sábado, 31 de agosto de 2013

El hijo de Granada


   28 de agosto diurno. Granada.
   Recorriendo colina abajo las murallas de la ciudad palatina por el camino del bosque, vemos los muros arriba a los que, dicen, llamaron el castillo rojo por estar hecho de la arcilla de la montaña. Con aquel acento andaluz, la guía nos narra la gran historia de la Alhambra donde vivieron los últimos sultanes de Al-Ándalus y que asesinó a tantos otros, matándose entre los mismos clanes de musulmanes, africanos anhelantes del oasis que era el sur de España, y los fieros castellanos. Recibo toda aquella palabrería como música, atento a cada quiebro en la historia que hizo cambiar escrituras kúficas en relieve por capillas y coros.
   Y en ese paseo tan enriquecedor me veo a una familia que me recuerda mucho a la mía, a la de antes. Un niño que me recuerda a mí, a tiempos en los que viajaba con mis padres y mi hermana a visitar grandezas como aquella por toda España. Bellezas como el acueducto Romano de Segovia o El Escorial de Madrid. Unos recuerdos turbios, sin embargo, remanentes de la infancia que con el tiempo quedan olvidados.
   El niño tiene unos siete años y lleva encima un semblante cansado, arrastrando los pies. Y en su sufrida catadura no aprecia los arcos de herradura apuntados o lobulados de la entrada, tan majestuosos, que arcos de medio punto siempre debieron de envidiar. En el camino por los palacios musulmanes ricamente decorados nada parece llamarle la atención, observo viéndome a mí mismo caminando desganado con las manos en los bolsillos.
   No deja de hacerme gracia.
   Entramos a unos salones con techo de artesonado de cedro muy laboreado e infinidad de historias entrecortadas grabadas en yeserías en las paredes: frases en árabe antiguo y figuras de ataurique y lacería. El chaval no siente la tentación de tocar los pilares y chapiteles bajos como hago yo a mis veinticuatro años, a pesar del «Por favor, no toquéi lah yesería»; no aprecia la majestad de los almocárabes como palmeras de yeso, cal, alabastro y polvo de mármol en tan sólidas formas cual pequeñas estalactitas; no se deja embelesar por el espejo que hace el agua de las albercas a modo de fuentes rectangulares y calmas de los patios, tan de ellos, a la vista de ventanas de herradura con celosía.
   No atiende a aquella belleza ancestral.
   Solo en el patio de Los Leones parece mirar hacia las figuras eternas con ganas de subirse encima, por el hecho de estar prohibido.
   Me veo a mi edad sintiendo tanta fascinación por un mundo que no fue el mio por destino, quizás, y que está cargado de cosas hermosas y locuras como el nuestro. Me veo sintiendo cada ínfimo detalle en la arquitectura, independientemente a la historia, que aquel pueblo de turbantes y poligamia dejó atrás mientras los pateaban y los sacaban de aquí a hostias.
   Me parece curioso como observa el niño de indiferente todo aquello, me digo pensando en mi pasado, como hacía yo.
   El paseo nos lleva a cruzar las torres de La Alcazaba, los jardines reales, las huertas del exterior y El Generalife, o palacio de verano del sultán. Pero es en una construcción extraña donde sucede algo peculiar. Cuando aparecemos por un lateral aún dentro de la Alhambra para visitar -por visitar -un palacio al parecer cristiano con fachada almohadillada, diferente a los demás, sucede algo en la expresión de todos, advirtiendo lo extraño que encaja un palacio como aquel que tiene mucho arte italiano rezumando por los poros.
   Al entrar en él, quizás por instinto, pensamos extrañados, qué coño hace aquí un palacio casi romano -a lo pobre, faltos por aquel entonces de perras para poner pilares de mármol -, en el centro de una ciudad palatina musulmana.
   Es llamativo.
   Y es que, si parece hipocresía que un noble o burgués de los de ahora de traje y corbata conduzca borracho y atropelle a alguien impunemente, o se levanten aeropuertos fantasma, los de aquella época no se quedaban nada atrás. Allí se alza un palacio que nunca se habitó, construido del dinero recaudado de los impuestos que sangraban como buitres a los musulmanes llamados moriscos -los convertidos -a los que les permitían permanecer en España con duras condiciones, haciéndolos pasar por un tamiz o colador de fuego y muerte llamado el Auto de Fe que, algunos, por el hecho de tener dinero, evitaban pasar. Un acto inhumano y deleznable, público, tan de nuestra antigua religión.
   La hipocresía tiene sus antecedentes. Es historia de España.
   Volviendo a nuestro joven protagonista, es curioso, en ocasiones, lo que puede influenciar a un niño los comentarios tendenciosos de un padre. «Este es el de los buenos», le dice el padre convencido a su hijo al entrar, refiriéndose al palacio de Carlos I de España o V de Alemania que tan concatenado empezó su reinado con la iglesia católica por motivo de su corta edad. Ingenuo eufemismo, pienso, «el de los buenos».
   ¿Sabes, chaval, hijo de Granada, Barcelona, Madrid, Santiponce o Monóvar, o de donde te pariese España? -le diría yo -los cristianos, en concreto los católicos a los que tus padres te unieron en sagrado bautizo y de entre los que que no puedo dejar de incluirme, fueron muchas cosas en la historia; pero los buenos, lo que se dice los buenos, no fueron precisamente.
  
  

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