sábado, 29 de junio de 2013

Noches de Vigilancia: El Castillo de Santa Pola

   Mis pasos me llevaron ayer viernes a realizar servicio en el castillo de Santa Pola. Reconozco que, al conocer el emplazamiento del objeto a vigilar, me sientí atraido por mis pasiones intrínsecas: me apasiona el medievo y sus fortalezas.
Cuando bajé del coche uniformado y ví la muralla nordeste pensé en las veces que había pasado por allí sin prestar la debida atención. La que un castillo merece.
   Pero las noches de vigilancia conllevan observación y por eso me fijé en cada detalle.
   El castillo no es en sí medieval. Fue construido en el renacimiento alzado sobre plano, con un imperceptible declive hacia el sudoeste. Los dos accesos al patio de armas, donde pasé la noche, lo protegen dos baluartes que reforzaron, allá por el siglo XVI, los portones de acceso. Las puertas de madera maciza están ahora abiertas a ambos lados -sudoeste y nordeste- al paso de la gente que pasea frecuentemente por el patio.
   El grabado <<La Plaza del Castillo>> en una esquina le confiere un aire más natural por donde pasean familias con carritos y donde los galanes en agráz intentan sus conquistas de Don Juan con garatusas baratas.
   Sonrío mientras observo los grupos de chavales y chavalas en bancos separados mandando emisarios como embajadores a modo de intento de alianza.
   Aquel patio de piedra ha debido de ser escribano y partícipe de muchos romances, pensé. Pero allá por el mil quinientos y pico debió de ser otra cosa, habitado por soldados tensos y sus familias que temían constántemente el ataque de los piratas, que por aquella época asolaban las costas alicantinas.
   Es hermosa, desde mi punto de vista apasionado, la mixtura de épocas y materiales que se advierten en sus murallas: Desde las antiguas argamasas de cal y barro hasta los más modernos morteros de cal y yeso entre las piedras de los muros. También creo advertir agujeros en ellos donde antiguamente habrían habido argollas de hierro para sujetar teas o antorchas. Ya no están allí, sin embargo, aunque sigue siendo bonito ver la luz dorada de las farolas del XVIII a modo de apliques surgiendo de la pared en contraste con las luces cándidas y relucientes de los focos modernos atornilladas sobre el adarve de la muralla.
   Allí donde vivieron los antiguos guardias y vigilantes me hallé yo observando en lo que se ha convertido aquel castillo de defensa. Ahora hay dos museos en el patio -El museo del mar y el museo de la pesca -y el aljibe por donde se abastecían de agua en la fortaleza. Pero lo que más llamó mi atención, sin duda, es la pequeña capilla que hay en <<El Baluarte Del Rey>> en una esquina del patio: La Capilla de La Virgen de Loreto.
   La devoción por La Virgen es arraigada en los oriundos de Santa Pola.
   Me pregunto por qué.
   Una misteriosa leyenda envuelve a la imagen rodeada de velas y candelabros y ello parece concederle un poder de convocatoria.
   Durante la noche conté diecisiete las personas -no solo ancianos- que acudieron a la puerta cerrada para mirar a través de la pequeña ventana la imagen iluminada al fondo. Se persignaron y recitaron en sus adentros durante unos minutos.
   Es curioso, me dije, desde un punto de vista tan escéptico como el mío.
   No están de paso, pensé. Realmente se desplazan hasta allí para rendirle culto o simplemente para saludarla.
   Para mí desde luego es curioso, y venerable.
   Por eso cuando se iluminó el crepusculo y despuntó el alba a levante, finalicé servicio, sin novedad, amén de La Virgen o de quién sea, y no pude evitar sentir curiosidad, recoger mis bártulos y acercarme a paso circunspecto, como aquellos diecisiete, a mirar por aquel pequeño ventanuco.
  Nada.
  Solo una imagen de cera y velas de sebo en candelabros suntuosos.
   Ojalá, me digo con un suspiro, decepcionado, pudiera sentir lo que mis diecisiete antecesores que aquella noche se persignaron frente a la capilla de La Virgen de Loreto.
No pude sentir más que admiración por aquellas personas que diariamente se acercan hasta allí y son capaces de conminarse a aquella imagen de cera y recibir sosiego a cambio, a modo de placebo.
Y como a estas alturas del tostón ya nadie estará leyendo esto, solo me queda decir, por si acaso, gracias a ti que aún soportas tantas palabras ajenas, eso sí que es venerable. Gracias.