jueves, 4 de julio de 2013

A la tenue luz de la lámpara: Alejandro y Verena.

   Un día libre es algo relativo. Libre no es no hacer nada, ni tampoco descansar. Es tomarse las cosas con más calma.
   Me he despertado de buena mañana, como cada día, y ya pensaba en hacer, en crear, estudiar, saber y conocer.
   En sentir.
   Pues cada día algo se presenta diferente, demudado.
   Solo es necesario dejarse llevar.
   Hay un lugar en mi pueblo que me apasiona e inspira. En su trivialidad de club deportivo hay una esencia que me atrae inexorablemente. Un complejo que ofrece todo tipo de ocio a un pueblo sumido en un tedio decadente. Es por eso que cada día me presento allí sea invierno o verano, primavera u otoño, eso no importa. Soy partícipe del ciclo de los árboles durante el año, haciendo crujir hojas en octubre y viendolas lucir en julio.
   El conserje abre la verja a las ocho de la mañana y ya hay gente esperando para entrar -turno de mañana de gimnasio - y ya desde la entrada se advierte su tratado solícito y esmerado en árboles y plantas.
   El acceso tras la verja y el parquing lo abre un pasillo entre palmeras y cuatro pilares estilo greco-romano con techo de cáñamo. Al final, antes de entrar, hay una chapa homenaje a su fundador flanqueado de rosales de flores rojas, blancas y rosas.
   Personalemente es un paisaje que me seduce. Aquel lugar ornamentado de palmeras, falsa pimienta, pinos y abetos, al igual que todo el pueblo, se aposenta sobre colinas y cerros. Por ello al cruzar el acceso, la entrada al recinto cerrado se muestra en declive hacia la zona de piscinas a un lado y la zona deportiva al otro.
   Una balaustrada de granito blanco conlleva a las escaleras -que no son pocas, pues hay que bajar la colina -, que orlan setos de sabina álbar tan fragantes, a un lado y otro. Las escaleras llevan hasta un lecho de grava de mármol rojo, a mi parecer, venido de la cantera roja que tenemos a pocos quilómetros de aquí, más allá de La Zafra, en una montaña llamada Cavarrasa.
   El contraste del rojo -vivo al mojarse -con la madera pálida de la hilera de álamos a ambos lados es encantador, y las hojas dentadas tan vivas de verde ahora son exuberantes, rematando aquel cuadro vivaz en el que me deleito cada mañana.
   Es un lugar entrañable y lleno de vida que contrasta con la zona seca del pueblo.
   Por eso me encanta, mirando desde cualquier banco, sentado.
   El gimnasio por la mañana o las piscinas por la tarde. Ahora están llenas de bañistas que se agrupan en peñas preestablecidas y endogámicos grupitos de familias o chavales, todos ellos al sol o alojados bajo doseles de palmeras y sobre césped natural -algo ralo y exiguo en algunas partes, la verdad.
   Y mientras paso la tarde se me ocurren nuevas ideas para mis escritos que me hacen sonreir.
   Cuando llego a casa ansioso empieza lo bueno.
   Es hora de que te levantes, Alejandro, es hora de que despiertes, Verena. Me siento en el escritorio a la luz macilenta de la lámpara, me tiembla el pulso, abro el recipiente de tinta.
   El cálamo se humedece en líquido negro y ya no hay nada más que caballos y caballeros, espadas y armaduras, bosques lozanos, criaturas extrañas y bellezas primorosas.
   El cálamo se explaya en sus florituras y comienza:

   《Es espesa la niebla que gobierna en jirones blancos y grises y todo aparece sólido y brumoso a la vez. ¿Dónde estás?, pregunta Alejandro. Escucha el sonido del agua en caida libre que estalla en una charca o un manantial, pero solo hay formas abstractas y hasta el suelo parece de seda blanda. ¿Dónde estás?
    Arriba una sombra, una brizna de viento y una imagen compacta de un río plata. De unas rocas grises. De un catarata caudalosa y blanca.
   Bruma gris y el río de nuevo como si alguien parpadeara y él bailara a su son. ¿Hacia dónde, si no hay nada?》

   Así comienza el capítulo, y ya se verá como acaba.
Gracias.
  
  

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