miércoles, 24 de julio de 2013

Certamen de Microcuentos en escritores.org

   Quiero unirme a este concurso esta noche del que he sabido recientemente. Aquí copio el enlace de la página con las bases del concurso: www.escritores.org/index.php/recursos-para-escritores/concursos-literario/8414-xi-certamen-internacional-de-microcuento-fantastico-minatura-2013
   Me hace sentir entusiasmado, puesto que siempre me he sentido atraído por esas historias efímeras compendidas en tan reducido espacio que dicen mucho con poco y que, aún así, hacen volar la imaginación al lector ávido, entre los que me incluyo. Me alegra sentirme unido a esta comunidad ingente de sentimientos en palabras, y por ello pongo un granito de arena con placer, a la espera de poder leer las propuestas de los demás escritores participantes. Gracias.
   He aquí mi microcuento de fantasía para el certamen:

   -Mal augurio, señor, aquellas nieblas.
   -Tonterías, dices. Solo son nubes bajas.
   -¿Nubes bajas? -preguntó enarcando las cejas y aguzando los ojillos castaños, sonriendo, quizás, por la ingenuidad de su amo -¿acaso no sabéis lo que arrastran esas brumas grises? -el hombre del negro gabán negó, mejestuosos los modos, aristocrático el porte, encogiendo los hombros, estoico -El Mal del Miedo, señor, ¡el Mal del Miedo! Tenedlo presente para cuando llegue el primero de los gañidos de los perros y el graznido de los cuervos. Siempre empieza así.
   Giró el cuello el de negro, molesto, observando el aire sibilino y místico del giboso sirviente venido a menos que apoyaba sus pequeñas manos en la balaustrada y perdía la mirada en el valle, en el lago y en los álamos, juncos, y cañaverales grises tras la niebla, mirando sin ver, con ojos glaucos, perdidos en vanas reminiscencias del pasado.
   -Eres un puto supersticioso -dijo de súbito y se marchó de la balconada con celeridad, irritado y abstraído. ¿El Mal del Miedo?, ¡bah!, pensó a la vez que el primero de los gañidos lastimeros cruzaba en vaivenes de eco el valle y la colina, y también la balconada de mármol blanco del palacio.
   Llegaba el gañido del perro y el graznido del cuervo.
   Llegaba el Mal del Miedo.

martes, 23 de julio de 2013

Microrrelato: Orgullo en la Mirada.

   Aquí dejo un microrrelato que tenía olvidado en un rincón. He disfrutado releyéndolo puesto que he recordado escenas vividas cargadas de sentimiento, tácitas, sin embargo, que realmente uno llega a evocar algún día. Aquí está:

   Cuanto más se acercaba a ella más apreciaba el almizcle de su aroma, más se dejaba embelesar por la magia del perfume en su piel.
   Fue un instante detenido en una especie de bucle cerrado, de tiempo indeterminado, una vorágine de sentimientos como destellos de agua plateada. Por eso, con cada paso de él hacia ella por la calzada junto a los escaparates, junto a sus latidos desbocados, taconazos sobre el suelo. Una mirada gélida de ella, de ojos ámbar moteados, tan grotescos y seductores a su paso; una mirada avellanada, cauta, torpe y excitada de él.
   Cuando se cruzaron frente a la cristalera de la librería no dejaron de mirarse. No sintieron los amores ancestrales que escondían los libros que les miraban anhelantes, no sentían el afán de cientos de historias imposibles, intrincados los amores entre batallas, tabernas, barcos, prados o jardines de flores. No fueron conscientes de que todas aquellas historias posibles e imposibles atrapadas en los libros contuvieron un instante el aliento, preocupadas por que aquella pasión mutua se perdiese en la nada.
    Sin embargo, con aquel cruce de miradas, solo hubo vacío incierto pues, tan mágico momento, como humo se esfumaba secundado de tacones y resuello apresurado, de ademán detenido anegado en la garganta preso del miedo.
   Solo quedó aquella mirada para ellos pues, en aquella calle ornamentada de jovenes arces y álamos viejos, el amor cruzó a vela en un mar de deseo que se perdía en la lejanía, alejandose con taconeo sensual y mirada fría, desapareciendo de sus vidas el destello del amor verdadero: el efímero e incierto.
   Gracias.

viernes, 19 de julio de 2013

En busca de inspiración: El reino de Castilla y León


   Con la intención de retomar un capítulo inacabado, y ante la idea de dos dias libres por delante, ayer jueves tomé aire fresco de madrugada, café y carretera bajo una noche cerrada antecesora de lo que sería un gran día, ilustrativo y fructífero. Y así, con ligero viático y ninguna planificación me hallé en tan solo cinco horas en la Edad Media de la España profunda del reino de Castilla y León y su Ávila amurallada, patrimonio de la humanidad.
   La ciudad moderna circunda la antigua, separadas por la muralla, observé a mi llegada, aunque preservando la misma estructura de los tejados de teja roja a dos aguas que despuntan por toda la ciudad.
   Ochentaiocho torreones equidistantes en un muro sólido de doce metros de altura y tres de anchura muestran la magnificencia de siglos pasados que vieron discurrir conquistas y reconquistas de musulmanes y cristianos.
   Una vez en el interior, sobre viejos adoquines, caminé sobre el tiempo. Un sin fin de palacios solariegos y monasterios están abiertos al público en calidad de museos donde poder apreciar objetos de uso cotidiano que pueden ir en una sala del siglo XIX, al III a. c. en la sala contigua. Objetos como espadas de antenas de la edad de bronce o cuernos tallados, cuencos carenados, broches de cinturón o lascas de silex para el fuego; espadas medievales tizonas o renacentistas estoques de cazoleta; códices y libros de pergamino o incluso papiro enrollado con tinta negra estilizada; jarros y utensilios de cocina aún conservados, tablas para escribir o ábacos de madera para hacer cuentas.
   Aprecié la evolución en cada sala de materiales utilizados en las diferentes etapas antiguas: Bronces, platas, marfiles, jades y esteatitas que núnca había visto.
   La artistica es abrumadora; con cada paso entre vitrinas y salas atenuadas decoradas con cortinajes escarlatas, me deslumbré de la manufacura de tallas en azabache y cobres sobredorados de esculturas litúrgicas de santos y escenas alegóricas -en maderas talladas de teca con incruscaciones unas, otras tantas lacadas o doradas -. La verdad es que núnca imaginé que pudiese hacerse ese tipo de cosas con madera.
   De una sala a otra avanza uno o retrocede en el tiempo.
   Tan abstraido andaba en aquel mar de interesante información visual que pisé un suelo que por lo visto no debía pisarse. Una jodienda con su reprobación debida de la que me libré despertando ilusiones con preguntas apasionadas sobre aquel suelo de mosaico. Un suelo de, por lo visto, más de 5.000 teselas unidas una a una formando un dibujo, que construyeron los romanos antes de algún cristo. La señora dolida, con las gafas caladas, apoyadas en su nariz aguleña y mirándome admonitoria al principio se emocionó por tanto interés y, con cara de santo y mucho cuento, me marché ileso a otra época.
   No soy una persona religiosa, pero estando en la certeza de que cometería un error si no entrase a ver la catedral de Ávila, me interné entre cánticos, sotanas y grupos guiados de turistas resoplando, hasta la iglesia y sus obras de arte. Los murales sobre piedra caliza son espectaculares, tienen un detalle minucuioso de rostros y miradas de santos eternos tallados en un blanco lustroso. Sin duda hubiese sido un delito no entrar pues en él se halla el museo más explicativo que ví en todo Ávila: desde óleos en lienzo, cobre o tabla, ropajes suntuosos de época de sedas naturales en mostradores, terciopelos con dibujos, damascos con ribetes dorados y plateados, hasta sepúlcros tallados en mármol, alabastro o nogal. Sin duda fue una gran experiencia ver todo aquello tan antiguo y tan bien preservado del tiempo.
   Y mientras paseaba por los claustros o patios con jardines, sobre el adarve de la muralla por encima de la ciudad, discurriendo entre callejones adoquinados o cantones de silenciosos secretos, no pude dejar de pensar que aquel era mi lugar: entre toda aquella grandeza de la Hispania romana o la España visigoda. Aquel vivir tan genuino de antaño escondido bajo la modernidad de hogaño.
   Un precioso lugar a visitar y entender la forma de vivir paulatina que ha evolucionado -aunque en algunos períodos anquilosada como bajo una piedra pesada -desde los primeros pasos del hombre por aquellas tierras llanas.
   Y aunque listo para volver, una vez recorrido el intramuro y el extramuro, por la antigüedad y la modernidad, no pude marcharme hasta que no se puso el sol y pude disfrutar, desde una colina que llaman "el mirador de Los Cuatro Postes", de la ciudad amurallada mejor conservada de España iluminada con focos situados a cada pocos metros, rodeando toda la ciudad. Hermosa imagen, pensé. Me marché habiendo aprendido mucho y sintiéndome ilusionado y con mucho material para trabajar, pues sin buen fuste no hay historia que contar. Gracias.

  
  

domingo, 14 de julio de 2013

¡Me publican mi primer libro!


   Ya tengo en mis manos el contrato con la EDITORIAL ECU para la edición de mi primer libro. Ha sido una noticia increible que me colma de satisfacción. He aquí una parte de mi vida en esta rúbrica. Empieza la producción de "El Vasallaje de los Elementos".
   La fecha para la presentación y firma de mi libro será alrededor de la primera semana de noviembre y se hará en Alicante en Casa del Libro, fnac o Corte Inglés, aún hay que sopesarlo, pero será donde más convenga para estar rodeado de toda mi gente y todos los amantes de los libros que quieran acudir a este encuentro entre lectores, en este momento tan increible y culminante para mí.
   Aún faltan cuatro meses de proceso pues esto lleva su tiempo, así que os iré informando sobre las novedades. En la espera no me queda más que seguir escribiendo sobre la historia que continúa del libro en una segunda parte, y así lo haré con placer y entusiasmo, como siempre. Gracias por estar ahí.

jueves, 4 de julio de 2013

A la tenue luz de la lámpara: Alejandro y Verena.

   Un día libre es algo relativo. Libre no es no hacer nada, ni tampoco descansar. Es tomarse las cosas con más calma.
   Me he despertado de buena mañana, como cada día, y ya pensaba en hacer, en crear, estudiar, saber y conocer.
   En sentir.
   Pues cada día algo se presenta diferente, demudado.
   Solo es necesario dejarse llevar.
   Hay un lugar en mi pueblo que me apasiona e inspira. En su trivialidad de club deportivo hay una esencia que me atrae inexorablemente. Un complejo que ofrece todo tipo de ocio a un pueblo sumido en un tedio decadente. Es por eso que cada día me presento allí sea invierno o verano, primavera u otoño, eso no importa. Soy partícipe del ciclo de los árboles durante el año, haciendo crujir hojas en octubre y viendolas lucir en julio.
   El conserje abre la verja a las ocho de la mañana y ya hay gente esperando para entrar -turno de mañana de gimnasio - y ya desde la entrada se advierte su tratado solícito y esmerado en árboles y plantas.
   El acceso tras la verja y el parquing lo abre un pasillo entre palmeras y cuatro pilares estilo greco-romano con techo de cáñamo. Al final, antes de entrar, hay una chapa homenaje a su fundador flanqueado de rosales de flores rojas, blancas y rosas.
   Personalemente es un paisaje que me seduce. Aquel lugar ornamentado de palmeras, falsa pimienta, pinos y abetos, al igual que todo el pueblo, se aposenta sobre colinas y cerros. Por ello al cruzar el acceso, la entrada al recinto cerrado se muestra en declive hacia la zona de piscinas a un lado y la zona deportiva al otro.
   Una balaustrada de granito blanco conlleva a las escaleras -que no son pocas, pues hay que bajar la colina -, que orlan setos de sabina álbar tan fragantes, a un lado y otro. Las escaleras llevan hasta un lecho de grava de mármol rojo, a mi parecer, venido de la cantera roja que tenemos a pocos quilómetros de aquí, más allá de La Zafra, en una montaña llamada Cavarrasa.
   El contraste del rojo -vivo al mojarse -con la madera pálida de la hilera de álamos a ambos lados es encantador, y las hojas dentadas tan vivas de verde ahora son exuberantes, rematando aquel cuadro vivaz en el que me deleito cada mañana.
   Es un lugar entrañable y lleno de vida que contrasta con la zona seca del pueblo.
   Por eso me encanta, mirando desde cualquier banco, sentado.
   El gimnasio por la mañana o las piscinas por la tarde. Ahora están llenas de bañistas que se agrupan en peñas preestablecidas y endogámicos grupitos de familias o chavales, todos ellos al sol o alojados bajo doseles de palmeras y sobre césped natural -algo ralo y exiguo en algunas partes, la verdad.
   Y mientras paso la tarde se me ocurren nuevas ideas para mis escritos que me hacen sonreir.
   Cuando llego a casa ansioso empieza lo bueno.
   Es hora de que te levantes, Alejandro, es hora de que despiertes, Verena. Me siento en el escritorio a la luz macilenta de la lámpara, me tiembla el pulso, abro el recipiente de tinta.
   El cálamo se humedece en líquido negro y ya no hay nada más que caballos y caballeros, espadas y armaduras, bosques lozanos, criaturas extrañas y bellezas primorosas.
   El cálamo se explaya en sus florituras y comienza:

   《Es espesa la niebla que gobierna en jirones blancos y grises y todo aparece sólido y brumoso a la vez. ¿Dónde estás?, pregunta Alejandro. Escucha el sonido del agua en caida libre que estalla en una charca o un manantial, pero solo hay formas abstractas y hasta el suelo parece de seda blanda. ¿Dónde estás?
    Arriba una sombra, una brizna de viento y una imagen compacta de un río plata. De unas rocas grises. De un catarata caudalosa y blanca.
   Bruma gris y el río de nuevo como si alguien parpadeara y él bailara a su son. ¿Hacia dónde, si no hay nada?》

   Así comienza el capítulo, y ya se verá como acaba.
Gracias.
  
  

lunes, 1 de julio de 2013

Noches de Vigilancia: Canteras, pluma de cálamo y cafés

   Aún es de día cuando me dirijo al oeste por una nacional sinuosa que discurre junto a la sombra de la sierra. Recuerdo de memoria cada curva escabrosa en el camino, aunque me sigue pareciendo un entorno agradable rodeado de colinas y montañas, peñascos y desfiladeros.
   Llego al puesto sin prisas y empiezo servicio cuando el sol ya se pone tras la montaña ultrajada de la cantera. En este lugar, con este tipo de material, el sol no es un aliado, pienso. Cuando este está en lo alto y es reflejado en el mármol de marfil todo se vuelve bruñido, cándido y molesto.
   Por eso asiento complacido ante la esplendorosa puesta de sol tras la montaña de un astro vencido que repliega su halo pernicioso para volver a lacerar de muy temprana mañana, cuando yo me haya ido.
   En mi opinión prefiero la luz de la luna. Tan dulce y plateada como en los sueños. Ella confiere intimidad, cegando de negro los puntos clave para el desempeño del trabajo.
   La noche siempre fue atractiva para ese "otro lado" que todos tenemos. Las sombras esconden secretos que solo en la tiniebla surgen vanidosos y henchidos, para volver a su silencio con la llegada del amanecer. En una dilatada oscuridad la vista se vuelve ágil y sensitiva y ello hace apreciar los detalles a tener en cuenta.
   Esta noche la luna no es más que un remanente de su esplendor y la temperatura es tan estable y agradable, que no me queda más que abandonarme a la voluptuosidad de la noche que ofrece el momento.
   A lo lejos veo la hilera de luces de bronce del pueblo, de farolas y casas, campos y parques, todo en una refulgente maraña.
   Una luz solitaria se desliza veloz en el plano horizontal, hacia el pueblo, hacia las casas, y me imagino mil historias de aquel que viaja en ella. ¿Será un hombre?, ¿una mujer? ¿Será aquella misteriosa lucecita sin nombre, por un enrevesado casual, una irremplazable pieza en las entrelazadas vicisitudes de mi destino incierto? Nadie responde pero ella sigue hacia el pueblo sin saber que yo pienso en su vida, en su historia, trivial o transcendental, pero una historia única que lo identifica como individual.
   Se pierde entre el pueblo, desaparece. Quizás para siempre. O quizás no.
   Realizo una ronda -yendo a otra cosa -y vuelvo a la luz de los focos por entre naves y maquinaria, vehículos enormes, coches todoterreno, rampas, casetas y herraje apilado -o amontonado sin orden ni concierto en algunos casos -. Mientras camino y observo, cauto y atento, me hallo a menudo entre sombras y luz, caminando entre tanto aparato de ingeniería industrial. Por ello saco la linterna de led de mi cinturón y acompaño mis pasos con claridad diáfana, enfocando al silencio propio de la noche: las chicharras incansablemente molestas, el peculiar ladrido del zorro que más bien se asemeja a un grito, los grargeos espeluznantes de los pájaros nocturnos y el correteo de liebres y conejos por entre herbazales de olivardas, mijeras, salsolas y avena loca que huyen de perros y gatos salvajes, a la vez enfrentados en su enemistad instintivo ancestral.
   A partir de cierta hora clave, todo son sombras extrañas para la mente ociosa, y más extraños sonidos por todas partes. Pero al final las sombras son sombras. Son vacuas. Son inocua nada.
   Miro hacia la cantera a mi derecha, hacia la "escalera", como  me gusta llamar por la forma que tiene escalonada hacia el mismo centro, hacia el centro genuino de la montaña.
   Las luces iluminan los tajos a lo lejos y las maquinarias pesadas profusas de focos, como mounstruos mecánicos moviendose con pesadez y fuerza, gruñen y rasgan con garras de acero los escombros de una montaña desgastada.
   La imagen es abrumadora, pienso aquí abajo, sintiéndome pequeño ante aquel despliegue de magnificencia.
   Vuelvo hacia la garita mirando las estrellas cuando entro en un estrecho en penumbra. Las observo y, como siempre, suspiro, con aquel aire soñador que siempre vivió en mí.
   Estrellas y sosiego y la estampa de un pueblo iluminado a lo lejos son mi noche de lunes.
   Noches de vigilancia, de pluma y, por vicio y placer, a salud vuestra, café caliente, arábico y dulzón.
   Gracias por ser partícipes, susurro mientras humea la taza.