viernes, 2 de agosto de 2013

Relato: La noche del fuego.


   Esta semana volví a ir a un lugar muy preciado para mí. Un lugar de encanto propio al que me encanta volver: Algunos la llaman "La tetería escondida de Crevillente" y otros la "secreta". Su nombre es Carmen del Campillo y realmente está escondida. Con la visita del miércoles a éste ambiente árabe antiguo la magia ancestral de su vergel -me entenderá quién haya estado allí -, me han venido muchas cosas a la cabeza. Está claro que aquello no es la Alhambra de Granada ni la Mezquita de Córdoba, pero la gente se pierde por aquellos caminos inhóspitos para encontrarlo y pagar 7 euros de consumición mínima. Algo tendrá, digo yo.
   De pronto te encuentras en sendas polvorientas -perdido si no sabes donde está -y de golpe, sin anestesia, tras pasar un cartel puesto con saña con el letrero <<prohibido el paso>> te encuentras en la antiguedad del arte musulmán en un ambiente diferente de lo que hay por esta zona. Y en sus trabajos laboreados en molduras, en arcos y ventanas con postigos me he inspirado para continuar mi segundo libro, y además, para escribir un relato en el que he estado sumergido esta noche, y en mi linea medieval. Así que con el consejo a aquellos a los que os interese, os digo: haceos un café, sentáos o recostáos en un sofá o un sillón durante diez minutos, si los tuvieseis, sentid el entorno del relato.
   Gracias.
 
   He aquí mi relato: La noche del fuego.

   A golpe de desbandada y desconcierto atacaban, sin piedad mostraban su valor individualmente, causaban el caos en el frente y retrocedían con sus turbantes y capas blancas como fantasmas, blandiendo espadas y mazas de justicia. El emir Abdul Razak causaba estragos a vanguardia de la batalla en el valle, a las puertas de su ciudad, en pequeñas escaramuzas para romper la formación del enemigo.
   Pero no era suficiente.
   Los contrarios se mantenían recios como efigies de piedra, lustrosos bajo sus armaduras y cotas de maya. Ellos se veían obligados a replegarse pisando su propia tierra con cada paso que retrocedían. Los flancos habían sido destruidos por las caballerías enemigas de soldados voluntarios, caballeros hidalgos de valor incuestionable que luchaban por una causa noble que, bajo manga, siempre traía el peso ancestral de la venganza.
   El ejército del kalifa, Hakim Macid, estaba siendo derrotado.
   A retaguardia, un jinete emisario partió veloz espoleando con ímpetu a su alazán, alzado sobre los estribos al sotavento, a la velocidad de una saeta de cedro, ondeante su capa suntuaria de seda y su turbante.
   El mensajero recorrió caminos intransitados a galope tendido sin mirar atrás, resoplando de impotencia por no poder demostrar su valía en la batalla, alejado de ella por aquel encargo para cobardes, imbéciles o incapacitados.
   Pero una orden era una orden.
   Llegó su mensaje sin aliento a la villa y a los oídos de la hermosa Falandi, hija del emir Abdul Razak, que caminaba por el mercado del centro bajo sus toldos, extendiendo su brazo hacia una alcuza de hojalata para el aceite en uno de los puestos. Llevaba una cesta de mimbre en el brazo lleno de frutos secos, sésamo, frutas y sobresaliendo los extremos de dos barras de pan blanco de harina de trigo. De pronto se sobresaltó al ver llegar al mensajero y la polvareda que dejaba a la zaga.
   -Mi señora -dijo entre resuellos al llegar junto a ella -¡el ejército enemigo avanza hacia la ciudad, debéis esconderos en palacio!
   Falandi enmudeció un instante, presa del miedo y la inmovilidad. La cesta cayó al suelo y se desparramó el contenido a lo largo de la plaza.
   De pronto todo era descontrol y caos, desesperación y gritos.
   Gritos de terror.
   Ella se dio al coraje, sin embargo, y subió al corcel con habilidad adiestrada.
   Partieron hacia la salida de la ciudad entre el miedo y el desorden que sobrevino a la noticia: los gritos de mujeres y los llantos de los niños en mercados desordenados aquí; nombres requeridos con voces procelosas allá, en tiendas abandonadas, y calles abarrotadas; correteos incesantes inundando la ciudad, torpes y estúpidos, de ciudadanos que intentanan huír en un ultimo achaque de canguelo; carruajes que partían prestos sin mirar si alguien había por en medio de las calles adoquinadas.
   Todo fue un caos secundado de las feroces envestidas de los ejércitos enfrentados.
   El jinete dejó atrás todo eso y ella aún volvió la cabeza una vez más, viendo con lágrimas en los ojos las columnas de humo a lo lejos y las sombras del ingente ejército enemigo desplegado en el valle, a las puertas de su propia ciudad.
   Se metieron en un camino pedregoso y por él discurrieron en silencio, a la tenue luz de un atardecer fenecido. Hiceron falta muchos giros en caminos que se bifurcaban entre campos de granados, higueras y limoneros para llegar a la entrada al palacio escondido del emir Abdul Razak.
   Un hombre arrastraba unas hojas secas con un rastrillo en la entrada del arco encalado y techado de teja roja. Las plantas aromaticas y arboles frutales aparecieron de pronto al cruzar un estrecho camino y desembocar en el patio del palacio.
   -¡Alonso! -gritó la mujer al extranjero que cuidaba el jardín lozano de la casa.
   El hombre vestido con una túnica vieja y deslucida y botas llenas de barro seco dejó el rastrillo a un lado, con los ojos claros desorbitados y se lanzó al camino con paso inquieto, circunspecto.
   -¿Falandi? -preguntó a la nada, tímidamente, mientras un fuerte nudo en la garganta le aprisionaba las palabras.
   El jinete entró bajo el arco con demasiado fervor y eso lo inquietó. Sabía de la batalla que se libraba en el valle y con la llegada imprevista de la hija del emir al palacio comprendió que el peor de los destinos estaba cayendo sobre ellos, escondiendo el teniente a su única hija en el último refugio al que podía acudir.
   Pierden la batalla, se dijo.
   Pero no le importó. Ella estaba allí con él.
   -¡Alonso!
   Él no pudo decir nada mientras ella saltaba del caballo a sus brazos.
   El emisario los miró inquisitivo y frío mientras el caballo se revolvía, sintiendo aún el fervor de la batalla a las calcas.
   Nada dijo. Solo silencio hubo pese a estar viendo como la hija del emir, prometida con uno de sus alcaides de rango se besaba con un infiel reconvertido de la misma impureza que aquellos que los asaltaban.
   Y en su mirada fría hubo indecisión, una duda fugaz que pronto terminó.
   -Cuida de ella -le dijo desenvainando su alfanje -o yo mismo te arrancaré la cabeza.
   Alonso le mantuvo la mirada serena y firme. Ecuánime, igualmente. Y en esa mirada de respuesta el caballero vio una fortaleza sin fisuras. Así que se conminó a ella, rezando a los dioses.
   -Debo volver a la batalla -dijo sin más -. Ha sido un placer serviros, mi señora.
   Y se marchó vehemente con una mirada febril de locura de soldado fiel y más aun fieles sus honores bajo la espada que enarbolaba sobre la cabeza, como llamando a gritos al diablo para impresionarlo.
   Ellos aún se quedaron mirando el valor del caballero desapareciendo entre la polvareda, bajo el arco y los árboles frutales antes de girar la curva, y dejarlos allí, solos, unidos.
   -Mi amor -empezó ella, cogiendo sus manos curtidas por el duro trabajo -¿qué haremos?, ¿qué pasará cuando vengan?
   -Pasará lo que pasa siempre, querida -respondió con su acento.
   Ella no entendió pero se abrazó a él y se perdió en su pecho, sus ojos bañados en lágrimas, sollozos en la garganta, amortiguados por sus caricias y su compostura.
   -Tranquila, shh, tranquila. No pasará nada, amor mío.
   Así estuvieron abrazados mientras la noche se les echaba encima, y ya se advertían las primeras estrellas prematuras en el cielo entre el claro de agujas de pino. Y ante el lejano tumulto incipiente que llegó a sus oídos, dijo Alonso:
   -Vamos, entremos adentro. Aquí hay... demasiado ruido.
   Ella se dejó llevar, extrañada, por su mano. Se dejó arrastrar por el pasillo a la derecha del arco hacia abajo, siguiendo el camino de piedras blancas hasta la verja. Abrió el grueso candado con esfuerzo y la puerta después con mucho quejido de bisagras.
   De pronto se hallaron alejados de todo mal en aquel mágico vergel de flores y plantas, laberintos de setos y fuentes y estanques con patos, cisnes y somorgujos. Se sintieron en casa, en una casa solitaria y de belleza incalculable. Caminaron entre los pasillos del jardín bajo la atenta mirada de estatuas de granito y mármol, abrazados, ella aún abstraida, él cuidadoso con sus plantas, mirándolas con un amor propio de jardineros. Se metieron en un pasillo entre bambúes jóvenes que empezaban a mostrar su lozanía, caminaron por el estrecho pasillo que llevaba a un bonito cenador de madera de álamo rodeado de grosellas, rosas y orquídeas que no hacía mucho que había regado, cuidadoso.
   -¿Qué pasará ahora, Alonso?, ¿qué nos ocurrirá?
   -Shhh, no hables de eso ahora, no escuches los gritos ni los lloros lejanos, escucha mejor el arrullo del agua de las fuentes, escucha a los vecejos y verderones que cantan... a los jilgueros y torcaces...
   -Pero si ya no cantan...
   -Shhh -le cortó, deteniéndose de pronto muy serio, cruzándole el índice en sus labios. La cogió después por la cerviz con dulzura y le plantó un beso frente a los avellanos, almecinos y naranjos.
   Ella calló y se sumergió en el beso, olvidando por un instante todo lo demás.
   Pero aún escuchaba los gritos y la agonía de afuera, allá a lo lejos donde batallaba su padre y su ejército, sus conocidos y amigos, luchando por unas tierras que no eran suyas y que estaba escrito en el destino, que acabarían perdiendo.
   -Vamos -insistió él, separándose despacio de su boca, haciéndola suspirar, ansiosa. Sonrió pícaro y volvió a tirar de su mano con determinación, haciendo caso omiso del mal, el mal que se cernía sobre todas las cosas.
   -¿Escuchas el agua, amor mío, el agua del estanque que baña a cisnes y patos?
   -Lo escucho -mintió, intentando seguir el juego entre tanta crueldad de aquella suerte incierta.
   -¿Escuchas los pájaros cantar y los grillos y chicharras rabiar?
   -Sí... -sonrió, presa de aquella magia forzada -lo escucho.
   Y avanzaron por el jardín hacia el soportal adovelado de la cocina alargada y las primeras habitaciones anexas al patio central. Subieron unas estrechas escaleras y ya el mal se extinguió. Ya no escucharon las angustias grises ni los sonidos funestos de tragedia y maldad, ya no sentían la presión en el pecho de lo que se avecinaría en un futuro próximo. Estaban en casa, alejados del dolor.
   Por las escaleras aún miró por la ventana hacia las columnas de humo del horizonte, antes de perder el contacto con el mundo.
   Subieron hasta una cálida habitación suntuosa tapizada de alfombras afelpadas con olor a jazmín. Alonso no había entrado jamás allí y pudo apreciar las molduras lujosamente laboreadas y las celosías del vano de la ventana; de los lujosos bordados de brocado de las alfombras kilim en las paredes y los cojines en el suelo. Era una cámara pequeña que sabía, al menos, que su ventana miraba al oeste, al otro extremo de la batalla que se les llevaba la esperanza.
   Pero no a ellos, pensó.
   Había en una mesita una lámpara de aceite encendida y, tras cerrar la puerta y anclarla, se sentaron apretujados sobre los cojines, al lado de la ventana. Se abrazaron a la luz que dejaban los huecos de madera calada del vano, y quedaron en silencio.
   En un silencio cómplice que callaba y decía mucho.
   Él no podía dejar de mirarla: Sus cabellos negros como boca de sorna, sus ojos oscuros, rasgados, matizados con kohol negro, su piel natural atezada y sus labios voluptuosos.
   -¿Qué ha de pasar ahora, Alonso? -preguntó esperando de veras encontrar en sus palabras una respuesta que los sacara de allí, que todo lo solucionase y que nadie tuviese que morir. Pero muchos morirían aquella tarde. Muchos acabarían su vida en esa misma noche, crepúsculo de un viaje por la vida que llegaba a su fin.
   Sin embargo él sonrió, le apartó un mechón de cabello del rostro y le acarició el lóbulo de la oreja, la linea de la quijada, la barbilla y los labios, besados sus dedos por ella.
   -Queda amarnos, amor mío -dijo, misterioso.
   Y sucedió que en el temor de la muerte acechante una chispa de insurgencia inició. No había gloria para ellos. Nada era como debía de ser. Viviendo en pecado una vida a medias, de conciliábulos en la noche y gemidos desbocados en esquinas y corredores descuidados habían sucumbido al mal de la lujuria y el quebranto de leyes y preceptos. Él casi un esclavo, ella una esclava al completo, prometida por el bien de la familia a un hombre viejo y pendenciero con delirios de grandeza.
   Ellos ya estaban muertos antes de aquel desatino. Iban a ser condenados, de todos modos.
   -Que alguien se atreva a encontrarnos -dijo- y separar nuestros destinos.
   Y la besó de tal manera que la llama iniciada deflagró en una llamarada sin control.
   ¿Que más daría lo que hubiese afuera, pensaron, si ellos estaban allí dentro, juntos?
   Las armas aceradas desgarraban y hendían, cortaban y mataban, los caballos avanzaban y las tropas eran cercadas. Unos mataban, y otros morían. Pero todos gritaban.
   Y mientras el fuego de la batalla avanzaba, ellos gemían, no se enteraban de nada, desgarraban, como las armas, las ropas con avidez y saña. Ella subió encima de él, él levantó el cuello, aguzó los ojos claros, gimió de placer.
   ¿Y ella? Ella lo olvidó todo, todo lo que existía allá afuera pues, ¿qué más daría, si para ninguno de ellos habría ya amanecer?  
  Ella gritaba <<Alonso>> y él la secundaba: <<Falandi>>, y sus gemidos ensordecedes acallaban gritos de dolor y espadas bebiendo sangre, cerca, muy cerca, ocultando el sonido de pasos de botas cruzando jardines y gritando órdenes en un idioma extraño. Gemidos que acallaban lizas finales y sentencias firmes con estoque y corte, pies que corrían mientras ellos se corrían también y una vez más sonreían al destino con hilaridad, habiéndose enfrentado al miedo. El hierro que siguió resonando cerca y a base de golpes desproporcionados sobre la puerta, también fue acallado, con éxtasis, con fuego de él y ella, con transigencia a lo venidero, antes de que destrozasen la puerta.

4 comentarios:

  1. Me alegro de que hayas encontrado la inspiración, que tan complicada de hallar es en este trabajo. ¡Ojalá tuviéramos la Alhambra o la Mezquita más cerca! Habrá que conformarse con lo que hay por aquí...
    Por otra parte, me gusta la temática de tu texto. Siempre me ha apasionado esta parte de la historia, tiene una magia especial. Espero que tengas suerte con el relato entero.

    Un abrazo,
    Isa Romero Cortijo

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  2. Gracias, Isa, por tu comentario. Estoy deacuerdo contigo: a consecuencia de este tira y afloja entre moros y cristianos ha quedado plasmado por nuestra tierra la belleza de ambos, tan diferentes unos de otros. Me parece muy emocionante y mágico, como tú dices, apreciar su arte, de unos y otros. Es una historia apasionante, sin duda, y complicada la nuestra. Un saludo. De nuevo gracias.

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  3. Buenas tardes David, acabo de leer tu relato, me ha gustado mucho sinceramente, la pasión de ambos,el deseo de permanecer juntos hasta el último instante intercambiando su amor, su lujuria apasionada. Me ha hecho pensar en que en brazos de la persona que amas puedes evadirte de la realidad, olvidar las penas y sentirte viva y feliz, no hay fin, el fin no existe cuando el amor es eterno. Gracias por esta bonita historia de amantes intrépidos. Un beso y sigue escribiendo yo te seguiré leyendo.

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    1. Como te agradezco que hayas captado la matriz de la historia, aun siendo tan corta, y que lo hayas hecho con esa calma de lectora apasionada y esa vista de escritora ardiente. Gracias por hacer merecedor a mi relato de tu tiempo.

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