jueves, 17 de octubre de 2013

El placer del sufrimiento

   Inhalación. Repetición. Exhalación.
   «No sé cómo te gusta el gimnasio», recuerda.
   Tensa los músculos como atelajes de tiro, infla los carrillos, expulsa el aire con brío y energía. El rostro, bermejo y contraído, es surcado por arroyuelos de sudor a causa de un esfuerzo desmesurado.
   Cuando levanta la barra de hierro pavonado, nota como el cuero de los guantes se agarra al tramo raticular. Siente el peso de los discos en los brazos, padece su gravedad. Se mira en el espejo.
   Resuella, descansa brevemente. Y otra vez: inhalación, repetición, exhalación. Doce, nada menos.
   Joder.
   El bíceps, congestionado, muestra su mayor volumen reflejado en el azogue del espejo y eso le alienta. «¡Vamos», gritan en el gimnasio. «¡Ahí estás!». El entrenador le mira impasible, asiente, susurra unos ánimos que le inyectan una precisa fuerza moral.
   «Ocho», abre la boca y enseña los dientes a su reflejo. «Nueve», le falla el vigor, pero sigue, siempre sigue. «Diez» , siente la quemazón en los brazos tan candentes, lustrosos los visos en el sudor por las luces. «Once», gruñe, rabioso, gorgotea, suelta un súbito grito que le da las últimas fuerzas.
   El monitor, un jayán bien laboreado, consciente de todo cuanto le acontece en los músculos, le echa una mano y le levanta la barra muy suavemente. Le apremia de nuevo para la última repetición. La más jodida, la que más requiere.
   Acaba la serie y deja caer la barra con languidez en los brazos, suspira, lleva los puños a las caderas de manera displicente.
   Una serie. Sólo una serie. Qué agotador. Cuánto sufrimiento. Pero sonríe torcido a su reflejo en el espejo, tributo y lisonja para tan conturbado instante de tormento.
   Se siente estupendamente, sin embargo. Vivaz, fortalecido.
   A su lado otro gime en una máquina de poleas, la toalla en torno a su cuello, y al lado de éste otro respira con cadencia encogiéndose en reiteradas abdominales, frenéticas. Más allá alguien hace una pronunciada genuflexión con elevado suplicio.
   Todos padecen la quemazón.
   «No sé cómo te gusta el gimnasio»
   Y tú qué sabrás, se dice, mirando como aquí y allá todos sufren. Sufren terriblemente pero siguen. Siempre siguen. Pues en el sufrimiento encuentran la paz, el sosiego e hilaridad cuando dejan caer los hombros en la ducha, relajados y rendidos.
   Cuán infravalorada es esta cultura, casi filosofía con nombre propio.
   ¿Qué coño sabrán?

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