domingo, 29 de septiembre de 2013

Relato corto: El secreto de la abuela

   —Llalla, ¿a que no existen los monstruos?
   La anciana calla mientras el nieto la mira. Y su risa forzada dice mucho, obcecada en su pasado.
   ¿Por qué?, se pregunta arrebujada en su llanto. Por sus hijos, claro. Sólo por ellos podría aguantar tantos años de tribulaciones. Pero tras más de treinta años una vez más mira al pasado viendo a sus hijos hechos hombres cada uno por su lado. Una vez más se pregunta por qué.
   Desprecios, insultos, menosprecios; desdén, desidias, infundios, injurias malévolas, menoscabos acentuados de dignidad, casi de humanidad; miembros contusos, feos cardenales y más feas palabras impostadas como dagas candentes. Mierda de vida. ¿Por qué?, se pregunta tras treinta años desmadejados.
   Porque no vales nada sin mí, le dijo él una vez. Y era cierto. No valía nada pues, en el temor que siempre le infundió cada regreso a casa, cada palabra subida de tono, cada mirada despuntada un tanto, ella siempre claudicó. Siempre cedió a los designios de aquel hombre. Siempre le dejó vencer. Por sus hijos, claro. O peor, quizás, temiendo que todos aquellos años hubiese aguantado por ese verdadero amor tan atado al dolor que tanto se comentaba, de puertas para afuera. 
   Se acabó acostumbrando, por lo visto, y continuó su vida paradigmática que se esperaba de una mujer como ella, con hijos. Ése era su destino: una hipoteca, sacar adelante su casa, aguantar al hijodeputa de su marido, echar comida al perro, y callar.
   Por qué.
   Tras treinta años de aguantar y sentir la vejez llamando a la puerta de su reino de dolor, atrapada en aquellas paredes húmedas de llanto y desesperación, aún tuvo un anhelo como una ilusión por escapar de allí y rehacer su vida en otra parte, con otra gente que la amase y enjugase sus lágrimas con besos, que calmase sus temblores con caricias, que la escuchase y la arropase con genuinos abrazos. Aquella respuesta que tanto la había amarrado a su presente aciago, se tornaba ahora turbulenta, de exiguo fuste, como una broma cruel del destino.
   Por sus hijos, se había estado diciendo; aquellos que le ataron a ese presente de mal cariz, aquellos que también sufrieron el golpe y el látigo, el dolor físico y moral de un infeliz inhumano.
   Paradoja del destino, pensó, cuando aquel látigo tan poderoso acabó por extenderse en perfecta sincronía, años después, de la mano de sus hijos que la hicieron aguantar en el pasado. Fue desatinada su elección de dejarse llevar, de no luchar, si es que algún día realmente la hubo, pues esa elección la hundió más aún en el dolor, cuando el Mal del padre encarnó en el hijo y en su mirada de desgracia e infelicidad tan entreverada a la violencia y la ira.
   Mierda de vida, se dijo mirando atrás, con la mirada perdida en su pasado, en sus afanes insatisfechos que ya nunca volverían, infectados por el Mal que la encontró de la manera más vil que pudo hallar: mediante el amor insidioso con buena apostura, que aún tenía, con el tiempo, mucho por mostrar.
   —Sí, querido. Sí que existen —contesta, sombría, al candor de su nieto —. Ya lo creo que existen.

martes, 24 de septiembre de 2013

Monóvar de siempre

   Los mismos coches. La misma gente. Debieron de poner las calles pronto, presto y exactamente iguales, incluyendo el conjunto de los del bar y los de los bancos que parece que se los llevaron con el asfalto, y los pusieron de nuevo tras el relente.
   El pueblo despierta.
   El gran pequeño Monóvar: tedioso pueblo acogedor, denso, plomizo, arraigado, desvergonzado y eterno paraje de los de siempre, de los de: «quiero irme fuera a vivir» que acaban por decir: «qué bien se estaba allí, en mi pueblo, con mi gente»
   Ya sabéis: ese tipo de pueblos que nadie comprende pero que algo tiene.
   Es por la mañana cuando me dejo caer por el lado oeste que llega en declive desde una pendiente pronunciada, protegida por uno de esos radares fijos. Ese que hace levantar el pie, siempre.
   Aquí todo es «siempre» en esta rutina de pueblo.
   A estas horas de la mañana no se puede esperar que nadie sonría, desde luego, pero cuánta melancolía hay en sus caras, igual que en la mía, seguramente, me digo mientras piso llano por entre las rotondas de acceso con olivos o hileras de palmeras, como barbacanas de entrada a un castillo. Por suerte hay un atajo por la calle Mayor que lleva al antiguo convento y al mercado por calles estrechas y concurridas de caras largas, para evitar la avenida de la Ronda Constitución y sus semáforos desesperantes con patrón de turno triple, o cuádruple.
   A mi izquierda queda un bar con la misma mirada repetida como en un circuito cerrado diario de los mismos hombres. No saludan, claro, para eso sería necesario poner mucha tierra de por medio. Encontrártelos en Puntacana, como poco. Pero sí siguen el coche con la mirada como si no me tuviesen más aborrecido que yo a ellos. Más allá calcorrean los pasos de los peatones de siempre: señoras asidas a las cinchas de sus bolsos como estribos de carruaje y un cigarrillo en la mano; hombres con bolsas y bocadillos de ignotos ingredientes, también fumando; estudiantes apresurados por llegar a clase con la pantalla de los móviles abstrayendo su atención. Sobra decir que fumando, no voy a meterme.
   Qué peligrosos eran los mp3, decían, para los chavales por la calle. Casi mejor que andar tecleando por el whatsapp o el twitter mientras caminan.
   Callejeando, digo, calle Sant Joan abajo entre cafeterías con terrazas que abren ahora y panaderías que ya llevan faena desde la madrugada. Tan puntual el de los ciegos, saluda amablemente en la esquina con la avenida de la Comunidad Valenciana, el hombre, con su simpatía arraigada, arrecie el frío o el relente, la calina o la "basca", como decimos aquí. Que no le quiten el puesto estratégico, vamos.
   Al girar por la calle Maestre Don Joaquín y enfilar calle abajo ya con demasiado sueño para estas calles tan estrechas, paso por la Casa de Cultura y su patio de mármol pulido circundado de pilares que se asienta en el declive de la calle con escaleras adaptándose al terreno, frente a la calle Azorín. Ya pocos prestan atención a este lugar obsoleto desde la era digital, aunque de sentimientos arraigados para algunos.
   El pueblo despierta, como narraba, mientras llego a mi piso arrendado con ansias de cama, preso de mi ciclo nocturno, mientras se llena de vida la puerta del colegio solariego Cervantes a la sombra de los pinos bicentenarios y las falsas pimientas tras la verja pintada de carmesí; mientras abren la carnicería y el supermercado, y se monta una buena algarabía.
   Desde esa calle con nombre Pare Juan Rico, se advierte la colina entre edificios modernos que domina el pueblo, en lo alto, despuntando sobre ella el castillo en ruinas. No debe de ser casualidad, me digo, que me trasladase a esta calle con vistas al medievo deprimente, pues de ese muro, vestigio de un antiguo castillo medieval, fue señor el infante Don Juan Manuel de Castilla, hermano de Alfonso el Sabio. Y no sólo fue un poderoso político y guerrero, sino que fue un gran escritor de prosa castellana y representativo de la ficción, con su libro "El conde Lucanor". Le imagino allí, en las almenas de la torre del homenaje mirando la villa y a las calles con casas de adobe, piedra y madera, transitadas de caballos y carros. Le imagino apoyado en la piedra mirando a esta rúa en concreto, quizás, buscando las palabras que contestaran con acierto la pregunta del conde Lucanor a su consejero Patronio, bailando en su mente las letras, con mirada ausente, acariciándose la barba, intentando dar atino a su prosa. Quizás, digo, puesto que fue señor de muchas tierras además de estas.
   Ahora sólo queda un muro del castillo: unas ruinas, y ningún recuerdo.
   Ahora les toca escribir a otros, le dije desde la calle el día que me trasladé, bagaje en mano, a nuestro antiguo señor de la villa de hace más de seiscientos años, que sobre la torre del homenaje miró solemne hacia las calles de Monóvar, la Monóvar de siempre.

domingo, 15 de septiembre de 2013

El orgullo de la paloma

   Recuerdo aquel momento de hace ya más de un año. Aquella conversación que más se asemejaba a un monólogo que a un diálogo, por ser tan interesante. Yo sólo escuchaba.
   Era una de aquellas sombras de recuerdo de hombres con muchas anécdotas a la espalda que cuentan a las generaciones de jóvenes como yo, como narradores de historias, cómo fue esto o lo otro.
   Recuerdo aquel coloquio bajo un sol de condena a la sombra de una marquesina de chapa galvanizada. Había colgado boca abajo un jabalí muerto mientras un hombre de baja estatura me hablaba, goteando aún la sangre sobre una lona de plástico. Con su navaja «de toa la vida» , como él la llamaba —una de aquellas navajas de un solo filo extraíbles con mango de palisandro desgastado y rallado —, cortaba la gruesa piel del animal con la habilidad de quien está habituado a ello.
   El destino y sus intrincadas vicisitudes acabaron por llevarme allí, a aquel momento con aquel hombre de campo de acento cerrado de aldea o de caserío, como mucho. De La Romana o La Romaneta o algún paraje de aquellos medio deshabitados entre colinas y sierras secas y peladas.
   Antonio, se llamaba.
   Un hombre común; un nombre común.
   Una vida trivial, superficial, aquella.
   Sin embargo, tengo muy metido en la mente aquella reminiscencia, indeleble, que he querido plasmar ésta noche para que quede constancia de ello.
   —Eres cazador, ¿verdad, Antonio? —inferí mientras lo vi cortar con primor la carne del solomillo tras explicarme lo buena, aunque de sabor fuerte, era esa carne, y que a su señora no le hacía demasiada gracia por el pronunciado sabor que tenía, a diferencia de la del cerdo.
   Encargado de cantera de mármol desde sabe quién cuantos años, Antonio tuvo tiempo de atezarse la piel en los días largos bajo el sol. Un mostacho tupido y entrecano escondía su labio superior; su cabello era escaso en la coronilla y pertinaz a los lados, y ello lo escondía con una gorra polvorienta y raída que esa sí que debía de ser «de toa la vida», pero de cuando las primeras gorras del mundo.
   Un clásico.
   La solera bucólica y rústica de estas sierras del interior. Y conociendo referencias y buenas palabras sobre él, tenía —y tengo —buen concepto de ese hombre: honesto y falto de maldad.
   Es por eso que la historia sobre él mismo que me contó me afectó y nunca dudé de su veracidad, aunque se acercaba más al relato fantástico que a la realidad.
   —Hace años que no cazo —dijo con su habla acelerada que a veces se tornaba incomprensible. Algo muy común por allí —. Me tiré más de veinte años cazando —prosiguió sin dejar de cortar la carne mientras mordisqueaba una rama de mijera, o segaisa, como él la llamaba, entre los labios —y me pasó una cosa que, desde entonces, ya no me dejó volver a matar a un animal.
   Lo decía con el semblante serio, los aires de campero y el metro sesenta y pico que mediría, muy solemne él, perdiendo un instante los ojos en sus recuerdos arraigados que, como a mí en ese momento, le afectaron sobremanera, aunque en grado superior. Limpió la sangre de la navaja en un trapo de lino que no relucía de limpieza, pero que cumplió su función, pasando el cuchillo a un lado y otro de la hoja como un carnicero. Me miró con esos ojos negros muy juntos y pequeños, y continuó:
   —Voy y mato un torcaz con la escopeta, «bang» —y lo contó no sin ademanes que hacían seguir la trayectoria de un arma de cartuchos y ánima lisa, imaginaria —, cae el torcaz al suelo y voy pallá a recoger la pieza. Y cuando la veo allí en el suelo me se planta otra paloma delante —aguzó los labios y perdió la mirada en el suelo como si las tuviese a ambas allí: una con el buche abierto y los órganos desparramados y la otra plantada con coraje delante —hincha el pecho y me mira como diciendo: si quieres coger a mi amiga, vas a tener me matarme a mí también.
   Yo asentí abstraído y a él se le quebró la voz mientras lo contaba, muy sentido. Arrepentido, casi.
   —Y no la cogí —acabó por decir, volviendo a hender su navaja en la carne roja del jabalí que paradójicamente pendía con los colmillos ensangrentados mientras hablaba el campero sobre el último cadáver que provocó antiguamente su mano —. Las dejé allí y ya no volví a coger una escopeta. Ahora cazan otros, y yo como.
   No imagino una nobleza tan grande en un animal tan pequeño. Pero aquel hombre y aquel momento me hicieron pensar mucho. Quién sabe qué fue lo que hizo plantarse allí al pájaro, tan altivo y poderoso. Quién sabe por qué no huyó como otros, cuando escuchó el disparo.
   Quién sabe, si quiera, si aquello fue real. Sin duda se lo contó a la persona indicada, pues me gusta escuchar las historias que algunos individuos tiene para contar. Me enorgullezco de creer que sí: que aquello ocurrió de verdad. Confié en su palabra y en la honradez y moralidad que tras el suceso extraordinario le hizo guardar para siempre el arma de caza en el armero.
   Confío, de hecho, en que aquella paloma con valor inusitado existió por algunos años más tras el suceso, y miró y surcó el cielo sobre nuestras cabezas mirándonos soberbia y presuntuosamente, cagándonos encima y diciéndonos desde los pasillos de viento, ingenuamente: una vez os vencí, taimados animales, asesinos hijos de puta. Y volvería a hacerlo.