viernes, 19 de julio de 2013

En busca de inspiración: El reino de Castilla y León


   Con la intención de retomar un capítulo inacabado, y ante la idea de dos dias libres por delante, ayer jueves tomé aire fresco de madrugada, café y carretera bajo una noche cerrada antecesora de lo que sería un gran día, ilustrativo y fructífero. Y así, con ligero viático y ninguna planificación me hallé en tan solo cinco horas en la Edad Media de la España profunda del reino de Castilla y León y su Ávila amurallada, patrimonio de la humanidad.
   La ciudad moderna circunda la antigua, separadas por la muralla, observé a mi llegada, aunque preservando la misma estructura de los tejados de teja roja a dos aguas que despuntan por toda la ciudad.
   Ochentaiocho torreones equidistantes en un muro sólido de doce metros de altura y tres de anchura muestran la magnificencia de siglos pasados que vieron discurrir conquistas y reconquistas de musulmanes y cristianos.
   Una vez en el interior, sobre viejos adoquines, caminé sobre el tiempo. Un sin fin de palacios solariegos y monasterios están abiertos al público en calidad de museos donde poder apreciar objetos de uso cotidiano que pueden ir en una sala del siglo XIX, al III a. c. en la sala contigua. Objetos como espadas de antenas de la edad de bronce o cuernos tallados, cuencos carenados, broches de cinturón o lascas de silex para el fuego; espadas medievales tizonas o renacentistas estoques de cazoleta; códices y libros de pergamino o incluso papiro enrollado con tinta negra estilizada; jarros y utensilios de cocina aún conservados, tablas para escribir o ábacos de madera para hacer cuentas.
   Aprecié la evolución en cada sala de materiales utilizados en las diferentes etapas antiguas: Bronces, platas, marfiles, jades y esteatitas que núnca había visto.
   La artistica es abrumadora; con cada paso entre vitrinas y salas atenuadas decoradas con cortinajes escarlatas, me deslumbré de la manufacura de tallas en azabache y cobres sobredorados de esculturas litúrgicas de santos y escenas alegóricas -en maderas talladas de teca con incruscaciones unas, otras tantas lacadas o doradas -. La verdad es que núnca imaginé que pudiese hacerse ese tipo de cosas con madera.
   De una sala a otra avanza uno o retrocede en el tiempo.
   Tan abstraido andaba en aquel mar de interesante información visual que pisé un suelo que por lo visto no debía pisarse. Una jodienda con su reprobación debida de la que me libré despertando ilusiones con preguntas apasionadas sobre aquel suelo de mosaico. Un suelo de, por lo visto, más de 5.000 teselas unidas una a una formando un dibujo, que construyeron los romanos antes de algún cristo. La señora dolida, con las gafas caladas, apoyadas en su nariz aguleña y mirándome admonitoria al principio se emocionó por tanto interés y, con cara de santo y mucho cuento, me marché ileso a otra época.
   No soy una persona religiosa, pero estando en la certeza de que cometería un error si no entrase a ver la catedral de Ávila, me interné entre cánticos, sotanas y grupos guiados de turistas resoplando, hasta la iglesia y sus obras de arte. Los murales sobre piedra caliza son espectaculares, tienen un detalle minucuioso de rostros y miradas de santos eternos tallados en un blanco lustroso. Sin duda hubiese sido un delito no entrar pues en él se halla el museo más explicativo que ví en todo Ávila: desde óleos en lienzo, cobre o tabla, ropajes suntuosos de época de sedas naturales en mostradores, terciopelos con dibujos, damascos con ribetes dorados y plateados, hasta sepúlcros tallados en mármol, alabastro o nogal. Sin duda fue una gran experiencia ver todo aquello tan antiguo y tan bien preservado del tiempo.
   Y mientras paseaba por los claustros o patios con jardines, sobre el adarve de la muralla por encima de la ciudad, discurriendo entre callejones adoquinados o cantones de silenciosos secretos, no pude dejar de pensar que aquel era mi lugar: entre toda aquella grandeza de la Hispania romana o la España visigoda. Aquel vivir tan genuino de antaño escondido bajo la modernidad de hogaño.
   Un precioso lugar a visitar y entender la forma de vivir paulatina que ha evolucionado -aunque en algunos períodos anquilosada como bajo una piedra pesada -desde los primeros pasos del hombre por aquellas tierras llanas.
   Y aunque listo para volver, una vez recorrido el intramuro y el extramuro, por la antigüedad y la modernidad, no pude marcharme hasta que no se puso el sol y pude disfrutar, desde una colina que llaman "el mirador de Los Cuatro Postes", de la ciudad amurallada mejor conservada de España iluminada con focos situados a cada pocos metros, rodeando toda la ciudad. Hermosa imagen, pensé. Me marché habiendo aprendido mucho y sintiéndome ilusionado y con mucho material para trabajar, pues sin buen fuste no hay historia que contar. Gracias.

  
  

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