sábado, 31 de agosto de 2013

El hijo de Granada


   28 de agosto diurno. Granada.
   Recorriendo colina abajo las murallas de la ciudad palatina por el camino del bosque, vemos los muros arriba a los que, dicen, llamaron el castillo rojo por estar hecho de la arcilla de la montaña. Con aquel acento andaluz, la guía nos narra la gran historia de la Alhambra donde vivieron los últimos sultanes de Al-Ándalus y que asesinó a tantos otros, matándose entre los mismos clanes de musulmanes, africanos anhelantes del oasis que era el sur de España, y los fieros castellanos. Recibo toda aquella palabrería como música, atento a cada quiebro en la historia que hizo cambiar escrituras kúficas en relieve por capillas y coros.
   Y en ese paseo tan enriquecedor me veo a una familia que me recuerda mucho a la mía, a la de antes. Un niño que me recuerda a mí, a tiempos en los que viajaba con mis padres y mi hermana a visitar grandezas como aquella por toda España. Bellezas como el acueducto Romano de Segovia o El Escorial de Madrid. Unos recuerdos turbios, sin embargo, remanentes de la infancia que con el tiempo quedan olvidados.
   El niño tiene unos siete años y lleva encima un semblante cansado, arrastrando los pies. Y en su sufrida catadura no aprecia los arcos de herradura apuntados o lobulados de la entrada, tan majestuosos, que arcos de medio punto siempre debieron de envidiar. En el camino por los palacios musulmanes ricamente decorados nada parece llamarle la atención, observo viéndome a mí mismo caminando desganado con las manos en los bolsillos.
   No deja de hacerme gracia.
   Entramos a unos salones con techo de artesonado de cedro muy laboreado e infinidad de historias entrecortadas grabadas en yeserías en las paredes: frases en árabe antiguo y figuras de ataurique y lacería. El chaval no siente la tentación de tocar los pilares y chapiteles bajos como hago yo a mis veinticuatro años, a pesar del «Por favor, no toquéi lah yesería»; no aprecia la majestad de los almocárabes como palmeras de yeso, cal, alabastro y polvo de mármol en tan sólidas formas cual pequeñas estalactitas; no se deja embelesar por el espejo que hace el agua de las albercas a modo de fuentes rectangulares y calmas de los patios, tan de ellos, a la vista de ventanas de herradura con celosía.
   No atiende a aquella belleza ancestral.
   Solo en el patio de Los Leones parece mirar hacia las figuras eternas con ganas de subirse encima, por el hecho de estar prohibido.
   Me veo a mi edad sintiendo tanta fascinación por un mundo que no fue el mio por destino, quizás, y que está cargado de cosas hermosas y locuras como el nuestro. Me veo sintiendo cada ínfimo detalle en la arquitectura, independientemente a la historia, que aquel pueblo de turbantes y poligamia dejó atrás mientras los pateaban y los sacaban de aquí a hostias.
   Me parece curioso como observa el niño de indiferente todo aquello, me digo pensando en mi pasado, como hacía yo.
   El paseo nos lleva a cruzar las torres de La Alcazaba, los jardines reales, las huertas del exterior y El Generalife, o palacio de verano del sultán. Pero es en una construcción extraña donde sucede algo peculiar. Cuando aparecemos por un lateral aún dentro de la Alhambra para visitar -por visitar -un palacio al parecer cristiano con fachada almohadillada, diferente a los demás, sucede algo en la expresión de todos, advirtiendo lo extraño que encaja un palacio como aquel que tiene mucho arte italiano rezumando por los poros.
   Al entrar en él, quizás por instinto, pensamos extrañados, qué coño hace aquí un palacio casi romano -a lo pobre, faltos por aquel entonces de perras para poner pilares de mármol -, en el centro de una ciudad palatina musulmana.
   Es llamativo.
   Y es que, si parece hipocresía que un noble o burgués de los de ahora de traje y corbata conduzca borracho y atropelle a alguien impunemente, o se levanten aeropuertos fantasma, los de aquella época no se quedaban nada atrás. Allí se alza un palacio que nunca se habitó, construido del dinero recaudado de los impuestos que sangraban como buitres a los musulmanes llamados moriscos -los convertidos -a los que les permitían permanecer en España con duras condiciones, haciéndolos pasar por un tamiz o colador de fuego y muerte llamado el Auto de Fe que, algunos, por el hecho de tener dinero, evitaban pasar. Un acto inhumano y deleznable, público, tan de nuestra antigua religión.
   La hipocresía tiene sus antecedentes. Es historia de España.
   Volviendo a nuestro joven protagonista, es curioso, en ocasiones, lo que puede influenciar a un niño los comentarios tendenciosos de un padre. «Este es el de los buenos», le dice el padre convencido a su hijo al entrar, refiriéndose al palacio de Carlos I de España o V de Alemania que tan concatenado empezó su reinado con la iglesia católica por motivo de su corta edad. Ingenuo eufemismo, pienso, «el de los buenos».
   ¿Sabes, chaval, hijo de Granada, Barcelona, Madrid, Santiponce o Monóvar, o de donde te pariese España? -le diría yo -los cristianos, en concreto los católicos a los que tus padres te unieron en sagrado bautizo y de entre los que que no puedo dejar de incluirme, fueron muchas cosas en la historia; pero los buenos, lo que se dice los buenos, no fueron precisamente.
  
  

martes, 27 de agosto de 2013

La portada de prueba de «El Vasallaje de los Elementos»


   Esta mañana he recibido de la editorial la primera prueba de mi libro. Para el que no esté muy metido, la Editorial ECU manda tres pruebas del libro a editar al autor antes de la publicación que es el visto bueno, y la definitiva de las tres. En ellas pueden cambiar cosas tales como la portada o estilo en la maquetación, etc. Pues esta que tengo en mi mano es la primera de las tres y me ha alegrado el día, la semana, el mes.
   Esto está en marcha, me digo a veces a mí mismo como para convencerme. Pasan los días y cada vez estoy más convencido de que aquel muchacho imaginativo y soñador que un día fui, aquel que un día miraba la línea de casas bajas del litoral de Santa Pola y se veía escribiendo y siendo reconocido, preso aún de la niñez, escondía un punto de vanidad y sarcasmo en la sonrisa, en sus secretos. Quizá sospechaba lo que tenía dentro, quizá sabía que esto ocurriría, o que tendría que ocurrir.
   Y aquí me tenéis, catorce años después de aquellos sueños inherentes bajo un cielo plomizo recorriendo en bicicleta la «playa lisa» de Santa Pola, cumpliendo un sueño siempre escondido en ese niño y que, ahora, con estas oportunas redes sociales de por medio, puedo difundir y desplegar como alas pretenciosas prestas a liberar, encerradas en gurruños desde hacía ya demasiado tiempo.
   Espero vuestras opiniones. No es la definitiva pero, ¿qué opináis de esta primera portada?

jueves, 22 de agosto de 2013

El conde y el sultán


   Hace tiempo que quería visitar este lugar: el pino bicentenario y su "tierra fértil". O L' Alfàs del Pi, con su obra de arte, casi teatral, llamada el castillo Conde de Alfaz. Un espectáculo cuidadoso sobremanera en detalles, en suntuosidad y buenos profesionales.
   Entrando por la muralla exterior bloqueada por una barrera bicolor, me atiende un hombre con sobrevesta ceñida con un  cinturón de cuero y botas altas. Bajo la ventanilla mientras lo observo con atención. Me mira desafiante diciendo: «chaval, por aquí no se puede aparcar»
   Podría decirle: ¡Ha del castillo! y quedarme muy a gusto, si montase un alazán y esto fueran otros tiempos. Como no lo son bajo la música del reproductor y se apaga progresivamente la voz luctuosa de Adrés Suárez.
   -¿Al desafío medieval? -me pregunta como leyéndome la mente, y me reconduce con amabilidad forzada, con aspecto de llevar muchas horas allí de pie.
   El castillo se sitúa dentro de un parque temático con piscinas, toboganes, chiringuitos y casas prefabricadas de madera en pleno tumulto de gente. Mientras camino por el paseo agradezco el detalle de las vestimentas medievales tan a juego de los trabajadores. Y como aún falta media hora para entrar al espectáculo, me hago un mojito insulso en un gran salón con blasones y pendones en las paredes y un estanque de agua cobriza al fondo.
   Un cuadro encantador. Ambientado, vamos.
   Llega la hora y me planto ante el castillo entre palmeras y granados. Suspiro ante las torres con techo cónico que se ven sobre el muro con enredaderas y sobre el portón, y atravieso un puente levadizo que cruza el foso de agua verde.
   Una vez dentro junto a los demás turistas somos atendidos por doncellas y caballeros.
   -Pasad por aquí -dice una de ellas, ataviada con un vestido de terciopelo carmesí con brocados y pasamanerías -, tomaos una copa de champán.
   Cuidan el detalle, como digo.
   Un caballero muy serio, de porte honorífico y aires de soldado veterano cansado de matar moros -muy metido en el papel, el hombre -, con las manos puestas en las caderas, cuida las puertas a lo cancerbero. Va vestido como si fuese a asaltar las murallas de Ávila, me digo, y resulta que es de lo más simpático cuando me acerco a hacerle una foto, embelesado por sus ropajes.
   Y si aquella vestimenta cristiana me sorprende, es porque aún no había visto al sultán de los alfarís moros que viene a recogernos. Él nos explica -en tres idiomas diferentes-, con ademán despreocupado y taconeo casi marcial, lo que vamos a hacer durante la exquisita velada. Es un advenedizo alto vestido con telas suntuarias oscuras, bordadas en oro y colmadas de brillantes, hombreras con cadenillas, cinturón y corona de oro sobre el turbante. Y bajo él se esconde un hombre agradable, argelino de nacimiento -descubro -pluriempleado y lenguaraz, con la tez más pálida que la mía -observo a pesar del velo que cubre la mitad de su rostro-. Y él mismo nos alenta a adentrarnos en el castillo por salones y cuadras, pasando por el palenque que hará las veces de sala para la cena.
   Martini blanco, por favor -por no volver al champán, y a falta de Legendario o Frangelico. Y así espero con barra libre en la discoteca mientras nos preparan los trajes con los que nos aviarán a todos los "VIP's" -moros o cristianos, según toque, al azar -para desfilar como el séquito del conde de los caballeros o como el del sultán de los alfarís. Y bien ataviados nos dejan con aquellas telas tan bien manufacturadas, ricas en bordados y detalles como los trajes de los profesionales.
   Ya vestidos y medio azumbrados desfilamos por entre las tablas del palenque pisando la arena a la vista del público sentado en las sillas-gradas, sable al hombro, mientras los actores cabriolean con sus caballos, tan gallardos, tan galantes. Tan dignos de ver.
   Es una gran iniciativa la que allí comenzó con aquello de hacer participar al público, pienso mientras me siento como uno de aquellos moros caminando a paso militar con la mente fija en matar a algunos infieles, o en morir en el intento.

   Una vez finalizado el paseito por la arena en la que caballos y banderas ya corretean ansiosos, guardados los opulentos trajes, volvemos a la sala del palenque y me siento en la primera fila. Entra un carruaje con antorchas a la arena mientras lo hago, y con él montan un espectáculo de magia al más puro estilo de David Copperfield pero con tintes subrepticios y oscuros de brujería demoníaca.
   Sublime.
   Sopa de pescado. Pollo y patata asada, cuanto quieras. De bebida sangría o cerveza, la que quieras, sin medida. Buena estrategia, pienso.
   Ya que estamos ahí puestos para animar, siendo de la primera fila, es una buena idea aquello de la barra libre previa al espectáculo, pues enardecidos los ánimos, acalorados los semblantes lo damos todo rompiendo en vitores y aplausos a nuestro bando -el de los moros en mi caso -que lucha por la victoria en un torneo a lo medieval montados sobre caballos de pura raza; pruebas de habilidad con martillos, lanzas y espadas mientras cabalgan, etc. Todo muy digno de ver.
   El conde de Alfaz, anfitrión del sultán pluriempleado y argelino de la entrada, con una prosodia y dicción más que perfecta admite la derrota de los cristianos en las pruebas a caballo y admite como vencedor al príncipe moro, hijo de su anfitrión que, aún sudoroso, coge una jarra entera de cerveza y se la echa encima sin recato, a lo antiguo, a lo sórdido de taberna.
   Rompemos en vitores de nuevo.
   Y llega la mejor parte.
   Así comienza una experta coreografía de lucha entre los adeptos de la cruz y los de la media luna, que no deja de sorprenderme. Salta la arena bajo las botas y se lanzan espada en mano, «cling», «clang», cae un cristiano que viste como aquellos caballeros prestos para la batalla: camisón de lino, gambesón y sobrevesta escarlata con ribetes blancos y una cruz de Santiago roja bordada en el pecho. Se revuelca por el suelo y coge otra arma: un mengual con una bola de plomo con púas, una alabarda, un escudo de hierro. Da igual, el caso es batallar entre ellos mostrándonos así el modo de lucha en cada modalidad. Es un baile perfecto de pies, unas tesituras sufridas y reales, unos ademanes de auténticos guerreros medievales.
   Retrocede un moro con mirada cauta bajo su turbante negro, toma su espada, escupe al suelo. Se balancea así, de un pie a otro y espera el ataque. Qué gran profesionalidad. Realista donde los haya. «Cling», «clang».
   Ganan los cristianos, claro, pero de una forma sutil que nos hace ganar a todos. Alguien debió de calentarse mucho la cabeza, pienso apreciando la genialidad del asunto, pues el moro que aún quedaba en pie destapa su máscara de insidia y muestra su verdadera identidad: un traidor que escupe ante las ordenes de sus líderes. Con trampas transgrede las normas y se enfrenta incluso a su príncipe, reta al talante avivado de su sultán. Es decir, que cuando muere de la espada de un cristiano, todos ganamos. Genial. Bravo. Un aplauso para el creador, para el promotor, para los actores, pajes de cuadra, para el conde de parla perfecta y el sultán mundano y pluriempleado, para el chaval que hace de Mariscal de campo que aún no ha dicho nada ni lo va a decir, que ni ha bajado del caballo pero mantiene su porte solemne y su espada en alto para dar sus ordenes tácitas. Un aplauso para todos ellos, incluyendo los caballos de pura raza.
   Bravo.

viernes, 16 de agosto de 2013

Rumores de una villa.

   La esquina está a oscuras mientras camino. Suenan cucharas y platos del restaurante de la otra calle. Mesa reservada para uno.
   Con aquellos aires de habitual del local saludo con donaire, acodado en la barra. Huele a habas y caracoles en salsa.
   Tinto de verano, por favor.
   Y acude la hermosa camarera, solícita, y me planta un botellín, vaso ancho con hielo, una rodaja de limón y una sonrisa primorosa. Nos miramos cómplices, con esa connivencia mutua de quienes arrastran una gran historia. Se marcha hacia la cocina con esa mágica táctica del gremio de camareros de caza: sonrisa de frente, de lado -casi indiferente -, mirada después hacia otro lado; marchándose a otra cosa dejando a la pobre víctima, lúgubre y dependiente, pensando, ingenuos: ¡qué preciosa!
   Ya en mi mesa en la terraza, tan típica del verano, sosteniendo el tinto cerca de mis labios escucho irremediablemente el monótono bordoneo de los comensales con sus historias. Un "que a mí me se pertenecen estos bancales porque sí", muy acalorado, un "le pegué una raquetá en el pádel...", cuarenta y tantos "ya te digo" e innumerables palabas malsonantes, tan de nuestra parla.
   -¿Ta llamao la Irene? -escucho de una chica, de prosodia melodiosa, pelo negro cobalto recogido con negligencia en una coleta, ojos saltones, y labios finos y crueles.
   -Pos sí -contesta otro. Y comienza como un torrente a soltar palabras sin pausas en un intento de explicar lo que "la Irene" la ha dicho o le ha dejado de decir.
   Yo, absorto en la inmensidad de las redes sociales, o quizás evadiéndome en ellas, no presto atención, pues siguien hablando, despotricando sobre este o aquel, que si que mierda esto o lo otro.
   La camarera vuelve y toma nota. Ya sabe lo que quiero.
   Y mientras la veo marchar mirando su figura, dando un tiento al vino, no puedo dejar de escuchar esa frase tan nuestra, tan de pueblo, que tanto me exaspera. Que tanto me revienta:
   -A saber en qué se gasta el dinero -dice la chica aún joven, ya sin salvación, cínica y con aires de maruja de peluquería, de cola de carnicería, de terraza de cafetería.
   -Yo que sé... -contesta el otro, perdida la mirada calle abajo, hacia el parque, con el semblante indiferente, encogiendo los hombros, ecuánime.
   Y es que, en estos pueblos del interior corre una inquina y una malicia oculta entre la gente; un control obsesivo por conocer los detalles de cada cuál: pásame el informe de tu familia y el currículo de tu vida, y entra. Bienvenido al pueblo, querido.
   Y entonces recuerdo lo que un hombre sabio y respetable me dijo una vez. No era filósofo, licenciado en derecho o historiador; solo era un hombre humilde, perfeccionista, mundano y siempre abstraido trabajador. Mecánico de coches -recuerdo -y remanente de un antiguo árbitro de fútbol de primera división.
   -Nunca saques cuentas de los demás -me dijo un día con esa tesitura solemne.
   Y qué razón tenía, pienso ahora, pues no hay nada más veleidoso que el dinero que cambia de mano en mano por segundos. ¿Y a quién le importa lo que haga cada cuál con el suyo propio, o con su vida personal?
   Y ahí siguen despotricando cuando termino mi cena y pago la cuenta con ese gesto casi mecánico de sacar la cartera del bolsillo posterior. Les lanzo una mirada furtiva, quizás admonitoria, a los pueblerinos procaces, y me marcho por la calle recoleta, a la esquina a oscuras y su silencio.
   Gracias.
  
  

lunes, 12 de agosto de 2013

Esoterismo paranormal. ¿Fantasía o realidad?


   Existencia real. Realidad. Si no hay un dios que gobierne lo sobrenatural, ¿qué es lo que hay, superior a lo material? La grandeza de este nuestro Señor matizada por la iglesia es tan fantástica como absurda, llena su historia de incoherencias deslavazadas. Pero no es en la grandeza donde hay que buscar conclusiones, sino en los pormenores. Aquellos casos aislados y extraños que, en ocasiones, pasan desapercibidos en la historia.
   ¿Qué creer?, ¿dioses?, ¿espíritus?. ¿O todo se reduce a necesidades de la mente o enfermedades de la misma, respectivamente?
   Desde mi punto de vista nada puede existir fuera de lo material, de lo estrictamente demostrable con buen fundamento y desarrollo. Sin embargo, durante la historia se ha materializado un constante caleidoscopio de lo sobrenatural difundido en leyendas o más tarde imágenes controvertidas que hablan por sí solas.
   Escuchando la radio oigo un programa de llamadas. Suena música de tensión de fondo y un prolegómeno de lo que parece será una historia vivida, cuestionable, me digo, de una chica que tuvo una aparición durante la noche.
   Entra en antena y se masca la tensión. Para la música y se matiza la voz afectada de la chica, lúgubre, esotérica,  conturbada sobremanera y totalmente convencida de la realidad de su vivencia.
   Estaba acostada y despertó, dice, sin poder moverse. Y en esa parálisis una anciana -su abuela fallecida -aparece en su propia habitación y la mira. Ello transmite tensión en el estudio de la radio y en los estúpidos conturbados que la escuchamos, muy interesados.
   La vio allí junto a ella y jamás nadie podrá hacerle cambiar de opinión.
   Realmente creo que ella la vio. Pero eso no lo hace real.
   Catatonia. Definido por la RAE como "síndrome esquizofrénico, con rigidez muscular y estupor mental, algunas veces acompañado de una gran excitación"
   Solo es un ejemplo de lo inmensa, incomprendida y compleja que es la mente, que nos puede llegar a perturbar la realidad. Esto no lo explica todo, sin embargo. Es solo un ejemplo de la diversidad de rarezas que ofrece el cerebro en sus trastornos.
   Pero hay más cosas increibles que han ocurrido y ocurren en nuestros tiempos; como el verídico caso de malformación de Edward Mordake y su "demonio" que perturbó tanto durante el siglo XIX. El hombre de dos caras, que acabó por suicidarse a los 23 años. Malformaciones verídicas que podrían abrir un cúmulo incontable de leyendas sobre monstruos y enjendros como animales de formas poco convencionales. O hablando sobre esoterismo, el aún contemporanio asunto de las pigmentaciones en las paredes de Las Caras de Bélmez. Aquel caso de confusión en los que tras 42 años de investigaciones no ha podido demostrarse claramente que se trate de un fraude. Y para fraudes la medium Anne Germain que acabó su carrera en tele 5 hace muy poco, con su equipo que le pasaba el informe previo de quien, generalizando, ejercía su milagroso oficio jugando con los sentimientos de sensibles e ingenuos.
   Son, al fin y al cabo, casos que crean confusiones y nos hacen pensar en posibles alternativas incomprensibles a otras realidades o a "el más allá" Pero la realidad es el antónimo de la fantasía. Aun con todos esos casos extraños no dejan de haber explicaciones científicas unas veces y la oculta ambición mediática y económica del fraude en otras. ¿Quién sabe la verdad?
   ¿Qué diferencia a una tarántula pajarera o a un lobo gris de los monstruos de los cuentos?, incluso un caso de malformación mal llevado podría llevarse a equívoco. ¿Y qué hay de los fantasmas?. Si un animal pasara casualmente por la noche en una zona oscura al contraluz de un foco y alguien lo viese de lejos vería una sobra estirada caminar. Y si ese animal fuese un raposo -me cago en sus muertos -por mi madre que oiría gritar a una mujer como mirando a los ojos a la muerte.
   Mi pensamiento peyorativo hacia cualquier rareza sobrenatural -entre las que incluyo las que cuenta la biblia -es firme y férreo pues, como dijo Einstein, "todo es relativo"; todo es susceptible de ser manipulado, desgraciadamente, y debe de haber gente jodidamente buena en sus juegos de artificio, ilusionismos o supercherías ingeniosas.
   Soy reticente a todo ello, esperando que alguien llegue y lo demuestre. Y aún siendo así estudiaré cada palabra demostrada, buscando un artificio a lo demostrado, intentando buscar la trampa a lo inalienable.
   Me encanta la fantasía, pese a todo. Quizás a causa de ello. El motivo por el que creer en monstruos pintorescos y enjendros horrendos y no en verlos vestidos de traje con mirada tranquila por la calle, taimados, arrastrando la sombra de asesinatos, pederastias o violaciones. Me gustan mis monstruos de cuento que por lo menos se les ve venir acolmillados y oliendo a sangre. Y con respecto a la muerte... oh... La Muerte. Ella es bella como ninguna y nadie teme encontrarla. La dama de negro es el símbolo puro de serenidad y calma. En mi libro, al menos, me evado de esta realidad en mi fantasía propia y sus bellezas.
   Gracias.

domingo, 4 de agosto de 2013

Sombras en la carretera.

   Inicio servicio con normalidad. Con sueño, pero sin novedad. La noche transcurre con aplomo sobre un silencio continuo y monótono, realizando rondas, controlando accesos, lanzando destellos con la linterna rodeando el perímetro y atendiendo al más mínimo movimiento.
   No acecha el peligro en toda la noche. O sí. El mayor mal que tienta la suerte es uno malevo e insidioso, progresivo, ominoso.
   El sueño.
   Me atrapa en su tela de araña y teje diligente una trampa que me tira y me tira hacia el centro. Las horas se acumulan y las sombras se extienden. Siempre pasa así. Ya estoy acostumbrado.
   Una vez más termino el servicio por la mañana batallando contra ese enemigo acérrimo de los Vigilantes de Seguridad, ese sueño pesado que, sin control, nubla la realidad.
   Giro el contacto en el coche y se enciende la radio y las luces del cuadro en el salpicadero. Giro la rueda de las luces "click", "clic" y se ilumina el camino de tierra con las cortas del coche. Así arranco y parto, tentando a la suerte y dejando tras de mí una polvareda espesa de polvo lacerante de silice cristalina, el cual la Consellería de Trabajo y Bienestar regula aplicando agua con cubas de riego sin descanso, claro, mientras operan los canteros. Los vigilantes somos otra especie, pero ese es otro tema.
   Ya no hay radio buena por la mañana, pienso, están todos de vacaciones.
   Joder.
   En menos de seis minutos me acecha de nuevo el sueño putañero pues es el momento cumbre de superación: mantener los ojos abiertos en la carretera. Bajo la ventanilla y pongo la música a tope. Dos minutos. De nuevo el sueño. Es una batalla perdida, me digo, ¿por qué no parar -pienso - y refrescarme la cabeza con agua, darme de hostias hasta que reaccione o, qué se yo, revolcarme por el suelo y ya echar el uniforme a lavar en bloque? Lo que sea, pero pronto. Y así somos los gilipollas como yo, que jamás he parado, y por ese orgullo estúpido de yo puedo o yo controlo continúo un poco más.
   Conducir con el amanecer ya despuntando por la silueta al contraluz de las sierras es, cuanto menos, una faena. Sobre todo si es al Este hacia donde te diriges durante media hora en linea recta. Y con tal sopor encima es peligroso casi tanto como conducir ebrio.
   O peor.
   Como decía, las sombras se estiran por la noche. Y no es broma. Lo saben los afectados como yo. Llega un punto en que las señales iluminadas por los focos del coche crean sombras extrañas que toman formas aún más extrañas, como viendo de ellas surgir cuerpos cambiando de forma hasta que desaparecen a la diafanidad de la luz. Los focos ígneos de los vehículos que se cruzan contigo con sus historias propias se tornan macabros, se torna la realidad que lo envuelve a uno, truculenta y abstracta.
  Lo sé muy bien. Lo he vivido.
  Tener un grado extremo de sueño provoca delirios que, aun echandote agua por la cabeza, bajando hasta abajo las ventanillas, calzándote un par de hostias en el careto o poniendo a tope cualquier mierda de CD de OBK, El Arrebato o David Bustamante en el reproductor -tengo que renovar la música -el sueño, la mayoría de las veces se mantiene o aumenta, ponzoñoso.
   Ahí ya es cuestión de suertes, fortalezas y destinos, noches vistas para sentencia. Unos tienen buena suerte y otros mal desatino. Yo canto al ritmo de "Dulce final" como poseido. Y pienso en mis cosas casi con fuerza por concentrarme, me pongo a pensar en lo que escribiré mañana, por ejemplo, o en el "regalito" que le compraré a mi sobrina que anda siempre tan pedigüeña, por la mañana o por la tarde, cuando despierte el tío. Y con ese entretenimiento en la cabeza llego a casa, a mi calle y mi hilera en batería para aparcar que está frente a la carnicería que ya tiene su persiana a medio abrir y el camión de la carne frente a ella.
   Y solo cuando giro el contacto y siento el ronroneo del motor fenecer, asiento y me miro en el retrovisor. Finaliza el servicio -le digo a mi expresión cansada -ahora sí, sin novedad.
 

viernes, 2 de agosto de 2013

Relato: La noche del fuego.


   Esta semana volví a ir a un lugar muy preciado para mí. Un lugar de encanto propio al que me encanta volver: Algunos la llaman "La tetería escondida de Crevillente" y otros la "secreta". Su nombre es Carmen del Campillo y realmente está escondida. Con la visita del miércoles a éste ambiente árabe antiguo la magia ancestral de su vergel -me entenderá quién haya estado allí -, me han venido muchas cosas a la cabeza. Está claro que aquello no es la Alhambra de Granada ni la Mezquita de Córdoba, pero la gente se pierde por aquellos caminos inhóspitos para encontrarlo y pagar 7 euros de consumición mínima. Algo tendrá, digo yo.
   De pronto te encuentras en sendas polvorientas -perdido si no sabes donde está -y de golpe, sin anestesia, tras pasar un cartel puesto con saña con el letrero <<prohibido el paso>> te encuentras en la antiguedad del arte musulmán en un ambiente diferente de lo que hay por esta zona. Y en sus trabajos laboreados en molduras, en arcos y ventanas con postigos me he inspirado para continuar mi segundo libro, y además, para escribir un relato en el que he estado sumergido esta noche, y en mi linea medieval. Así que con el consejo a aquellos a los que os interese, os digo: haceos un café, sentáos o recostáos en un sofá o un sillón durante diez minutos, si los tuvieseis, sentid el entorno del relato.
   Gracias.
 
   He aquí mi relato: La noche del fuego.

   A golpe de desbandada y desconcierto atacaban, sin piedad mostraban su valor individualmente, causaban el caos en el frente y retrocedían con sus turbantes y capas blancas como fantasmas, blandiendo espadas y mazas de justicia. El emir Abdul Razak causaba estragos a vanguardia de la batalla en el valle, a las puertas de su ciudad, en pequeñas escaramuzas para romper la formación del enemigo.
   Pero no era suficiente.
   Los contrarios se mantenían recios como efigies de piedra, lustrosos bajo sus armaduras y cotas de maya. Ellos se veían obligados a replegarse pisando su propia tierra con cada paso que retrocedían. Los flancos habían sido destruidos por las caballerías enemigas de soldados voluntarios, caballeros hidalgos de valor incuestionable que luchaban por una causa noble que, bajo manga, siempre traía el peso ancestral de la venganza.
   El ejército del kalifa, Hakim Macid, estaba siendo derrotado.
   A retaguardia, un jinete emisario partió veloz espoleando con ímpetu a su alazán, alzado sobre los estribos al sotavento, a la velocidad de una saeta de cedro, ondeante su capa suntuaria de seda y su turbante.
   El mensajero recorrió caminos intransitados a galope tendido sin mirar atrás, resoplando de impotencia por no poder demostrar su valía en la batalla, alejado de ella por aquel encargo para cobardes, imbéciles o incapacitados.
   Pero una orden era una orden.
   Llegó su mensaje sin aliento a la villa y a los oídos de la hermosa Falandi, hija del emir Abdul Razak, que caminaba por el mercado del centro bajo sus toldos, extendiendo su brazo hacia una alcuza de hojalata para el aceite en uno de los puestos. Llevaba una cesta de mimbre en el brazo lleno de frutos secos, sésamo, frutas y sobresaliendo los extremos de dos barras de pan blanco de harina de trigo. De pronto se sobresaltó al ver llegar al mensajero y la polvareda que dejaba a la zaga.
   -Mi señora -dijo entre resuellos al llegar junto a ella -¡el ejército enemigo avanza hacia la ciudad, debéis esconderos en palacio!
   Falandi enmudeció un instante, presa del miedo y la inmovilidad. La cesta cayó al suelo y se desparramó el contenido a lo largo de la plaza.
   De pronto todo era descontrol y caos, desesperación y gritos.
   Gritos de terror.
   Ella se dio al coraje, sin embargo, y subió al corcel con habilidad adiestrada.
   Partieron hacia la salida de la ciudad entre el miedo y el desorden que sobrevino a la noticia: los gritos de mujeres y los llantos de los niños en mercados desordenados aquí; nombres requeridos con voces procelosas allá, en tiendas abandonadas, y calles abarrotadas; correteos incesantes inundando la ciudad, torpes y estúpidos, de ciudadanos que intentanan huír en un ultimo achaque de canguelo; carruajes que partían prestos sin mirar si alguien había por en medio de las calles adoquinadas.
   Todo fue un caos secundado de las feroces envestidas de los ejércitos enfrentados.
   El jinete dejó atrás todo eso y ella aún volvió la cabeza una vez más, viendo con lágrimas en los ojos las columnas de humo a lo lejos y las sombras del ingente ejército enemigo desplegado en el valle, a las puertas de su propia ciudad.
   Se metieron en un camino pedregoso y por él discurrieron en silencio, a la tenue luz de un atardecer fenecido. Hiceron falta muchos giros en caminos que se bifurcaban entre campos de granados, higueras y limoneros para llegar a la entrada al palacio escondido del emir Abdul Razak.
   Un hombre arrastraba unas hojas secas con un rastrillo en la entrada del arco encalado y techado de teja roja. Las plantas aromaticas y arboles frutales aparecieron de pronto al cruzar un estrecho camino y desembocar en el patio del palacio.
   -¡Alonso! -gritó la mujer al extranjero que cuidaba el jardín lozano de la casa.
   El hombre vestido con una túnica vieja y deslucida y botas llenas de barro seco dejó el rastrillo a un lado, con los ojos claros desorbitados y se lanzó al camino con paso inquieto, circunspecto.
   -¿Falandi? -preguntó a la nada, tímidamente, mientras un fuerte nudo en la garganta le aprisionaba las palabras.
   El jinete entró bajo el arco con demasiado fervor y eso lo inquietó. Sabía de la batalla que se libraba en el valle y con la llegada imprevista de la hija del emir al palacio comprendió que el peor de los destinos estaba cayendo sobre ellos, escondiendo el teniente a su única hija en el último refugio al que podía acudir.
   Pierden la batalla, se dijo.
   Pero no le importó. Ella estaba allí con él.
   -¡Alonso!
   Él no pudo decir nada mientras ella saltaba del caballo a sus brazos.
   El emisario los miró inquisitivo y frío mientras el caballo se revolvía, sintiendo aún el fervor de la batalla a las calcas.
   Nada dijo. Solo silencio hubo pese a estar viendo como la hija del emir, prometida con uno de sus alcaides de rango se besaba con un infiel reconvertido de la misma impureza que aquellos que los asaltaban.
   Y en su mirada fría hubo indecisión, una duda fugaz que pronto terminó.
   -Cuida de ella -le dijo desenvainando su alfanje -o yo mismo te arrancaré la cabeza.
   Alonso le mantuvo la mirada serena y firme. Ecuánime, igualmente. Y en esa mirada de respuesta el caballero vio una fortaleza sin fisuras. Así que se conminó a ella, rezando a los dioses.
   -Debo volver a la batalla -dijo sin más -. Ha sido un placer serviros, mi señora.
   Y se marchó vehemente con una mirada febril de locura de soldado fiel y más aun fieles sus honores bajo la espada que enarbolaba sobre la cabeza, como llamando a gritos al diablo para impresionarlo.
   Ellos aún se quedaron mirando el valor del caballero desapareciendo entre la polvareda, bajo el arco y los árboles frutales antes de girar la curva, y dejarlos allí, solos, unidos.
   -Mi amor -empezó ella, cogiendo sus manos curtidas por el duro trabajo -¿qué haremos?, ¿qué pasará cuando vengan?
   -Pasará lo que pasa siempre, querida -respondió con su acento.
   Ella no entendió pero se abrazó a él y se perdió en su pecho, sus ojos bañados en lágrimas, sollozos en la garganta, amortiguados por sus caricias y su compostura.
   -Tranquila, shh, tranquila. No pasará nada, amor mío.
   Así estuvieron abrazados mientras la noche se les echaba encima, y ya se advertían las primeras estrellas prematuras en el cielo entre el claro de agujas de pino. Y ante el lejano tumulto incipiente que llegó a sus oídos, dijo Alonso:
   -Vamos, entremos adentro. Aquí hay... demasiado ruido.
   Ella se dejó llevar, extrañada, por su mano. Se dejó arrastrar por el pasillo a la derecha del arco hacia abajo, siguiendo el camino de piedras blancas hasta la verja. Abrió el grueso candado con esfuerzo y la puerta después con mucho quejido de bisagras.
   De pronto se hallaron alejados de todo mal en aquel mágico vergel de flores y plantas, laberintos de setos y fuentes y estanques con patos, cisnes y somorgujos. Se sintieron en casa, en una casa solitaria y de belleza incalculable. Caminaron entre los pasillos del jardín bajo la atenta mirada de estatuas de granito y mármol, abrazados, ella aún abstraida, él cuidadoso con sus plantas, mirándolas con un amor propio de jardineros. Se metieron en un pasillo entre bambúes jóvenes que empezaban a mostrar su lozanía, caminaron por el estrecho pasillo que llevaba a un bonito cenador de madera de álamo rodeado de grosellas, rosas y orquídeas que no hacía mucho que había regado, cuidadoso.
   -¿Qué pasará ahora, Alonso?, ¿qué nos ocurrirá?
   -Shhh, no hables de eso ahora, no escuches los gritos ni los lloros lejanos, escucha mejor el arrullo del agua de las fuentes, escucha a los vecejos y verderones que cantan... a los jilgueros y torcaces...
   -Pero si ya no cantan...
   -Shhh -le cortó, deteniéndose de pronto muy serio, cruzándole el índice en sus labios. La cogió después por la cerviz con dulzura y le plantó un beso frente a los avellanos, almecinos y naranjos.
   Ella calló y se sumergió en el beso, olvidando por un instante todo lo demás.
   Pero aún escuchaba los gritos y la agonía de afuera, allá a lo lejos donde batallaba su padre y su ejército, sus conocidos y amigos, luchando por unas tierras que no eran suyas y que estaba escrito en el destino, que acabarían perdiendo.
   -Vamos -insistió él, separándose despacio de su boca, haciéndola suspirar, ansiosa. Sonrió pícaro y volvió a tirar de su mano con determinación, haciendo caso omiso del mal, el mal que se cernía sobre todas las cosas.
   -¿Escuchas el agua, amor mío, el agua del estanque que baña a cisnes y patos?
   -Lo escucho -mintió, intentando seguir el juego entre tanta crueldad de aquella suerte incierta.
   -¿Escuchas los pájaros cantar y los grillos y chicharras rabiar?
   -Sí... -sonrió, presa de aquella magia forzada -lo escucho.
   Y avanzaron por el jardín hacia el soportal adovelado de la cocina alargada y las primeras habitaciones anexas al patio central. Subieron unas estrechas escaleras y ya el mal se extinguió. Ya no escucharon las angustias grises ni los sonidos funestos de tragedia y maldad, ya no sentían la presión en el pecho de lo que se avecinaría en un futuro próximo. Estaban en casa, alejados del dolor.
   Por las escaleras aún miró por la ventana hacia las columnas de humo del horizonte, antes de perder el contacto con el mundo.
   Subieron hasta una cálida habitación suntuosa tapizada de alfombras afelpadas con olor a jazmín. Alonso no había entrado jamás allí y pudo apreciar las molduras lujosamente laboreadas y las celosías del vano de la ventana; de los lujosos bordados de brocado de las alfombras kilim en las paredes y los cojines en el suelo. Era una cámara pequeña que sabía, al menos, que su ventana miraba al oeste, al otro extremo de la batalla que se les llevaba la esperanza.
   Pero no a ellos, pensó.
   Había en una mesita una lámpara de aceite encendida y, tras cerrar la puerta y anclarla, se sentaron apretujados sobre los cojines, al lado de la ventana. Se abrazaron a la luz que dejaban los huecos de madera calada del vano, y quedaron en silencio.
   En un silencio cómplice que callaba y decía mucho.
   Él no podía dejar de mirarla: Sus cabellos negros como boca de sorna, sus ojos oscuros, rasgados, matizados con kohol negro, su piel natural atezada y sus labios voluptuosos.
   -¿Qué ha de pasar ahora, Alonso? -preguntó esperando de veras encontrar en sus palabras una respuesta que los sacara de allí, que todo lo solucionase y que nadie tuviese que morir. Pero muchos morirían aquella tarde. Muchos acabarían su vida en esa misma noche, crepúsculo de un viaje por la vida que llegaba a su fin.
   Sin embargo él sonrió, le apartó un mechón de cabello del rostro y le acarició el lóbulo de la oreja, la linea de la quijada, la barbilla y los labios, besados sus dedos por ella.
   -Queda amarnos, amor mío -dijo, misterioso.
   Y sucedió que en el temor de la muerte acechante una chispa de insurgencia inició. No había gloria para ellos. Nada era como debía de ser. Viviendo en pecado una vida a medias, de conciliábulos en la noche y gemidos desbocados en esquinas y corredores descuidados habían sucumbido al mal de la lujuria y el quebranto de leyes y preceptos. Él casi un esclavo, ella una esclava al completo, prometida por el bien de la familia a un hombre viejo y pendenciero con delirios de grandeza.
   Ellos ya estaban muertos antes de aquel desatino. Iban a ser condenados, de todos modos.
   -Que alguien se atreva a encontrarnos -dijo- y separar nuestros destinos.
   Y la besó de tal manera que la llama iniciada deflagró en una llamarada sin control.
   ¿Que más daría lo que hubiese afuera, pensaron, si ellos estaban allí dentro, juntos?
   Las armas aceradas desgarraban y hendían, cortaban y mataban, los caballos avanzaban y las tropas eran cercadas. Unos mataban, y otros morían. Pero todos gritaban.
   Y mientras el fuego de la batalla avanzaba, ellos gemían, no se enteraban de nada, desgarraban, como las armas, las ropas con avidez y saña. Ella subió encima de él, él levantó el cuello, aguzó los ojos claros, gimió de placer.
   ¿Y ella? Ella lo olvidó todo, todo lo que existía allá afuera pues, ¿qué más daría, si para ninguno de ellos habría ya amanecer?  
  Ella gritaba <<Alonso>> y él la secundaba: <<Falandi>>, y sus gemidos ensordecedes acallaban gritos de dolor y espadas bebiendo sangre, cerca, muy cerca, ocultando el sonido de pasos de botas cruzando jardines y gritando órdenes en un idioma extraño. Gemidos que acallaban lizas finales y sentencias firmes con estoque y corte, pies que corrían mientras ellos se corrían también y una vez más sonreían al destino con hilaridad, habiéndose enfrentado al miedo. El hierro que siguió resonando cerca y a base de golpes desproporcionados sobre la puerta, también fue acallado, con éxtasis, con fuego de él y ella, con transigencia a lo venidero, antes de que destrozasen la puerta.