea -. No vale la pena. Bah, este es otro desgraciao de ésos que se pone a recrear escenitas para dar miedo, o intentarlo.
   -¿A qué te refieres? -Álvaro, sin apartar la vista del cautivo, se pasó el dorso de la mano por la boca y la barba que le daba un aspecto sucio y descuidado -. Es noche de Halloween y los colgaos estos se ponen a matar para que cunda el pánico -dijo indolente, las manos en los bolsillos de un sobretodo pardo en el que se arrebujaba, con la apariencia de intentar dormir-. Es un puto asesino, un sicópata, un pirao, y ya está. No es el primero que vemos ni será el último.
   -Si fuera un puto asesino, y ya está, el alcalde no lo hubiese ocultado aquí cuando ahí fuera piden su cabeza a gritos. Quiere despellejarlo él mismo. Es un hijodeputa, y va a pagar.
   Volvió a golpearle. Le escupió e injurió terriblemente sin obtener respuesta del hombre aciago. Ésto enfureció aún más a Álvaro, que paseaba por el despacho hincando los tacones de las botas con desesperación.
   El bullicio de afuera traspasó los cristales de las ventanas. La gente pedía sangre en las calles.
   -¿Es que no tienen bastante con la sangre de las víctimas? -señaló al preso con un ligero ademán de la cabeza -Bastante sangre se ha vertido ya por esta noche, joder.
   Unos pasos irrumpieron en la habitación. Quedaron en silencio mirando a la puerta.
   Cuando el alcalde entró, Álvaro se apartó del hombre sucio unos pasos, se irguió con las manos en la espalda, esperó. También su compañero se levantó con presteza y se plantó como un militar esperando órdenes del superior.
   Sólo entonces el acusado de asesinato volvió el rostro.
   Había conocido durante el transcurso de su vida a muchos políticos de pueblos y también de grandes ciudades, había visto a regentes de países y miembros de ligas continentales, pero jamás en toda su vida había visto aquel desplante tan extraño. Vestía un traje negro en contraste con su piel pálida. Su rostro era bien proporcionado y sus líneas perfiladas le eran dadas en gracia en un rostro joven. Demasiado joven. Pero su expresión hierática le daba un porte severamente autoritario, el aire místico y sombrío.
   Junto a él, una niña de unos doce años asomó por el umbral ataviada con un vestido de seda azul celeste plisado. Sus cabellos eran casi tan blancos como su piel, y sus ojos de un azul profundo, añil.
   -Salid -dijo el alcalde sin mirar a sus lacayos.
   Álvaro amagó un gesto contradictorio, pero su camarada le propinó un leve codazo en el estomago, tras lo que sonrió, asintió, y ambos se marcharon por la puerta de atrás.
   La cámara era pequeña. Los únicos muebles que la vestían era la mesa, el sitial tras ella, un armario junto a la ventana y la otra silla, donde estaba engrilletado el hombre, tan perturbado.
   Con calma, el alcalde tomó asiento, hincó los codos en la mesa y miró sin afectación alguna al acusado.
   -Elena, tráeme la arqueta y dos vasos.
   Ella desapareció en la otra habitación, haciendo resonar los objetos de cristal que habían tras la puerta.
   -¿Y bien? -comenzó con voz amable, sonriente -. Así que eres el asesino, «el matarife de Halloween», por lo que parece.
   El otro lo miraba aséptico, sin decir nada.
   Hubo un silencio frío. Su hija rebuscaba en la otra habitación. La gente gritaba bulliciosa afuera.
   Tableteó el alcalde con los dedos en la madera de la mesa.
   Silencio. Frías miradas.
   -Vamos, cariño, no tenemos toda la noche -alentó a su hija volviendo el cuello.
   -¿Quieres contarme por qué has matado esta noche a tu familia? -soltó de súbito.
   Silencio por respuesta.
   -Bien, ¿por qué no empezamos por las presentaciones?, mi nombre es Daniel, Don Daniel...
   -Yo no la maté -le cortó con celeridad.
   El alcalde apretó los labios. Su hija volvió a aparecer con una arqueta de madera de estilo antiguo y dos copas de cristal tallado. El padre le sonrió a la hija, y ésta se retiró a un lado, junto a la ventana.
   -¿Cuál es tu nombre, asesino?
   Se le aceleró el pulso.
   -Tus muertos.
   -Encantado, Tusmuertos
   -Roberto. Me llamo Roberto.
   -Ah, Roberto. Me place incluso más -sonrió, tras lo cual abrió la arqueta y de ella sacó un frasquito de vidrio esmaltado con unas runas extrañas inscritas en tinta negra -. Bien, debes saber que estás entre amigos, pues soy un gran apasionado de las historias apasionantes, de veras lo digo. Y esta curiosa manera de matar a la familia propia me resulta inquietante, a la par que intrigante. He visto los cuerpos.
   Abrió el taponcito de corcho. Pronto el aroma de la sustancia llenó la camara.
   -¿Sabes lo que es esto?, ¿no? Bien, te explicaré. Esto es una mezcla de aceite de tejo, opio, ricino y estracto de amaranto, entre otras muchas cosas, algunas venenosas, otras diuréticas, vete tú a saber. Yo no entiendo demasiado. No me malinterpretes, soy un buen cristiano, pero ésto es un brebaje muy caro y muy secreto, es algo pernicioso, créeme, pero me gusta -sonrió. Vertió su contenido en ambas copas de cristal -. Si huelo, podría decirte con atino que aprecio olores ocultos más siniestros si cabe, como la belladona, el estramonio o el euforbio, algunos aromáticos como la lavanda, la equinacea o el brezo. Joder, a saber que porquerías contiene ésto realmente. Algunos expertos incluso dirían que está mezclada con esencia de mandrágora y ortiga. Otros, los más esotéricos, dirían que esta mierda cara posee más de doscientos componentes y muchos de ellos matarían con sólo inhalarlo. Sí, sé lo que estás pensando con esa cara: que soy un loco por creer en pociones de brujas. Pero teniendo en cuenta tu situación, me parece bastante irónico.
   -Yo no he matado a mi familia -repitió, contenido.
   -Quiero creerte. Por eso te brindo ésta oportunidad en vez de entregarte diréctamente. Dime, ¿qué ocurrió?, ¿ummh? Pruébalo, te vendrá bien, puedes confiar en mí. Nada malo te traerá.
   Acercó la copa al extremo de la mesa. Él alargó el brazo, lo tenía suelto. Resonó el hierro de los grilletes en el suelo.
   -¿Cómo lo sabías?
   -Lo sabía. Cuéntame.
   Roberto miró a la hija del alcalde con la sorpresa en los ojos. Sabía que sus manos estaban sueltas y entró allí con su hija sin vacilar. Así que decidió confiar en él. Tomó la copa. Dio un leve tiento. Era un líquido aromático con demasiados sabores entreverados. No tenía buen sabor, era astringente.
   -Yo estaba en mi casa, en el campo, junto a las viñas.
   -¿Y?, ¿qué más?



   Roberto bajó distraido los escalones. Crujió la madera evejecida. La luz incidía en su rostro a tramos mientras bajaba, mostrando una tesitura envejecida, marcadas las ojeras, descarnados los carrillos. Pese a sus treita y nueve años, su rostro era surcado de exuberantes arrugas como si los años se hubiesen cebado con él. Pero aquella noche, aquella que todos llamaban de Halloween se mostró muy extraño, como rejuvenecido, casi, temeroso de la luna llena bañada en sangre que nada bueno presagiaba.
   -¿Ali?, ¿cariño?
   Se había despertado repentinamente y su mujer no se hallaba a su lado. Se sentía embotado, como viviendo un sueño. ¿Dónde coño están todos?
   Al llegar al salón, la chimenea estaba encendida. Pasó extrañado junto a la mesa y se acercó suspicaz a los sillones frente a la lumbre. El eterno cuadro sobre el hogar de uno de sus antepasados lo miraba ceñudo, admonitorio.
   Un escalofrío recorrió su espalda, tragó saliva. Nadie en los sillones, comprobó. Soltó el aire retenido. Volvió el rostro con súbito espasmo. Junto a la puerta había una sombra muy quieta, la silueta extraña de un hombre.
   Quiso preguntar, decir algo, pero hasta su voz le provocaría temor en aquel momento. No hizo falta. La sombra dio un paso, salió como una máquina del contraluz. Lo miró entonces un rostro muerto, con los ojos insufriblemente espantados.
   -¿Qué hacéis vos en mi morada?, ¿acaso no sabéis quién soy? ¡Soy el dueño y señor de esta casa! -gritó el espectro con una voz cavernosa. Se acercaba raudo, rabioso, siniestro.
   Vestía con capa oscura, calzas y casaca con evillas; portaba espada al cinto y una daga como un caballero medieval.
   -¿Quién sois?, ¿quién sois? ¡Esta es mi casa!, ¡es mi casa, largo de aquí!
   Se acercó muy rápido provocando un miedo cerval en Roberto. Y una cosa pudo captar su retina antes de desvanecerse. El rostro espectral se abalanzó sobre él, y cuando estaba a tan sólo unos pasos, vio en él su rostro propio, su gesto, sus ojos, cuando era joven y hermoso con una gracia casi inhumana.
   Y todo fue oscuridad.



   -Después de eso -perdió la mirada con pesadumbre, suspiró, bebió un trago del brebaje que comenzaba a parecerle de buen gusto -, recuerdo despertarme con las manos ensangrentadas... Y vi los cuerpos. Mi mujer, mi hija, mi hijo...
   El alcalde no le quitó ojo, no cambió su expresión indolente ni se dejó afectar. Tampoco su hija que lo escuchaba todo parecía sentirse afectada, mirando como estaba por la ventana hacia la luna, la calle, las casas, tintados de jaspe sus tejados.
   -Corrí como un loco por los campos -negó frenético, lo miró a los ojos, suplicante -. Debes creerme.
   -No creo ni dejo de creer, Roberto. No seré tu verdugo ni tu confesor, seré tu juez, seré justo, pues justicia merecen todos, los más crueles y los menos. Está buena esta mierda cuando le das unos tragos, ¿no crees, Roberto?
   Asintió.
   -El problema son sus efectos secundarios, entiéndeme, ésto no es orujo de yerbas -sonrió, macabro.
   Roberto captó algo con el rabillo del ojo, volvió con espasmo el rostro y la niña lo miraba con una cara asesina, como un espectro. Sólo duró un ínfimo instante. El pulso se le desató como un caballo espoleado, pero la niña seguía mirando a la calle, tan inocente y cándida como antes.
   -¿Qué... me has dado?
   El alcalde se carcajeó sin maldad, como riendo de un chiste malo.
   -¿Qué te he dado? No me hagas reir, es sólo un té frío, aunque con muchas yerbas.
   Otra vez sintió un escalofrío subiendo por la espalda. De un pequeño hueco de la ventana, vio un rostro ensangrentado de mujer mirándolo sádicamente. Su mujer. Y una mano con un cuchillo, o una daga.
   El hombre saltó de la silla, retrocedió. Cuando volvió la vista a la ventana allí no había nadie. Sólo la cándida hija del alcalde mirándolo extrañada.
   -¿Qué le ocurre, papá?
   -Nada, pequeña. Ha bebido demasiado, me parece. Ven, siéntate conmigo.
   -¿Qué ocurre?, ¿qué me está pasando?
   Don Daniel sonrió torcido.
   -¡Borra esa puta sonrisa!, ¿Qué pasa, qué es todo esto?  ¡aprésame de una vez!, ¡mándame a la cárcel!
   Volvió a ver un rostro macabro en un cuadro que lo miraba directamente con maldad. Era el rostro de su hijo. Y un brazo de niña por la ventana con un cuchillo. Cerró los ojos, las manos sobre la cabeza.
   ¿Quién es este hombre?
   ¿Y qué soy yo?
   Un asesino. Un asesino. Un asesino.
   Y unos ojos rojos como la luna.
   -¡No!
   Cuando los abrió de nuevo fue como si despertara de un sueño. El alcalde ya no reía. La hija lo miraba temerosa, abrazada al cuello de su padre. Ya no había rostros extraños ni brazos en las ventanas. No había voces en su cabeza.
   -Siéntate, Roberto -ordenó el Alcalde fríamente.
   -¿Qué está pasando? -preguntó con los ojos en llanto. Volvió a la silla frente al escritorio, se miró las manos. Aún tenía en las uñas sangre seca.
   La niña volvió a apartarse de su padre, aún mirando a Roberto con temor. El alcalde se reclinó en la silla. Expulsó el aire.
   -Algunos llaman a esta noche la noche de Samhaim, la noche de Halloween. Y ella es un portal para los malos espíritus, dicen. Pero yo no creo en espírus. ¿Sabes, Roberto? Llevo tiempo observándote. Hace tres años que llegué a esta ciudad, y lo hice en pos de tu estela. Ésta noche es noche de Halloween, es noche de monstruos, quizás debieras hacer examen de conciencia.
   La niña lo miró a la cara. Le tenía miedo, o lo fingía.
   -¿Puedes ayudarme? -suplicó Roberto, sintiendo el mal que portaba dentro.
   -Puedo. Y lo haré.
   -¿Quién eres tú?
   -Ya lo ves -sonrió con sus dientes blancos, hizo un gesto con las manos -. Soy un hombre del Bien. Y tú, un hombre del Mal. O algo así.
   Entonces hizo una señal a alguien situado detrás.
   Roberto abrió los ojos con mucho aspaviento. La chiquilla no estaba junto a la ventana. De pronto sintió el filo frío de un cuchillo en el gaznate, sintió la comezón del acero hendiendo la carne, bañando el metal con su sangre.
   Y sólo entonces recordó el momento en que él mismo sostuvo de igual forma un cuchillo. No había espectro con capa y espada al que echar la culpa. Aquello sólo era un espejo de sí mismo. Lo entendió, lo comprendió.
   Y lo aceptó mientras moría.
   La niña le tiró del pelo hacia atrás y le miró con profundos ojos azules, vuelto su rostro hacia arriba entre gorgoteos espasmódicos, segado el cuello en una sonrisa de sangre.
   -¿Truco o trato? -preguntó sonriente la niña, destellando sus ojos y dientes de placer.
   -Elenita, joder, te dije que no te manchases el vestido.

jueves, 17 de octubre de 2013

El placer del sufrimiento

   Inhalación. Repetición. Exhalación.
   «No sé cómo te gusta el gimnasio», recuerda.
   Tensa los músculos como atelajes de tiro, infla los carrillos, expulsa el aire con brío y energía. El rostro, bermejo y contraído, es surcado por arroyuelos de sudor a causa de un esfuerzo desmesurado.
   Cuando levanta la barra de hierro pavonado, nota como el cuero de los guantes se agarra al tramo raticular. Siente el peso de los discos en los brazos, padece su gravedad. Se mira en el espejo.
   Resuella, descansa brevemente. Y otra vez: inhalación, repetición, exhalación. Doce, nada menos.
   Joder.
   El bíceps, congestionado, muestra su mayor volumen reflejado en el azogue del espejo y eso le alienta. «¡Vamos», gritan en el gimnasio. «¡Ahí estás!». El entrenador le mira impasible, asiente, susurra unos ánimos que le inyectan una precisa fuerza moral.
   «Ocho», abre la boca y enseña los dientes a su reflejo. «Nueve», le falla el vigor, pero sigue, siempre sigue. «Diez» , siente la quemazón en los brazos tan candentes, lustrosos los visos en el sudor por las luces. «Once», gruñe, rabioso, gorgotea, suelta un súbito grito que le da las últimas fuerzas.
   El monitor, un jayán bien laboreado, consciente de todo cuanto le acontece en los músculos, le echa una mano y le levanta la barra muy suavemente. Le apremia de nuevo para la última repetición. La más jodida, la que más requiere.
   Acaba la serie y deja caer la barra con languidez en los brazos, suspira, lleva los puños a las caderas de manera displicente.
   Una serie. Sólo una serie. Qué agotador. Cuánto sufrimiento. Pero sonríe torcido a su reflejo en el espejo, tributo y lisonja para tan conturbado instante de tormento.
   Se siente estupendamente, sin embargo. Vivaz, fortalecido.
   A su lado otro gime en una máquina de poleas, la toalla en torno a su cuello, y al lado de éste otro respira con cadencia encogiéndose en reiteradas abdominales, frenéticas. Más allá alguien hace una pronunciada genuflexión con elevado suplicio.
   Todos padecen la quemazón.
   «No sé cómo te gusta el gimnasio»
   Y tú qué sabrás, se dice, mirando como aquí y allá todos sufren. Sufren terriblemente pero siguen. Siempre siguen. Pues en el sufrimiento encuentran la paz, el sosiego e hilaridad cuando dejan caer los hombros en la ducha, relajados y rendidos.
   Cuán infravalorada es esta cultura, casi filosofía con nombre propio.
   ¿Qué coño sabrán?

domingo, 29 de septiembre de 2013

Relato corto: El secreto de la abuela

   —Llalla, ¿a que no existen los monstruos?
   La anciana calla mientras el nieto la mira. Y su risa forzada dice mucho, obcecada en su pasado.
   ¿Por qué?, se pregunta arrebujada en su llanto. Por sus hijos, claro. Sólo por ellos podría aguantar tantos años de tribulaciones. Pero tras más de treinta años una vez más mira al pasado viendo a sus hijos hechos hombres cada uno por su lado. Una vez más se pregunta por qué.
   Desprecios, insultos, menosprecios; desdén, desidias, infundios, injurias malévolas, menoscabos acentuados de dignidad, casi de humanidad; miembros contusos, feos cardenales y más feas palabras impostadas como dagas candentes. Mierda de vida. ¿Por qué?, se pregunta tras treinta años desmadejados.
   Porque no vales nada sin mí, le dijo él una vez. Y era cierto. No valía nada pues, en el temor que siempre le infundió cada regreso a casa, cada palabra subida de tono, cada mirada despuntada un tanto, ella siempre claudicó. Siempre cedió a los designios de aquel hombre. Siempre le dejó vencer. Por sus hijos, claro. O peor, quizás, temiendo que todos aquellos años hubiese aguantado por ese verdadero amor tan atado al dolor que tanto se comentaba, de puertas para afuera. 
   Se acabó acostumbrando, por lo visto, y continuó su vida paradigmática que se esperaba de una mujer como ella, con hijos. Ése era su destino: una hipoteca, sacar adelante su casa, aguantar al hijodeputa de su marido, echar comida al perro, y callar.
   Por qué.
   Tras treinta años de aguantar y sentir la vejez llamando a la puerta de su reino de dolor, atrapada en aquellas paredes húmedas de llanto y desesperación, aún tuvo un anhelo como una ilusión por escapar de allí y rehacer su vida en otra parte, con otra gente que la amase y enjugase sus lágrimas con besos, que calmase sus temblores con caricias, que la escuchase y la arropase con genuinos abrazos. Aquella respuesta que tanto la había amarrado a su presente aciago, se tornaba ahora turbulenta, de exiguo fuste, como una broma cruel del destino.
   Por sus hijos, se había estado diciendo; aquellos que le ataron a ese presente de mal cariz, aquellos que también sufrieron el golpe y el látigo, el dolor físico y moral de un infeliz inhumano.
   Paradoja del destino, pensó, cuando aquel látigo tan poderoso acabó por extenderse en perfecta sincronía, años después, de la mano de sus hijos que la hicieron aguantar en el pasado. Fue desatinada su elección de dejarse llevar, de no luchar, si es que algún día realmente la hubo, pues esa elección la hundió más aún en el dolor, cuando el Mal del padre encarnó en el hijo y en su mirada de desgracia e infelicidad tan entreverada a la violencia y la ira.
   Mierda de vida, se dijo mirando atrás, con la mirada perdida en su pasado, en sus afanes insatisfechos que ya nunca volverían, infectados por el Mal que la encontró de la manera más vil que pudo hallar: mediante el amor insidioso con buena apostura, que aún tenía, con el tiempo, mucho por mostrar.
   —Sí, querido. Sí que existen —contesta, sombría, al candor de su nieto —. Ya lo creo que existen.

martes, 24 de septiembre de 2013

Monóvar de siempre

   Los mismos coches. La misma gente. Debieron de poner las calles pronto, presto y exactamente iguales, incluyendo el conjunto de los del bar y los de los bancos que parece que se los llevaron con el asfalto, y los pusieron de nuevo tras el relente.
   El pueblo despierta.
   El gran pequeño Monóvar: tedioso pueblo acogedor, denso, plomizo, arraigado, desvergonzado y eterno paraje de los de siempre, de los de: «quiero irme fuera a vivir» que acaban por decir: «qué bien se estaba allí, en mi pueblo, con mi gente»
   Ya sabéis: ese tipo de pueblos que nadie comprende pero que algo tiene.
   Es por la mañana cuando me dejo caer por el lado oeste que llega en declive desde una pendiente pronunciada, protegida por uno de esos radares fijos. Ese que hace levantar el pie, siempre.
   Aquí todo es «siempre» en esta rutina de pueblo.
   A estas horas de la mañana no se puede esperar que nadie sonría, desde luego, pero cuánta melancolía hay en sus caras, igual que en la mía, seguramente, me digo mientras piso llano por entre las rotondas de acceso con olivos o hileras de palmeras, como barbacanas de entrada a un castillo. Por suerte hay un atajo por la calle Mayor que lleva al antiguo convento y al mercado por calles estrechas y concurridas de caras largas, para evitar la avenida de la Ronda Constitución y sus semáforos desesperantes con patrón de turno triple, o cuádruple.
   A mi izquierda queda un bar con la misma mirada repetida como en un circuito cerrado diario de los mismos hombres. No saludan, claro, para eso sería necesario poner mucha tierra de por medio. Encontrártelos en Puntacana, como poco. Pero sí siguen el coche con la mirada como si no me tuviesen más aborrecido que yo a ellos. Más allá calcorrean los pasos de los peatones de siempre: señoras asidas a las cinchas de sus bolsos como estribos de carruaje y un cigarrillo en la mano; hombres con bolsas y bocadillos de ignotos ingredientes, también fumando; estudiantes apresurados por llegar a clase con la pantalla de los móviles abstrayendo su atención. Sobra decir que fumando, no voy a meterme.
   Qué peligrosos eran los mp3, decían, para los chavales por la calle. Casi mejor que andar tecleando por el whatsapp o el twitter mientras caminan.
   Callejeando, digo, calle Sant Joan abajo entre cafeterías con terrazas que abren ahora y panaderías que ya llevan faena desde la madrugada. Tan puntual el de los ciegos, saluda amablemente en la esquina con la avenida de la Comunidad Valenciana, el hombre, con su simpatía arraigada, arrecie el frío o el relente, la calina o la "basca", como decimos aquí. Que no le quiten el puesto estratégico, vamos.
   Al girar por la calle Maestre Don Joaquín y enfilar calle abajo ya con demasiado sueño para estas calles tan estrechas, paso por la Casa de Cultura y su patio de mármol pulido circundado de pilares que se asienta en el declive de la calle con escaleras adaptándose al terreno, frente a la calle Azorín. Ya pocos prestan atención a este lugar obsoleto desde la era digital, aunque de sentimientos arraigados para algunos.
   El pueblo despierta, como narraba, mientras llego a mi piso arrendado con ansias de cama, preso de mi ciclo nocturno, mientras se llena de vida la puerta del colegio solariego Cervantes a la sombra de los pinos bicentenarios y las falsas pimientas tras la verja pintada de carmesí; mientras abren la carnicería y el supermercado, y se monta una buena algarabía.
   Desde esa calle con nombre Pare Juan Rico, se advierte la colina entre edificios modernos que domina el pueblo, en lo alto, despuntando sobre ella el castillo en ruinas. No debe de ser casualidad, me digo, que me trasladase a esta calle con vistas al medievo deprimente, pues de ese muro, vestigio de un antiguo castillo medieval, fue señor el infante Don Juan Manuel de Castilla, hermano de Alfonso el Sabio. Y no sólo fue un poderoso político y guerrero, sino que fue un gran escritor de prosa castellana y representativo de la ficción, con su libro "El conde Lucanor". Le imagino allí, en las almenas de la torre del homenaje mirando la villa y a las calles con casas de adobe, piedra y madera, transitadas de caballos y carros. Le imagino apoyado en la piedra mirando a esta rúa en concreto, quizás, buscando las palabras que contestaran con acierto la pregunta del conde Lucanor a su consejero Patronio, bailando en su mente las letras, con mirada ausente, acariciándose la barba, intentando dar atino a su prosa. Quizás, digo, puesto que fue señor de muchas tierras además de estas.
   Ahora sólo queda un muro del castillo: unas ruinas, y ningún recuerdo.
   Ahora les toca escribir a otros, le dije desde la calle el día que me trasladé, bagaje en mano, a nuestro antiguo señor de la villa de hace más de seiscientos años, que sobre la torre del homenaje miró solemne hacia las calles de Monóvar, la Monóvar de siempre.

domingo, 15 de septiembre de 2013

El orgullo de la paloma

   Recuerdo aquel momento de hace ya más de un año. Aquella conversación que más se asemejaba a un monólogo que a un diálogo, por ser tan interesante. Yo sólo escuchaba.
   Era una de aquellas sombras de recuerdo de hombres con muchas anécdotas a la espalda que cuentan a las generaciones de jóvenes como yo, como narradores de historias, cómo fue esto o lo otro.
   Recuerdo aquel coloquio bajo un sol de condena a la sombra de una marquesina de chapa galvanizada. Había colgado boca abajo un jabalí muerto mientras un hombre de baja estatura me hablaba, goteando aún la sangre sobre una lona de plástico. Con su navaja «de toa la vida» , como él la llamaba —una de aquellas navajas de un solo filo extraíbles con mango de palisandro desgastado y rallado —, cortaba la gruesa piel del animal con la habilidad de quien está habituado a ello.
   El destino y sus intrincadas vicisitudes acabaron por llevarme allí, a aquel momento con aquel hombre de campo de acento cerrado de aldea o de caserío, como mucho. De La Romana o La Romaneta o algún paraje de aquellos medio deshabitados entre colinas y sierras secas y peladas.
   Antonio, se llamaba.
   Un hombre común; un nombre común.
   Una vida trivial, superficial, aquella.
   Sin embargo, tengo muy metido en la mente aquella reminiscencia, indeleble, que he querido plasmar ésta noche para que quede constancia de ello.
   —Eres cazador, ¿verdad, Antonio? —inferí mientras lo vi cortar con primor la carne del solomillo tras explicarme lo buena, aunque de sabor fuerte, era esa carne, y que a su señora no le hacía demasiada gracia por el pronunciado sabor que tenía, a diferencia de la del cerdo.
   Encargado de cantera de mármol desde sabe quién cuantos años, Antonio tuvo tiempo de atezarse la piel en los días largos bajo el sol. Un mostacho tupido y entrecano escondía su labio superior; su cabello era escaso en la coronilla y pertinaz a los lados, y ello lo escondía con una gorra polvorienta y raída que esa sí que debía de ser «de toa la vida», pero de cuando las primeras gorras del mundo.
   Un clásico.
   La solera bucólica y rústica de estas sierras del interior. Y conociendo referencias y buenas palabras sobre él, tenía —y tengo —buen concepto de ese hombre: honesto y falto de maldad.
   Es por eso que la historia sobre él mismo que me contó me afectó y nunca dudé de su veracidad, aunque se acercaba más al relato fantástico que a la realidad.
   —Hace años que no cazo —dijo con su habla acelerada que a veces se tornaba incomprensible. Algo muy común por allí —. Me tiré más de veinte años cazando —prosiguió sin dejar de cortar la carne mientras mordisqueaba una rama de mijera, o segaisa, como él la llamaba, entre los labios —y me pasó una cosa que, desde entonces, ya no me dejó volver a matar a un animal.
   Lo decía con el semblante serio, los aires de campero y el metro sesenta y pico que mediría, muy solemne él, perdiendo un instante los ojos en sus recuerdos arraigados que, como a mí en ese momento, le afectaron sobremanera, aunque en grado superior. Limpió la sangre de la navaja en un trapo de lino que no relucía de limpieza, pero que cumplió su función, pasando el cuchillo a un lado y otro de la hoja como un carnicero. Me miró con esos ojos negros muy juntos y pequeños, y continuó:
   —Voy y mato un torcaz con la escopeta, «bang» —y lo contó no sin ademanes que hacían seguir la trayectoria de un arma de cartuchos y ánima lisa, imaginaria —, cae el torcaz al suelo y voy pallá a recoger la pieza. Y cuando la veo allí en el suelo me se planta otra paloma delante —aguzó los labios y perdió la mirada en el suelo como si las tuviese a ambas allí: una con el buche abierto y los órganos desparramados y la otra plantada con coraje delante —hincha el pecho y me mira como diciendo: si quieres coger a mi amiga, vas a tener me matarme a mí también.
   Yo asentí abstraído y a él se le quebró la voz mientras lo contaba, muy sentido. Arrepentido, casi.
   —Y no la cogí —acabó por decir, volviendo a hender su navaja en la carne roja del jabalí que paradójicamente pendía con los colmillos ensangrentados mientras hablaba el campero sobre el último cadáver que provocó antiguamente su mano —. Las dejé allí y ya no volví a coger una escopeta. Ahora cazan otros, y yo como.
   No imagino una nobleza tan grande en un animal tan pequeño. Pero aquel hombre y aquel momento me hicieron pensar mucho. Quién sabe qué fue lo que hizo plantarse allí al pájaro, tan altivo y poderoso. Quién sabe por qué no huyó como otros, cuando escuchó el disparo.
   Quién sabe, si quiera, si aquello fue real. Sin duda se lo contó a la persona indicada, pues me gusta escuchar las historias que algunos individuos tiene para contar. Me enorgullezco de creer que sí: que aquello ocurrió de verdad. Confié en su palabra y en la honradez y moralidad que tras el suceso extraordinario le hizo guardar para siempre el arma de caza en el armero.
   Confío, de hecho, en que aquella paloma con valor inusitado existió por algunos años más tras el suceso, y miró y surcó el cielo sobre nuestras cabezas mirándonos soberbia y presuntuosamente, cagándonos encima y diciéndonos desde los pasillos de viento, ingenuamente: una vez os vencí, taimados animales, asesinos hijos de puta. Y volvería a hacerlo.

sábado, 31 de agosto de 2013

El hijo de Granada


   28 de agosto diurno. Granada.
   Recorriendo colina abajo las murallas de la ciudad palatina por el camino del bosque, vemos los muros arriba a los que, dicen, llamaron el castillo rojo por estar hecho de la arcilla de la montaña. Con aquel acento andaluz, la guía nos narra la gran historia de la Alhambra donde vivieron los últimos sultanes de Al-Ándalus y que asesinó a tantos otros, matándose entre los mismos clanes de musulmanes, africanos anhelantes del oasis que era el sur de España, y los fieros castellanos. Recibo toda aquella palabrería como música, atento a cada quiebro en la historia que hizo cambiar escrituras kúficas en relieve por capillas y coros.
   Y en ese paseo tan enriquecedor me veo a una familia que me recuerda mucho a la mía, a la de antes. Un niño que me recuerda a mí, a tiempos en los que viajaba con mis padres y mi hermana a visitar grandezas como aquella por toda España. Bellezas como el acueducto Romano de Segovia o El Escorial de Madrid. Unos recuerdos turbios, sin embargo, remanentes de la infancia que con el tiempo quedan olvidados.
   El niño tiene unos siete años y lleva encima un semblante cansado, arrastrando los pies. Y en su sufrida catadura no aprecia los arcos de herradura apuntados o lobulados de la entrada, tan majestuosos, que arcos de medio punto siempre debieron de envidiar. En el camino por los palacios musulmanes ricamente decorados nada parece llamarle la atención, observo viéndome a mí mismo caminando desganado con las manos en los bolsillos.
   No deja de hacerme gracia.
   Entramos a unos salones con techo de artesonado de cedro muy laboreado e infinidad de historias entrecortadas grabadas en yeserías en las paredes: frases en árabe antiguo y figuras de ataurique y lacería. El chaval no siente la tentación de tocar los pilares y chapiteles bajos como hago yo a mis veinticuatro años, a pesar del «Por favor, no toquéi lah yesería»; no aprecia la majestad de los almocárabes como palmeras de yeso, cal, alabastro y polvo de mármol en tan sólidas formas cual pequeñas estalactitas; no se deja embelesar por el espejo que hace el agua de las albercas a modo de fuentes rectangulares y calmas de los patios, tan de ellos, a la vista de ventanas de herradura con celosía.
   No atiende a aquella belleza ancestral.
   Solo en el patio de Los Leones parece mirar hacia las figuras eternas con ganas de subirse encima, por el hecho de estar prohibido.
   Me veo a mi edad sintiendo tanta fascinación por un mundo que no fue el mio por destino, quizás, y que está cargado de cosas hermosas y locuras como el nuestro. Me veo sintiendo cada ínfimo detalle en la arquitectura, independientemente a la historia, que aquel pueblo de turbantes y poligamia dejó atrás mientras los pateaban y los sacaban de aquí a hostias.
   Me parece curioso como observa el niño de indiferente todo aquello, me digo pensando en mi pasado, como hacía yo.
   El paseo nos lleva a cruzar las torres de La Alcazaba, los jardines reales, las huertas del exterior y El Generalife, o palacio de verano del sultán. Pero es en una construcción extraña donde sucede algo peculiar. Cuando aparecemos por un lateral aún dentro de la Alhambra para visitar -por visitar -un palacio al parecer cristiano con fachada almohadillada, diferente a los demás, sucede algo en la expresión de todos, advirtiendo lo extraño que encaja un palacio como aquel que tiene mucho arte italiano rezumando por los poros.
   Al entrar en él, quizás por instinto, pensamos extrañados, qué coño hace aquí un palacio casi romano -a lo pobre, faltos por aquel entonces de perras para poner pilares de mármol -, en el centro de una ciudad palatina musulmana.
   Es llamativo.
   Y es que, si parece hipocresía que un noble o burgués de los de ahora de traje y corbata conduzca borracho y atropelle a alguien impunemente, o se levanten aeropuertos fantasma, los de aquella época no se quedaban nada atrás. Allí se alza un palacio que nunca se habitó, construido del dinero recaudado de los impuestos que sangraban como buitres a los musulmanes llamados moriscos -los convertidos -a los que les permitían permanecer en España con duras condiciones, haciéndolos pasar por un tamiz o colador de fuego y muerte llamado el Auto de Fe que, algunos, por el hecho de tener dinero, evitaban pasar. Un acto inhumano y deleznable, público, tan de nuestra antigua religión.
   La hipocresía tiene sus antecedentes. Es historia de España.
   Volviendo a nuestro joven protagonista, es curioso, en ocasiones, lo que puede influenciar a un niño los comentarios tendenciosos de un padre. «Este es el de los buenos», le dice el padre convencido a su hijo al entrar, refiriéndose al palacio de Carlos I de España o V de Alemania que tan concatenado empezó su reinado con la iglesia católica por motivo de su corta edad. Ingenuo eufemismo, pienso, «el de los buenos».
   ¿Sabes, chaval, hijo de Granada, Barcelona, Madrid, Santiponce o Monóvar, o de donde te pariese España? -le diría yo -los cristianos, en concreto los católicos a los que tus padres te unieron en sagrado bautizo y de entre los que que no puedo dejar de incluirme, fueron muchas cosas en la historia; pero los buenos, lo que se dice los buenos, no fueron precisamente.
  
  

martes, 27 de agosto de 2013

La portada de prueba de «El Vasallaje de los Elementos»


   Esta mañana he recibido de la editorial la primera prueba de mi libro. Para el que no esté muy metido, la Editorial ECU manda tres pruebas del libro a editar al autor antes de la publicación que es el visto bueno, y la definitiva de las tres. En ellas pueden cambiar cosas tales como la portada o estilo en la maquetación, etc. Pues esta que tengo en mi mano es la primera de las tres y me ha alegrado el día, la semana, el mes.
   Esto está en marcha, me digo a veces a mí mismo como para convencerme. Pasan los días y cada vez estoy más convencido de que aquel muchacho imaginativo y soñador que un día fui, aquel que un día miraba la línea de casas bajas del litoral de Santa Pola y se veía escribiendo y siendo reconocido, preso aún de la niñez, escondía un punto de vanidad y sarcasmo en la sonrisa, en sus secretos. Quizá sospechaba lo que tenía dentro, quizá sabía que esto ocurriría, o que tendría que ocurrir.
   Y aquí me tenéis, catorce años después de aquellos sueños inherentes bajo un cielo plomizo recorriendo en bicicleta la «playa lisa» de Santa Pola, cumpliendo un sueño siempre escondido en ese niño y que, ahora, con estas oportunas redes sociales de por medio, puedo difundir y desplegar como alas pretenciosas prestas a liberar, encerradas en gurruños desde hacía ya demasiado tiempo.
   Espero vuestras opiniones. No es la definitiva pero, ¿qué opináis de esta primera portada?

jueves, 22 de agosto de 2013

El conde y el sultán


   Hace tiempo que quería visitar este lugar: el pino bicentenario y su "tierra fértil". O L' Alfàs del Pi, con su obra de arte, casi teatral, llamada el castillo Conde de Alfaz. Un espectáculo cuidadoso sobremanera en detalles, en suntuosidad y buenos profesionales.
   Entrando por la muralla exterior bloqueada por una barrera bicolor, me atiende un hombre con sobrevesta ceñida con un  cinturón de cuero y botas altas. Bajo la ventanilla mientras lo observo con atención. Me mira desafiante diciendo: «chaval, por aquí no se puede aparcar»
   Podría decirle: ¡Ha del castillo! y quedarme muy a gusto, si montase un alazán y esto fueran otros tiempos. Como no lo son bajo la música del reproductor y se apaga progresivamente la voz luctuosa de Adrés Suárez.
   -¿Al desafío medieval? -me pregunta como leyéndome la mente, y me reconduce con amabilidad forzada, con aspecto de llevar muchas horas allí de pie.
   El castillo se sitúa dentro de un parque temático con piscinas, toboganes, chiringuitos y casas prefabricadas de madera en pleno tumulto de gente. Mientras camino por el paseo agradezco el detalle de las vestimentas medievales tan a juego de los trabajadores. Y como aún falta media hora para entrar al espectáculo, me hago un mojito insulso en un gran salón con blasones y pendones en las paredes y un estanque de agua cobriza al fondo.
   Un cuadro encantador. Ambientado, vamos.
   Llega la hora y me planto ante el castillo entre palmeras y granados. Suspiro ante las torres con techo cónico que se ven sobre el muro con enredaderas y sobre el portón, y atravieso un puente levadizo que cruza el foso de agua verde.
   Una vez dentro junto a los demás turistas somos atendidos por doncellas y caballeros.
   -Pasad por aquí -dice una de ellas, ataviada con un vestido de terciopelo carmesí con brocados y pasamanerías -, tomaos una copa de champán.
   Cuidan el detalle, como digo.
   Un caballero muy serio, de porte honorífico y aires de soldado veterano cansado de matar moros -muy metido en el papel, el hombre -, con las manos puestas en las caderas, cuida las puertas a lo cancerbero. Va vestido como si fuese a asaltar las murallas de Ávila, me digo, y resulta que es de lo más simpático cuando me acerco a hacerle una foto, embelesado por sus ropajes.
   Y si aquella vestimenta cristiana me sorprende, es porque aún no había visto al sultán de los alfarís moros que viene a recogernos. Él nos explica -en tres idiomas diferentes-, con ademán despreocupado y taconeo casi marcial, lo que vamos a hacer durante la exquisita velada. Es un advenedizo alto vestido con telas suntuarias oscuras, bordadas en oro y colmadas de brillantes, hombreras con cadenillas, cinturón y corona de oro sobre el turbante. Y bajo él se esconde un hombre agradable, argelino de nacimiento -descubro -pluriempleado y lenguaraz, con la tez más pálida que la mía -observo a pesar del velo que cubre la mitad de su rostro-. Y él mismo nos alenta a adentrarnos en el castillo por salones y cuadras, pasando por el palenque que hará las veces de sala para la cena.
   Martini blanco, por favor -por no volver al champán, y a falta de Legendario o Frangelico. Y así espero con barra libre en la discoteca mientras nos preparan los trajes con los que nos aviarán a todos los "VIP's" -moros o cristianos, según toque, al azar -para desfilar como el séquito del conde de los caballeros o como el del sultán de los alfarís. Y bien ataviados nos dejan con aquellas telas tan bien manufacturadas, ricas en bordados y detalles como los trajes de los profesionales.
   Ya vestidos y medio azumbrados desfilamos por entre las tablas del palenque pisando la arena a la vista del público sentado en las sillas-gradas, sable al hombro, mientras los actores cabriolean con sus caballos, tan gallardos, tan galantes. Tan dignos de ver.
   Es una gran iniciativa la que allí comenzó con aquello de hacer participar al público, pienso mientras me siento como uno de aquellos moros caminando a paso militar con la mente fija en matar a algunos infieles, o en morir en el intento.

   Una vez finalizado el paseito por la arena en la que caballos y banderas ya corretean ansiosos, guardados los opulentos trajes, volvemos a la sala del palenque y me siento en la primera fila. Entra un carruaje con antorchas a la arena mientras lo hago, y con él montan un espectáculo de magia al más puro estilo de David Copperfield pero con tintes subrepticios y oscuros de brujería demoníaca.
   Sublime.
   Sopa de pescado. Pollo y patata asada, cuanto quieras. De bebida sangría o cerveza, la que quieras, sin medida. Buena estrategia, pienso.
   Ya que estamos ahí puestos para animar, siendo de la primera fila, es una buena idea aquello de la barra libre previa al espectáculo, pues enardecidos los ánimos, acalorados los semblantes lo damos todo rompiendo en vitores y aplausos a nuestro bando -el de los moros en mi caso -que lucha por la victoria en un torneo a lo medieval montados sobre caballos de pura raza; pruebas de habilidad con martillos, lanzas y espadas mientras cabalgan, etc. Todo muy digno de ver.
   El conde de Alfaz, anfitrión del sultán pluriempleado y argelino de la entrada, con una prosodia y dicción más que perfecta admite la derrota de los cristianos en las pruebas a caballo y admite como vencedor al príncipe moro, hijo de su anfitrión que, aún sudoroso, coge una jarra entera de cerveza y se la echa encima sin recato, a lo antiguo, a lo sórdido de taberna.
   Rompemos en vitores de nuevo.
   Y llega la mejor parte.
   Así comienza una experta coreografía de lucha entre los adeptos de la cruz y los de la media luna, que no deja de sorprenderme. Salta la arena bajo las botas y se lanzan espada en mano, «cling», «clang», cae un cristiano que viste como aquellos caballeros prestos para la batalla: camisón de lino, gambesón y sobrevesta escarlata con ribetes blancos y una cruz de Santiago roja bordada en el pecho. Se revuelca por el suelo y coge otra arma: un mengual con una bola de plomo con púas, una alabarda, un escudo de hierro. Da igual, el caso es batallar entre ellos mostrándonos así el modo de lucha en cada modalidad. Es un baile perfecto de pies, unas tesituras sufridas y reales, unos ademanes de auténticos guerreros medievales.
   Retrocede un moro con mirada cauta bajo su turbante negro, toma su espada, escupe al suelo. Se balancea así, de un pie a otro y espera el ataque. Qué gran profesionalidad. Realista donde los haya. «Cling», «clang».
   Ganan los cristianos, claro, pero de una forma sutil que nos hace ganar a todos. Alguien debió de calentarse mucho la cabeza, pienso apreciando la genialidad del asunto, pues el moro que aún quedaba en pie destapa su máscara de insidia y muestra su verdadera identidad: un traidor que escupe ante las ordenes de sus líderes. Con trampas transgrede las normas y se enfrenta incluso a su príncipe, reta al talante avivado de su sultán. Es decir, que cuando muere de la espada de un cristiano, todos ganamos. Genial. Bravo. Un aplauso para el creador, para el promotor, para los actores, pajes de cuadra, para el conde de parla perfecta y el sultán mundano y pluriempleado, para el chaval que hace de Mariscal de campo que aún no ha dicho nada ni lo va a decir, que ni ha bajado del caballo pero mantiene su porte solemne y su espada en alto para dar sus ordenes tácitas. Un aplauso para todos ellos, incluyendo los caballos de pura raza.
   Bravo.

viernes, 16 de agosto de 2013

Rumores de una villa.

   La esquina está a oscuras mientras camino. Suenan cucharas y platos del restaurante de la otra calle. Mesa reservada para uno.
   Con aquellos aires de habitual del local saludo con donaire, acodado en la barra. Huele a habas y caracoles en salsa.
   Tinto de verano, por favor.
   Y acude la hermosa camarera, solícita, y me planta un botellín, vaso ancho con hielo, una rodaja de limón y una sonrisa primorosa. Nos miramos cómplices, con esa connivencia mutua de quienes arrastran una gran historia. Se marcha hacia la cocina con esa mágica táctica del gremio de camareros de caza: sonrisa de frente, de lado -casi indiferente -, mirada después hacia otro lado; marchándose a otra cosa dejando a la pobre víctima, lúgubre y dependiente, pensando, ingenuos: ¡qué preciosa!
   Ya en mi mesa en la terraza, tan típica del verano, sosteniendo el tinto cerca de mis labios escucho irremediablemente el monótono bordoneo de los comensales con sus historias. Un "que a mí me se pertenecen estos bancales porque sí", muy acalorado, un "le pegué una raquetá en el pádel...", cuarenta y tantos "ya te digo" e innumerables palabas malsonantes, tan de nuestra parla.
   -¿Ta llamao la Irene? -escucho de una chica, de prosodia melodiosa, pelo negro cobalto recogido con negligencia en una coleta, ojos saltones, y labios finos y crueles.
   -Pos sí -contesta otro. Y comienza como un torrente a soltar palabras sin pausas en un intento de explicar lo que "la Irene" la ha dicho o le ha dejado de decir.
   Yo, absorto en la inmensidad de las redes sociales, o quizás evadiéndome en ellas, no presto atención, pues siguien hablando, despotricando sobre este o aquel, que si que mierda esto o lo otro.
   La camarera vuelve y toma nota. Ya sabe lo que quiero.
   Y mientras la veo marchar mirando su figura, dando un tiento al vino, no puedo dejar de escuchar esa frase tan nuestra, tan de pueblo, que tanto me exaspera. Que tanto me revienta:
   -A saber en qué se gasta el dinero -dice la chica aún joven, ya sin salvación, cínica y con aires de maruja de peluquería, de cola de carnicería, de terraza de cafetería.
   -Yo que sé... -contesta el otro, perdida la mirada calle abajo, hacia el parque, con el semblante indiferente, encogiendo los hombros, ecuánime.
   Y es que, en estos pueblos del interior corre una inquina y una malicia oculta entre la gente; un control obsesivo por conocer los detalles de cada cuál: pásame el informe de tu familia y el currículo de tu vida, y entra. Bienvenido al pueblo, querido.
   Y entonces recuerdo lo que un hombre sabio y respetable me dijo una vez. No era filósofo, licenciado en derecho o historiador; solo era un hombre humilde, perfeccionista, mundano y siempre abstraido trabajador. Mecánico de coches -recuerdo -y remanente de un antiguo árbitro de fútbol de primera división.
   -Nunca saques cuentas de los demás -me dijo un día con esa tesitura solemne.
   Y qué razón tenía, pienso ahora, pues no hay nada más veleidoso que el dinero que cambia de mano en mano por segundos. ¿Y a quién le importa lo que haga cada cuál con el suyo propio, o con su vida personal?
   Y ahí siguen despotricando cuando termino mi cena y pago la cuenta con ese gesto casi mecánico de sacar la cartera del bolsillo posterior. Les lanzo una mirada furtiva, quizás admonitoria, a los pueblerinos procaces, y me marcho por la calle recoleta, a la esquina a oscuras y su silencio.
   Gracias.
  
  

lunes, 12 de agosto de 2013

Esoterismo paranormal. ¿Fantasía o realidad?


   Existencia real. Realidad. Si no hay un dios que gobierne lo sobrenatural, ¿qué es lo que hay, superior a lo material? La grandeza de este nuestro Señor matizada por la iglesia es tan fantástica como absurda, llena su historia de incoherencias deslavazadas. Pero no es en la grandeza donde hay que buscar conclusiones, sino en los pormenores. Aquellos casos aislados y extraños que, en ocasiones, pasan desapercibidos en la historia.
   ¿Qué creer?, ¿dioses?, ¿espíritus?. ¿O todo se reduce a necesidades de la mente o enfermedades de la misma, respectivamente?
   Desde mi punto de vista nada puede existir fuera de lo material, de lo estrictamente demostrable con buen fundamento y desarrollo. Sin embargo, durante la historia se ha materializado un constante caleidoscopio de lo sobrenatural difundido en leyendas o más tarde imágenes controvertidas que hablan por sí solas.
   Escuchando la radio oigo un programa de llamadas. Suena música de tensión de fondo y un prolegómeno de lo que parece será una historia vivida, cuestionable, me digo, de una chica que tuvo una aparición durante la noche.
   Entra en antena y se masca la tensión. Para la música y se matiza la voz afectada de la chica, lúgubre, esotérica,  conturbada sobremanera y totalmente convencida de la realidad de su vivencia.
   Estaba acostada y despertó, dice, sin poder moverse. Y en esa parálisis una anciana -su abuela fallecida -aparece en su propia habitación y la mira. Ello transmite tensión en el estudio de la radio y en los estúpidos conturbados que la escuchamos, muy interesados.
   La vio allí junto a ella y jamás nadie podrá hacerle cambiar de opinión.
   Realmente creo que ella la vio. Pero eso no lo hace real.
   Catatonia. Definido por la RAE como "síndrome esquizofrénico, con rigidez muscular y estupor mental, algunas veces acompañado de una gran excitación"
   Solo es un ejemplo de lo inmensa, incomprendida y compleja que es la mente, que nos puede llegar a perturbar la realidad. Esto no lo explica todo, sin embargo. Es solo un ejemplo de la diversidad de rarezas que ofrece el cerebro en sus trastornos.
   Pero hay más cosas increibles que han ocurrido y ocurren en nuestros tiempos; como el verídico caso de malformación de Edward Mordake y su "demonio" que perturbó tanto durante el siglo XIX. El hombre de dos caras, que acabó por suicidarse a los 23 años. Malformaciones verídicas que podrían abrir un cúmulo incontable de leyendas sobre monstruos y enjendros como animales de formas poco convencionales. O hablando sobre esoterismo, el aún contemporanio asunto de las pigmentaciones en las paredes de Las Caras de Bélmez. Aquel caso de confusión en los que tras 42 años de investigaciones no ha podido demostrarse claramente que se trate de un fraude. Y para fraudes la medium Anne Germain que acabó su carrera en tele 5 hace muy poco, con su equipo que le pasaba el informe previo de quien, generalizando, ejercía su milagroso oficio jugando con los sentimientos de sensibles e ingenuos.
   Son, al fin y al cabo, casos que crean confusiones y nos hacen pensar en posibles alternativas incomprensibles a otras realidades o a "el más allá" Pero la realidad es el antónimo de la fantasía. Aun con todos esos casos extraños no dejan de haber explicaciones científicas unas veces y la oculta ambición mediática y económica del fraude en otras. ¿Quién sabe la verdad?
   ¿Qué diferencia a una tarántula pajarera o a un lobo gris de los monstruos de los cuentos?, incluso un caso de malformación mal llevado podría llevarse a equívoco. ¿Y qué hay de los fantasmas?. Si un animal pasara casualmente por la noche en una zona oscura al contraluz de un foco y alguien lo viese de lejos vería una sobra estirada caminar. Y si ese animal fuese un raposo -me cago en sus muertos -por mi madre que oiría gritar a una mujer como mirando a los ojos a la muerte.
   Mi pensamiento peyorativo hacia cualquier rareza sobrenatural -entre las que incluyo las que cuenta la biblia -es firme y férreo pues, como dijo Einstein, "todo es relativo"; todo es susceptible de ser manipulado, desgraciadamente, y debe de haber gente jodidamente buena en sus juegos de artificio, ilusionismos o supercherías ingeniosas.
   Soy reticente a todo ello, esperando que alguien llegue y lo demuestre. Y aún siendo así estudiaré cada palabra demostrada, buscando un artificio a lo demostrado, intentando buscar la trampa a lo inalienable.
   Me encanta la fantasía, pese a todo. Quizás a causa de ello. El motivo por el que creer en monstruos pintorescos y enjendros horrendos y no en verlos vestidos de traje con mirada tranquila por la calle, taimados, arrastrando la sombra de asesinatos, pederastias o violaciones. Me gustan mis monstruos de cuento que por lo menos se les ve venir acolmillados y oliendo a sangre. Y con respecto a la muerte... oh... La Muerte. Ella es bella como ninguna y nadie teme encontrarla. La dama de negro es el símbolo puro de serenidad y calma. En mi libro, al menos, me evado de esta realidad en mi fantasía propia y sus bellezas.
   Gracias.

domingo, 4 de agosto de 2013

Sombras en la carretera.

   Inicio servicio con normalidad. Con sueño, pero sin novedad. La noche transcurre con aplomo sobre un silencio continuo y monótono, realizando rondas, controlando accesos, lanzando destellos con la linterna rodeando el perímetro y atendiendo al más mínimo movimiento.
   No acecha el peligro en toda la noche. O sí. El mayor mal que tienta la suerte es uno malevo e insidioso, progresivo, ominoso.
   El sueño.
   Me atrapa en su tela de araña y teje diligente una trampa que me tira y me tira hacia el centro. Las horas se acumulan y las sombras se extienden. Siempre pasa así. Ya estoy acostumbrado.
   Una vez más termino el servicio por la mañana batallando contra ese enemigo acérrimo de los Vigilantes de Seguridad, ese sueño pesado que, sin control, nubla la realidad.
   Giro el contacto en el coche y se enciende la radio y las luces del cuadro en el salpicadero. Giro la rueda de las luces "click", "clic" y se ilumina el camino de tierra con las cortas del coche. Así arranco y parto, tentando a la suerte y dejando tras de mí una polvareda espesa de polvo lacerante de silice cristalina, el cual la Consellería de Trabajo y Bienestar regula aplicando agua con cubas de riego sin descanso, claro, mientras operan los canteros. Los vigilantes somos otra especie, pero ese es otro tema.
   Ya no hay radio buena por la mañana, pienso, están todos de vacaciones.
   Joder.
   En menos de seis minutos me acecha de nuevo el sueño putañero pues es el momento cumbre de superación: mantener los ojos abiertos en la carretera. Bajo la ventanilla y pongo la música a tope. Dos minutos. De nuevo el sueño. Es una batalla perdida, me digo, ¿por qué no parar -pienso - y refrescarme la cabeza con agua, darme de hostias hasta que reaccione o, qué se yo, revolcarme por el suelo y ya echar el uniforme a lavar en bloque? Lo que sea, pero pronto. Y así somos los gilipollas como yo, que jamás he parado, y por ese orgullo estúpido de yo puedo o yo controlo continúo un poco más.
   Conducir con el amanecer ya despuntando por la silueta al contraluz de las sierras es, cuanto menos, una faena. Sobre todo si es al Este hacia donde te diriges durante media hora en linea recta. Y con tal sopor encima es peligroso casi tanto como conducir ebrio.
   O peor.
   Como decía, las sombras se estiran por la noche. Y no es broma. Lo saben los afectados como yo. Llega un punto en que las señales iluminadas por los focos del coche crean sombras extrañas que toman formas aún más extrañas, como viendo de ellas surgir cuerpos cambiando de forma hasta que desaparecen a la diafanidad de la luz. Los focos ígneos de los vehículos que se cruzan contigo con sus historias propias se tornan macabros, se torna la realidad que lo envuelve a uno, truculenta y abstracta.
  Lo sé muy bien. Lo he vivido.
  Tener un grado extremo de sueño provoca delirios que, aun echandote agua por la cabeza, bajando hasta abajo las ventanillas, calzándote un par de hostias en el careto o poniendo a tope cualquier mierda de CD de OBK, El Arrebato o David Bustamante en el reproductor -tengo que renovar la música -el sueño, la mayoría de las veces se mantiene o aumenta, ponzoñoso.
   Ahí ya es cuestión de suertes, fortalezas y destinos, noches vistas para sentencia. Unos tienen buena suerte y otros mal desatino. Yo canto al ritmo de "Dulce final" como poseido. Y pienso en mis cosas casi con fuerza por concentrarme, me pongo a pensar en lo que escribiré mañana, por ejemplo, o en el "regalito" que le compraré a mi sobrina que anda siempre tan pedigüeña, por la mañana o por la tarde, cuando despierte el tío. Y con ese entretenimiento en la cabeza llego a casa, a mi calle y mi hilera en batería para aparcar que está frente a la carnicería que ya tiene su persiana a medio abrir y el camión de la carne frente a ella.
   Y solo cuando giro el contacto y siento el ronroneo del motor fenecer, asiento y me miro en el retrovisor. Finaliza el servicio -le digo a mi expresión cansada -ahora sí, sin novedad.
 

viernes, 2 de agosto de 2013

Relato: La noche del fuego.


   Esta semana volví a ir a un lugar muy preciado para mí. Un lugar de encanto propio al que me encanta volver: Algunos la llaman "La tetería escondida de Crevillente" y otros la "secreta". Su nombre es Carmen del Campillo y realmente está escondida. Con la visita del miércoles a éste ambiente árabe antiguo la magia ancestral de su vergel -me entenderá quién haya estado allí -, me han venido muchas cosas a la cabeza. Está claro que aquello no es la Alhambra de Granada ni la Mezquita de Córdoba, pero la gente se pierde por aquellos caminos inhóspitos para encontrarlo y pagar 7 euros de consumición mínima. Algo tendrá, digo yo.
   De pronto te encuentras en sendas polvorientas -perdido si no sabes donde está -y de golpe, sin anestesia, tras pasar un cartel puesto con saña con el letrero <<prohibido el paso>> te encuentras en la antiguedad del arte musulmán en un ambiente diferente de lo que hay por esta zona. Y en sus trabajos laboreados en molduras, en arcos y ventanas con postigos me he inspirado para continuar mi segundo libro, y además, para escribir un relato en el que he estado sumergido esta noche, y en mi linea medieval. Así que con el consejo a aquellos a los que os interese, os digo: haceos un café, sentáos o recostáos en un sofá o un sillón durante diez minutos, si los tuvieseis, sentid el entorno del relato.
   Gracias.
 
   He aquí mi relato: La noche del fuego.

   A golpe de desbandada y desconcierto atacaban, sin piedad mostraban su valor individualmente, causaban el caos en el frente y retrocedían con sus turbantes y capas blancas como fantasmas, blandiendo espadas y mazas de justicia. El emir Abdul Razak causaba estragos a vanguardia de la batalla en el valle, a las puertas de su ciudad, en pequeñas escaramuzas para romper la formación del enemigo.
   Pero no era suficiente.
   Los contrarios se mantenían recios como efigies de piedra, lustrosos bajo sus armaduras y cotas de maya. Ellos se veían obligados a replegarse pisando su propia tierra con cada paso que retrocedían. Los flancos habían sido destruidos por las caballerías enemigas de soldados voluntarios, caballeros hidalgos de valor incuestionable que luchaban por una causa noble que, bajo manga, siempre traía el peso ancestral de la venganza.
   El ejército del kalifa, Hakim Macid, estaba siendo derrotado.
   A retaguardia, un jinete emisario partió veloz espoleando con ímpetu a su alazán, alzado sobre los estribos al sotavento, a la velocidad de una saeta de cedro, ondeante su capa suntuaria de seda y su turbante.
   El mensajero recorrió caminos intransitados a galope tendido sin mirar atrás, resoplando de impotencia por no poder demostrar su valía en la batalla, alejado de ella por aquel encargo para cobardes, imbéciles o incapacitados.
   Pero una orden era una orden.
   Llegó su mensaje sin aliento a la villa y a los oídos de la hermosa Falandi, hija del emir Abdul Razak, que caminaba por el mercado del centro bajo sus toldos, extendiendo su brazo hacia una alcuza de hojalata para el aceite en uno de los puestos. Llevaba una cesta de mimbre en el brazo lleno de frutos secos, sésamo, frutas y sobresaliendo los extremos de dos barras de pan blanco de harina de trigo. De pronto se sobresaltó al ver llegar al mensajero y la polvareda que dejaba a la zaga.
   -Mi señora -dijo entre resuellos al llegar junto a ella -¡el ejército enemigo avanza hacia la ciudad, debéis esconderos en palacio!
   Falandi enmudeció un instante, presa del miedo y la inmovilidad. La cesta cayó al suelo y se desparramó el contenido a lo largo de la plaza.
   De pronto todo era descontrol y caos, desesperación y gritos.
   Gritos de terror.
   Ella se dio al coraje, sin embargo, y subió al corcel con habilidad adiestrada.
   Partieron hacia la salida de la ciudad entre el miedo y el desorden que sobrevino a la noticia: los gritos de mujeres y los llantos de los niños en mercados desordenados aquí; nombres requeridos con voces procelosas allá, en tiendas abandonadas, y calles abarrotadas; correteos incesantes inundando la ciudad, torpes y estúpidos, de ciudadanos que intentanan huír en un ultimo achaque de canguelo; carruajes que partían prestos sin mirar si alguien había por en medio de las calles adoquinadas.
   Todo fue un caos secundado de las feroces envestidas de los ejércitos enfrentados.
   El jinete dejó atrás todo eso y ella aún volvió la cabeza una vez más, viendo con lágrimas en los ojos las columnas de humo a lo lejos y las sombras del ingente ejército enemigo desplegado en el valle, a las puertas de su propia ciudad.
   Se metieron en un camino pedregoso y por él discurrieron en silencio, a la tenue luz de un atardecer fenecido. Hiceron falta muchos giros en caminos que se bifurcaban entre campos de granados, higueras y limoneros para llegar a la entrada al palacio escondido del emir Abdul Razak.
   Un hombre arrastraba unas hojas secas con un rastrillo en la entrada del arco encalado y techado de teja roja. Las plantas aromaticas y arboles frutales aparecieron de pronto al cruzar un estrecho camino y desembocar en el patio del palacio.
   -¡Alonso! -gritó la mujer al extranjero que cuidaba el jardín lozano de la casa.
   El hombre vestido con una túnica vieja y deslucida y botas llenas de barro seco dejó el rastrillo a un lado, con los ojos claros desorbitados y se lanzó al camino con paso inquieto, circunspecto.
   -¿Falandi? -preguntó a la nada, tímidamente, mientras un fuerte nudo en la garganta le aprisionaba las palabras.
   El jinete entró bajo el arco con demasiado fervor y eso lo inquietó. Sabía de la batalla que se libraba en el valle y con la llegada imprevista de la hija del emir al palacio comprendió que el peor de los destinos estaba cayendo sobre ellos, escondiendo el teniente a su única hija en el último refugio al que podía acudir.
   Pierden la batalla, se dijo.
   Pero no le importó. Ella estaba allí con él.
   -¡Alonso!
   Él no pudo decir nada mientras ella saltaba del caballo a sus brazos.
   El emisario los miró inquisitivo y frío mientras el caballo se revolvía, sintiendo aún el fervor de la batalla a las calcas.
   Nada dijo. Solo silencio hubo pese a estar viendo como la hija del emir, prometida con uno de sus alcaides de rango se besaba con un infiel reconvertido de la misma impureza que aquellos que los asaltaban.
   Y en su mirada fría hubo indecisión, una duda fugaz que pronto terminó.
   -Cuida de ella -le dijo desenvainando su alfanje -o yo mismo te arrancaré la cabeza.
   Alonso le mantuvo la mirada serena y firme. Ecuánime, igualmente. Y en esa mirada de respuesta el caballero vio una fortaleza sin fisuras. Así que se conminó a ella, rezando a los dioses.
   -Debo volver a la batalla -dijo sin más -. Ha sido un placer serviros, mi señora.
   Y se marchó vehemente con una mirada febril de locura de soldado fiel y más aun fieles sus honores bajo la espada que enarbolaba sobre la cabeza, como llamando a gritos al diablo para impresionarlo.
   Ellos aún se quedaron mirando el valor del caballero desapareciendo entre la polvareda, bajo el arco y los árboles frutales antes de girar la curva, y dejarlos allí, solos, unidos.
   -Mi amor -empezó ella, cogiendo sus manos curtidas por el duro trabajo -¿qué haremos?, ¿qué pasará cuando vengan?
   -Pasará lo que pasa siempre, querida -respondió con su acento.
   Ella no entendió pero se abrazó a él y se perdió en su pecho, sus ojos bañados en lágrimas, sollozos en la garganta, amortiguados por sus caricias y su compostura.
   -Tranquila, shh, tranquila. No pasará nada, amor mío.
   Así estuvieron abrazados mientras la noche se les echaba encima, y ya se advertían las primeras estrellas prematuras en el cielo entre el claro de agujas de pino. Y ante el lejano tumulto incipiente que llegó a sus oídos, dijo Alonso:
   -Vamos, entremos adentro. Aquí hay... demasiado ruido.
   Ella se dejó llevar, extrañada, por su mano. Se dejó arrastrar por el pasillo a la derecha del arco hacia abajo, siguiendo el camino de piedras blancas hasta la verja. Abrió el grueso candado con esfuerzo y la puerta después con mucho quejido de bisagras.
   De pronto se hallaron alejados de todo mal en aquel mágico vergel de flores y plantas, laberintos de setos y fuentes y estanques con patos, cisnes y somorgujos. Se sintieron en casa, en una casa solitaria y de belleza incalculable. Caminaron entre los pasillos del jardín bajo la atenta mirada de estatuas de granito y mármol, abrazados, ella aún abstraida, él cuidadoso con sus plantas, mirándolas con un amor propio de jardineros. Se metieron en un pasillo entre bambúes jóvenes que empezaban a mostrar su lozanía, caminaron por el estrecho pasillo que llevaba a un bonito cenador de madera de álamo rodeado de grosellas, rosas y orquídeas que no hacía mucho que había regado, cuidadoso.
   -¿Qué pasará ahora, Alonso?, ¿qué nos ocurrirá?
   -Shhh, no hables de eso ahora, no escuches los gritos ni los lloros lejanos, escucha mejor el arrullo del agua de las fuentes, escucha a los vecejos y verderones que cantan... a los jilgueros y torcaces...
   -Pero si ya no cantan...
   -Shhh -le cortó, deteniéndose de pronto muy serio, cruzándole el índice en sus labios. La cogió después por la cerviz con dulzura y le plantó un beso frente a los avellanos, almecinos y naranjos.
   Ella calló y se sumergió en el beso, olvidando por un instante todo lo demás.
   Pero aún escuchaba los gritos y la agonía de afuera, allá a lo lejos donde batallaba su padre y su ejército, sus conocidos y amigos, luchando por unas tierras que no eran suyas y que estaba escrito en el destino, que acabarían perdiendo.
   -Vamos -insistió él, separándose despacio de su boca, haciéndola suspirar, ansiosa. Sonrió pícaro y volvió a tirar de su mano con determinación, haciendo caso omiso del mal, el mal que se cernía sobre todas las cosas.
   -¿Escuchas el agua, amor mío, el agua del estanque que baña a cisnes y patos?
   -Lo escucho -mintió, intentando seguir el juego entre tanta crueldad de aquella suerte incierta.
   -¿Escuchas los pájaros cantar y los grillos y chicharras rabiar?
   -Sí... -sonrió, presa de aquella magia forzada -lo escucho.
   Y avanzaron por el jardín hacia el soportal adovelado de la cocina alargada y las primeras habitaciones anexas al patio central. Subieron unas estrechas escaleras y ya el mal se extinguió. Ya no escucharon las angustias grises ni los sonidos funestos de tragedia y maldad, ya no sentían la presión en el pecho de lo que se avecinaría en un futuro próximo. Estaban en casa, alejados del dolor.
   Por las escaleras aún miró por la ventana hacia las columnas de humo del horizonte, antes de perder el contacto con el mundo.
   Subieron hasta una cálida habitación suntuosa tapizada de alfombras afelpadas con olor a jazmín. Alonso no había entrado jamás allí y pudo apreciar las molduras lujosamente laboreadas y las celosías del vano de la ventana; de los lujosos bordados de brocado de las alfombras kilim en las paredes y los cojines en el suelo. Era una cámara pequeña que sabía, al menos, que su ventana miraba al oeste, al otro extremo de la batalla que se les llevaba la esperanza.
   Pero no a ellos, pensó.
   Había en una mesita una lámpara de aceite encendida y, tras cerrar la puerta y anclarla, se sentaron apretujados sobre los cojines, al lado de la ventana. Se abrazaron a la luz que dejaban los huecos de madera calada del vano, y quedaron en silencio.
   En un silencio cómplice que callaba y decía mucho.
   Él no podía dejar de mirarla: Sus cabellos negros como boca de sorna, sus ojos oscuros, rasgados, matizados con kohol negro, su piel natural atezada y sus labios voluptuosos.
   -¿Qué ha de pasar ahora, Alonso? -preguntó esperando de veras encontrar en sus palabras una respuesta que los sacara de allí, que todo lo solucionase y que nadie tuviese que morir. Pero muchos morirían aquella tarde. Muchos acabarían su vida en esa misma noche, crepúsculo de un viaje por la vida que llegaba a su fin.
   Sin embargo él sonrió, le apartó un mechón de cabello del rostro y le acarició el lóbulo de la oreja, la linea de la quijada, la barbilla y los labios, besados sus dedos por ella.
   -Queda amarnos, amor mío -dijo, misterioso.
   Y sucedió que en el temor de la muerte acechante una chispa de insurgencia inició. No había gloria para ellos. Nada era como debía de ser. Viviendo en pecado una vida a medias, de conciliábulos en la noche y gemidos desbocados en esquinas y corredores descuidados habían sucumbido al mal de la lujuria y el quebranto de leyes y preceptos. Él casi un esclavo, ella una esclava al completo, prometida por el bien de la familia a un hombre viejo y pendenciero con delirios de grandeza.
   Ellos ya estaban muertos antes de aquel desatino. Iban a ser condenados, de todos modos.
   -Que alguien se atreva a encontrarnos -dijo- y separar nuestros destinos.
   Y la besó de tal manera que la llama iniciada deflagró en una llamarada sin control.
   ¿Que más daría lo que hubiese afuera, pensaron, si ellos estaban allí dentro, juntos?
   Las armas aceradas desgarraban y hendían, cortaban y mataban, los caballos avanzaban y las tropas eran cercadas. Unos mataban, y otros morían. Pero todos gritaban.
   Y mientras el fuego de la batalla avanzaba, ellos gemían, no se enteraban de nada, desgarraban, como las armas, las ropas con avidez y saña. Ella subió encima de él, él levantó el cuello, aguzó los ojos claros, gimió de placer.
   ¿Y ella? Ella lo olvidó todo, todo lo que existía allá afuera pues, ¿qué más daría, si para ninguno de ellos habría ya amanecer?  
  Ella gritaba <<Alonso>> y él la secundaba: <<Falandi>>, y sus gemidos ensordecedes acallaban gritos de dolor y espadas bebiendo sangre, cerca, muy cerca, ocultando el sonido de pasos de botas cruzando jardines y gritando órdenes en un idioma extraño. Gemidos que acallaban lizas finales y sentencias firmes con estoque y corte, pies que corrían mientras ellos se corrían también y una vez más sonreían al destino con hilaridad, habiéndose enfrentado al miedo. El hierro que siguió resonando cerca y a base de golpes desproporcionados sobre la puerta, también fue acallado, con éxtasis, con fuego de él y ella, con transigencia a lo venidero, antes de que destrozasen la puerta.

miércoles, 24 de julio de 2013

Certamen de Microcuentos en escritores.org

   Quiero unirme a este concurso esta noche del que he sabido recientemente. Aquí copio el enlace de la página con las bases del concurso: www.escritores.org/index.php/recursos-para-escritores/concursos-literario/8414-xi-certamen-internacional-de-microcuento-fantastico-minatura-2013
   Me hace sentir entusiasmado, puesto que siempre me he sentido atraído por esas historias efímeras compendidas en tan reducido espacio que dicen mucho con poco y que, aún así, hacen volar la imaginación al lector ávido, entre los que me incluyo. Me alegra sentirme unido a esta comunidad ingente de sentimientos en palabras, y por ello pongo un granito de arena con placer, a la espera de poder leer las propuestas de los demás escritores participantes. Gracias.
   He aquí mi microcuento de fantasía para el certamen:

   -Mal augurio, señor, aquellas nieblas.
   -Tonterías, dices. Solo son nubes bajas.
   -¿Nubes bajas? -preguntó enarcando las cejas y aguzando los ojillos castaños, sonriendo, quizás, por la ingenuidad de su amo -¿acaso no sabéis lo que arrastran esas brumas grises? -el hombre del negro gabán negó, mejestuosos los modos, aristocrático el porte, encogiendo los hombros, estoico -El Mal del Miedo, señor, ¡el Mal del Miedo! Tenedlo presente para cuando llegue el primero de los gañidos de los perros y el graznido de los cuervos. Siempre empieza así.
   Giró el cuello el de negro, molesto, observando el aire sibilino y místico del giboso sirviente venido a menos que apoyaba sus pequeñas manos en la balaustrada y perdía la mirada en el valle, en el lago y en los álamos, juncos, y cañaverales grises tras la niebla, mirando sin ver, con ojos glaucos, perdidos en vanas reminiscencias del pasado.
   -Eres un puto supersticioso -dijo de súbito y se marchó de la balconada con celeridad, irritado y abstraído. ¿El Mal del Miedo?, ¡bah!, pensó a la vez que el primero de los gañidos lastimeros cruzaba en vaivenes de eco el valle y la colina, y también la balconada de mármol blanco del palacio.
   Llegaba el gañido del perro y el graznido del cuervo.
   Llegaba el Mal del Miedo.

martes, 23 de julio de 2013

Microrrelato: Orgullo en la Mirada.

   Aquí dejo un microrrelato que tenía olvidado en un rincón. He disfrutado releyéndolo puesto que he recordado escenas vividas cargadas de sentimiento, tácitas, sin embargo, que realmente uno llega a evocar algún día. Aquí está:

   Cuanto más se acercaba a ella más apreciaba el almizcle de su aroma, más se dejaba embelesar por la magia del perfume en su piel.
   Fue un instante detenido en una especie de bucle cerrado, de tiempo indeterminado, una vorágine de sentimientos como destellos de agua plateada. Por eso, con cada paso de él hacia ella por la calzada junto a los escaparates, junto a sus latidos desbocados, taconazos sobre el suelo. Una mirada gélida de ella, de ojos ámbar moteados, tan grotescos y seductores a su paso; una mirada avellanada, cauta, torpe y excitada de él.
   Cuando se cruzaron frente a la cristalera de la librería no dejaron de mirarse. No sintieron los amores ancestrales que escondían los libros que les miraban anhelantes, no sentían el afán de cientos de historias imposibles, intrincados los amores entre batallas, tabernas, barcos, prados o jardines de flores. No fueron conscientes de que todas aquellas historias posibles e imposibles atrapadas en los libros contuvieron un instante el aliento, preocupadas por que aquella pasión mutua se perdiese en la nada.
    Sin embargo, con aquel cruce de miradas, solo hubo vacío incierto pues, tan mágico momento, como humo se esfumaba secundado de tacones y resuello apresurado, de ademán detenido anegado en la garganta preso del miedo.
   Solo quedó aquella mirada para ellos pues, en aquella calle ornamentada de jovenes arces y álamos viejos, el amor cruzó a vela en un mar de deseo que se perdía en la lejanía, alejandose con taconeo sensual y mirada fría, desapareciendo de sus vidas el destello del amor verdadero: el efímero e incierto.
   Gracias.

viernes, 19 de julio de 2013

En busca de inspiración: El reino de Castilla y León


   Con la intención de retomar un capítulo inacabado, y ante la idea de dos dias libres por delante, ayer jueves tomé aire fresco de madrugada, café y carretera bajo una noche cerrada antecesora de lo que sería un gran día, ilustrativo y fructífero. Y así, con ligero viático y ninguna planificación me hallé en tan solo cinco horas en la Edad Media de la España profunda del reino de Castilla y León y su Ávila amurallada, patrimonio de la humanidad.
   La ciudad moderna circunda la antigua, separadas por la muralla, observé a mi llegada, aunque preservando la misma estructura de los tejados de teja roja a dos aguas que despuntan por toda la ciudad.
   Ochentaiocho torreones equidistantes en un muro sólido de doce metros de altura y tres de anchura muestran la magnificencia de siglos pasados que vieron discurrir conquistas y reconquistas de musulmanes y cristianos.
   Una vez en el interior, sobre viejos adoquines, caminé sobre el tiempo. Un sin fin de palacios solariegos y monasterios están abiertos al público en calidad de museos donde poder apreciar objetos de uso cotidiano que pueden ir en una sala del siglo XIX, al III a. c. en la sala contigua. Objetos como espadas de antenas de la edad de bronce o cuernos tallados, cuencos carenados, broches de cinturón o lascas de silex para el fuego; espadas medievales tizonas o renacentistas estoques de cazoleta; códices y libros de pergamino o incluso papiro enrollado con tinta negra estilizada; jarros y utensilios de cocina aún conservados, tablas para escribir o ábacos de madera para hacer cuentas.
   Aprecié la evolución en cada sala de materiales utilizados en las diferentes etapas antiguas: Bronces, platas, marfiles, jades y esteatitas que núnca había visto.
   La artistica es abrumadora; con cada paso entre vitrinas y salas atenuadas decoradas con cortinajes escarlatas, me deslumbré de la manufacura de tallas en azabache y cobres sobredorados de esculturas litúrgicas de santos y escenas alegóricas -en maderas talladas de teca con incruscaciones unas, otras tantas lacadas o doradas -. La verdad es que núnca imaginé que pudiese hacerse ese tipo de cosas con madera.
   De una sala a otra avanza uno o retrocede en el tiempo.
   Tan abstraido andaba en aquel mar de interesante información visual que pisé un suelo que por lo visto no debía pisarse. Una jodienda con su reprobación debida de la que me libré despertando ilusiones con preguntas apasionadas sobre aquel suelo de mosaico. Un suelo de, por lo visto, más de 5.000 teselas unidas una a una formando un dibujo, que construyeron los romanos antes de algún cristo. La señora dolida, con las gafas caladas, apoyadas en su nariz aguleña y mirándome admonitoria al principio se emocionó por tanto interés y, con cara de santo y mucho cuento, me marché ileso a otra época.
   No soy una persona religiosa, pero estando en la certeza de que cometería un error si no entrase a ver la catedral de Ávila, me interné entre cánticos, sotanas y grupos guiados de turistas resoplando, hasta la iglesia y sus obras de arte. Los murales sobre piedra caliza son espectaculares, tienen un detalle minucuioso de rostros y miradas de santos eternos tallados en un blanco lustroso. Sin duda hubiese sido un delito no entrar pues en él se halla el museo más explicativo que ví en todo Ávila: desde óleos en lienzo, cobre o tabla, ropajes suntuosos de época de sedas naturales en mostradores, terciopelos con dibujos, damascos con ribetes dorados y plateados, hasta sepúlcros tallados en mármol, alabastro o nogal. Sin duda fue una gran experiencia ver todo aquello tan antiguo y tan bien preservado del tiempo.
   Y mientras paseaba por los claustros o patios con jardines, sobre el adarve de la muralla por encima de la ciudad, discurriendo entre callejones adoquinados o cantones de silenciosos secretos, no pude dejar de pensar que aquel era mi lugar: entre toda aquella grandeza de la Hispania romana o la España visigoda. Aquel vivir tan genuino de antaño escondido bajo la modernidad de hogaño.
   Un precioso lugar a visitar y entender la forma de vivir paulatina que ha evolucionado -aunque en algunos períodos anquilosada como bajo una piedra pesada -desde los primeros pasos del hombre por aquellas tierras llanas.
   Y aunque listo para volver, una vez recorrido el intramuro y el extramuro, por la antigüedad y la modernidad, no pude marcharme hasta que no se puso el sol y pude disfrutar, desde una colina que llaman "el mirador de Los Cuatro Postes", de la ciudad amurallada mejor conservada de España iluminada con focos situados a cada pocos metros, rodeando toda la ciudad. Hermosa imagen, pensé. Me marché habiendo aprendido mucho y sintiéndome ilusionado y con mucho material para trabajar, pues sin buen fuste no hay historia que contar. Gracias.

  
  

domingo, 14 de julio de 2013

¡Me publican mi primer libro!


   Ya tengo en mis manos el contrato con la EDITORIAL ECU para la edición de mi primer libro. Ha sido una noticia increible que me colma de satisfacción. He aquí una parte de mi vida en esta rúbrica. Empieza la producción de "El Vasallaje de los Elementos".
   La fecha para la presentación y firma de mi libro será alrededor de la primera semana de noviembre y se hará en Alicante en Casa del Libro, fnac o Corte Inglés, aún hay que sopesarlo, pero será donde más convenga para estar rodeado de toda mi gente y todos los amantes de los libros que quieran acudir a este encuentro entre lectores, en este momento tan increible y culminante para mí.
   Aún faltan cuatro meses de proceso pues esto lleva su tiempo, así que os iré informando sobre las novedades. En la espera no me queda más que seguir escribiendo sobre la historia que continúa del libro en una segunda parte, y así lo haré con placer y entusiasmo, como siempre. Gracias por estar ahí.

jueves, 4 de julio de 2013

A la tenue luz de la lámpara: Alejandro y Verena.

   Un día libre es algo relativo. Libre no es no hacer nada, ni tampoco descansar. Es tomarse las cosas con más calma.
   Me he despertado de buena mañana, como cada día, y ya pensaba en hacer, en crear, estudiar, saber y conocer.
   En sentir.
   Pues cada día algo se presenta diferente, demudado.
   Solo es necesario dejarse llevar.
   Hay un lugar en mi pueblo que me apasiona e inspira. En su trivialidad de club deportivo hay una esencia que me atrae inexorablemente. Un complejo que ofrece todo tipo de ocio a un pueblo sumido en un tedio decadente. Es por eso que cada día me presento allí sea invierno o verano, primavera u otoño, eso no importa. Soy partícipe del ciclo de los árboles durante el año, haciendo crujir hojas en octubre y viendolas lucir en julio.
   El conserje abre la verja a las ocho de la mañana y ya hay gente esperando para entrar -turno de mañana de gimnasio - y ya desde la entrada se advierte su tratado solícito y esmerado en árboles y plantas.
   El acceso tras la verja y el parquing lo abre un pasillo entre palmeras y cuatro pilares estilo greco-romano con techo de cáñamo. Al final, antes de entrar, hay una chapa homenaje a su fundador flanqueado de rosales de flores rojas, blancas y rosas.
   Personalemente es un paisaje que me seduce. Aquel lugar ornamentado de palmeras, falsa pimienta, pinos y abetos, al igual que todo el pueblo, se aposenta sobre colinas y cerros. Por ello al cruzar el acceso, la entrada al recinto cerrado se muestra en declive hacia la zona de piscinas a un lado y la zona deportiva al otro.
   Una balaustrada de granito blanco conlleva a las escaleras -que no son pocas, pues hay que bajar la colina -, que orlan setos de sabina álbar tan fragantes, a un lado y otro. Las escaleras llevan hasta un lecho de grava de mármol rojo, a mi parecer, venido de la cantera roja que tenemos a pocos quilómetros de aquí, más allá de La Zafra, en una montaña llamada Cavarrasa.
   El contraste del rojo -vivo al mojarse -con la madera pálida de la hilera de álamos a ambos lados es encantador, y las hojas dentadas tan vivas de verde ahora son exuberantes, rematando aquel cuadro vivaz en el que me deleito cada mañana.
   Es un lugar entrañable y lleno de vida que contrasta con la zona seca del pueblo.
   Por eso me encanta, mirando desde cualquier banco, sentado.
   El gimnasio por la mañana o las piscinas por la tarde. Ahora están llenas de bañistas que se agrupan en peñas preestablecidas y endogámicos grupitos de familias o chavales, todos ellos al sol o alojados bajo doseles de palmeras y sobre césped natural -algo ralo y exiguo en algunas partes, la verdad.
   Y mientras paso la tarde se me ocurren nuevas ideas para mis escritos que me hacen sonreir.
   Cuando llego a casa ansioso empieza lo bueno.
   Es hora de que te levantes, Alejandro, es hora de que despiertes, Verena. Me siento en el escritorio a la luz macilenta de la lámpara, me tiembla el pulso, abro el recipiente de tinta.
   El cálamo se humedece en líquido negro y ya no hay nada más que caballos y caballeros, espadas y armaduras, bosques lozanos, criaturas extrañas y bellezas primorosas.
   El cálamo se explaya en sus florituras y comienza:

   《Es espesa la niebla que gobierna en jirones blancos y grises y todo aparece sólido y brumoso a la vez. ¿Dónde estás?, pregunta Alejandro. Escucha el sonido del agua en caida libre que estalla en una charca o un manantial, pero solo hay formas abstractas y hasta el suelo parece de seda blanda. ¿Dónde estás?
    Arriba una sombra, una brizna de viento y una imagen compacta de un río plata. De unas rocas grises. De un catarata caudalosa y blanca.
   Bruma gris y el río de nuevo como si alguien parpadeara y él bailara a su son. ¿Hacia dónde, si no hay nada?》

   Así comienza el capítulo, y ya se verá como acaba.
Gracias.