jueves, 31 de octubre de 2013

Relato de Halloween: La noche de la luna roja

   Corría enloquecido. Tenía la respiración desatada entre sibilancias raucas como el berrido de un jabalí.
   Volvió el rostro y sus ojos espejearon. Nada le seguía, sin embargo, pero corría por el falso sendero entre las viñas jaspeadas por una luna roja. La arena arada le atrapaba los pies y lo entorpecía, haciendo cada paso inestable en una carrera casi cómica. Pero su rostro mostraba una mirada febril, trastornada, enloquecida.
   ¿Qué hacéis vos en mi morada?
   ¿Acaso no sabéis quién soy?
   ¡Soy el dueño y señor de esta casa!
   Tastabilló el paso, se le aceleró el corazón, cayó al suelo de bruces, contra una piedra suelta.
   ¿Y quién soy yo, sino el dueño, quién mi familia?
   ¡Muertos, muertos, muertos!
   Se le ennegreció la vista en el suelo, regando de sangre la piedra, la tierra, la vid en sazón veteada por una luna roja.
   Extraña noche, pensó, antes de desvanecerse.



   -Vamos a ver, tío, vas a contarle al alcalde todo lo que ha ocurrido en esa casa del infierno. Eh, vamos, tío, ¡vamos, vamos!, te quiero aquí conmigo -el hombre sentado de lado sobre la mesa taraceada del alcalde, chasqueó los dedos frente al rostro del hombre atado a una silla. Éste no reaccionó al estímulo. Así que recibió un puñetazo en el pómulo. Tampoco obtuvo respuesta.
   -Hijodeputa -se abalanzó sobre la silla con virulencia, detuvo su rostro a tan sólo un palmo del suyo. Del vuelo del gabán de cuero, relampagueó el armazón pavonado de un revolver del 38 -. Más te vale reaccionar pues esta no es una visita oficial, ¿me comprendes? Te partiré las piernas y hasta la crisma como no cantes como un puto jilguero.
   El hombre atado a la silla, no torció el gesto ni un ápice, perdida la mirada en algún lugar lejano que salía de aquellas paredes de madera. Su mirada continuaba febril, el rostro surcado de arañazos bajo la barba, las cejas con restos de tierra y sangre seca.
   -Déjalo, Álvaro -dijo el otro hombre que había en la cámara, sentado en una silla de enea -. No vale la pena. Bah, este es otro desgraciao de ésos que se pone a recrear escenitas para dar miedo, o intentarlo.
   -¿A qué te refieres? -Álvaro, sin apartar la vista del cautivo, se pasó el dorso de la mano por la boca y la barba que le daba un aspecto sucio y descuidado -. Es noche de Halloween y los colgaos estos se ponen a matar para que cunda el pánico -dijo indolente, las manos en los bolsillos de un sobretodo pardo en el que se arrebujaba, con la apariencia de intentar dormir-. Es un puto asesino, un sicópata, un pirao, y ya está. No es el primero que vemos ni será el último.
   -Si fuera un puto asesino, y ya está, el alcalde no lo hubiese ocultado aquí cuando ahí fuera piden su cabeza a gritos. Quiere despellejarlo él mismo. Es un hijodeputa, y va a pagar.
   Volvió a golpearle. Le escupió e injurió terriblemente sin obtener respuesta del hombre aciago. Ésto enfureció aún más a Álvaro, que paseaba por el despacho hincando los tacones de las botas con desesperación.
   El bullicio de afuera traspasó los cristales de las ventanas. La gente pedía sangre en las calles.
   -¿Es que no tienen bastante con la sangre de las víctimas? -señaló al preso con un ligero ademán de la cabeza -Bastante sangre se ha vertido ya por esta noche, joder.
   Unos pasos irrumpieron en la habitación. Quedaron en silencio mirando a la puerta.
   Cuando el alcalde entró, Álvaro se apartó del hombre sucio unos pasos, se irguió con las manos en la espalda, esperó. También su compañero se levantó con presteza y se plantó como un militar esperando órdenes del superior.
   Sólo entonces el acusado de asesinato volvió el rostro.
   Había conocido durante el transcurso de su vida a muchos políticos de pueblos y también de grandes ciudades, había visto a regentes de países y miembros de ligas continentales, pero jamás en toda su vida había visto aquel desplante tan extraño. Vestía un traje negro en contraste con su piel pálida. Su rostro era bien proporcionado y sus líneas perfiladas le eran dadas en gracia en un rostro joven. Demasiado joven. Pero su expresión hierática le daba un porte severamente autoritario, el aire místico y sombrío.
   Junto a él, una niña de unos doce años asomó por el umbral ataviada con un vestido de seda azul celeste plisado. Sus cabellos eran casi tan blancos como su piel, y sus ojos de un azul profundo, añil.
   -Salid -dijo el alcalde sin mirar a sus lacayos.
   Álvaro amagó un gesto contradictorio, pero su camarada le propinó un leve codazo en el estomago, tras lo que sonrió, asintió, y ambos se marcharon por la puerta de atrás.
   La cámara era pequeña. Los únicos muebles que la vestían era la mesa, el sitial tras ella, un armario junto a la ventana y la otra silla, donde estaba engrilletado el hombre, tan perturbado.
   Con calma, el alcalde tomó asiento, hincó los codos en la mesa y miró sin afectación alguna al acusado.
   -Elena, tráeme la arqueta y dos vasos.
   Ella desapareció en la otra habitación, haciendo resonar los objetos de cristal que habían tras la puerta.
   -¿Y bien? -comenzó con voz amable, sonriente -. Así que eres el asesino, «el matarife de Halloween», por lo que parece.
   El otro lo miraba aséptico, sin decir nada.
   Hubo un silencio frío. Su hija rebuscaba en la otra habitación. La gente gritaba bulliciosa afuera.
   Tableteó el alcalde con los dedos en la madera de la mesa.
   Silencio. Frías miradas.
   -Vamos, cariño, no tenemos toda la noche -alentó a su hija volviendo el cuello.
   -¿Quieres contarme por qué has matado esta noche a tu familia? -soltó de súbito.
   Silencio por respuesta.
   -Bien, ¿por qué no empezamos por las presentaciones?, mi nombre es Daniel, Don Daniel...
   -Yo no la maté -le cortó con celeridad.
   El alcalde apretó los labios. Su hija volvió a aparecer con una arqueta de madera de estilo antiguo y dos copas de cristal tallado. El padre le sonrió a la hija, y ésta se retiró a un lado, junto a la ventana.
   -¿Cuál es tu nombre, asesino?
   Se le aceleró el pulso.
   -Tus muertos.
   -Encantado, Tusmuertos
   -Roberto. Me llamo Roberto.
   -Ah, Roberto. Me place incluso más -sonrió, tras lo cual abrió la arqueta y de ella sacó un frasquito de vidrio esmaltado con unas runas extrañas inscritas en tinta negra -. Bien, debes saber que estás entre amigos, pues soy un gran apasionado de las historias apasionantes, de veras lo digo. Y esta curiosa manera de matar a la familia propia me resulta inquietante, a la par que intrigante. He visto los cuerpos.
   Abrió el taponcito de corcho. Pronto el aroma de la sustancia llenó la camara.
   -¿Sabes lo que es esto?, ¿no? Bien, te explicaré. Esto es una mezcla de aceite de tejo, opio, ricino y estracto de amaranto, entre otras muchas cosas, algunas venenosas, otras diuréticas, vete tú a saber. Yo no entiendo demasiado. No me malinterpretes, soy un buen cristiano, pero ésto es un brebaje muy caro y muy secreto, es algo pernicioso, créeme, pero me gusta -sonrió. Vertió su contenido en ambas copas de cristal -. Si huelo, podría decirte con atino que aprecio olores ocultos más siniestros si cabe, como la belladona, el estramonio o el euforbio, algunos aromáticos como la lavanda, la equinacea o el brezo. Joder, a saber que porquerías contiene ésto realmente. Algunos expertos incluso dirían que está mezclada con esencia de mandrágora y ortiga. Otros, los más esotéricos, dirían que esta mierda cara posee más de doscientos componentes y muchos de ellos matarían con sólo inhalarlo. Sí, sé lo que estás pensando con esa cara: que soy un loco por creer en pociones de brujas. Pero teniendo en cuenta tu situación, me parece bastante irónico.
   -Yo no he matado a mi familia -repitió, contenido.
   -Quiero creerte. Por eso te brindo ésta oportunidad en vez de entregarte diréctamente. Dime, ¿qué ocurrió?, ¿ummh? Pruébalo, te vendrá bien, puedes confiar en mí. Nada malo te traerá.
   Acercó la copa al extremo de la mesa. Él alargó el brazo, lo tenía suelto. Resonó el hierro de los grilletes en el suelo.
   -¿Cómo lo sabías?
   -Lo sabía. Cuéntame.
   Roberto miró a la hija del alcalde con la sorpresa en los ojos. Sabía que sus manos estaban sueltas y entró allí con su hija sin vacilar. Así que decidió confiar en él. Tomó la copa. Dio un leve tiento. Era un líquido aromático con demasiados sabores entreverados. No tenía buen sabor, era astringente.
   -Yo estaba en mi casa, en el campo, junto a las viñas.
   -¿Y?, ¿qué más?



   Roberto bajó distraido los escalones. Crujió la madera evejecida. La luz incidía en su rostro a tramos mientras bajaba, mostrando una tesitura envejecida, marcadas las ojeras, descarnados los carrillos. Pese a sus treita y nueve años, su rostro era surcado de exuberantes arrugas como si los años se hubiesen cebado con él. Pero aquella noche, aquella que todos llamaban de Halloween se mostró muy extraño, como rejuvenecido, casi, temeroso de la luna llena bañada en sangre que nada bueno presagiaba.
   -¿Ali?, ¿cariño?
   Se había despertado repentinamente y su mujer no se hallaba a su lado. Se sentía embotado, como viviendo un sueño. ¿Dónde coño están todos?
   Al llegar al salón, la chimenea estaba encendida. Pasó extrañado junto a la mesa y se acercó suspicaz a los sillones frente a la lumbre. El eterno cuadro sobre el hogar de uno de sus antepasados lo miraba ceñudo, admonitorio.
   Un escalofrío recorrió su espalda, tragó saliva. Nadie en los sillones, comprobó. Soltó el aire retenido. Volvió el rostro con súbito espasmo. Junto a la puerta había una sombra muy quieta, la silueta extraña de un hombre.
   Quiso preguntar, decir algo, pero hasta su voz le provocaría temor en aquel momento. No hizo falta. La sombra dio un paso, salió como una máquina del contraluz. Lo miró entonces un rostro muerto, con los ojos insufriblemente espantados.
   -¿Qué hacéis vos en mi morada?, ¿acaso no sabéis quién soy? ¡Soy el dueño y señor de esta casa! -gritó el espectro con una voz cavernosa. Se acercaba raudo, rabioso, siniestro.
   Vestía con capa oscura, calzas y casaca con evillas; portaba espada al cinto y una daga como un caballero medieval.
   -¿Quién sois?, ¿quién sois? ¡Esta es mi casa!, ¡es mi casa, largo de aquí!
   Se acercó muy rápido provocando un miedo cerval en Roberto. Y una cosa pudo captar su retina antes de desvanecerse. El rostro espectral se abalanzó sobre él, y cuando estaba a tan sólo unos pasos, vio en él su rostro propio, su gesto, sus ojos, cuando era joven y hermoso con una gracia casi inhumana.
   Y todo fue oscuridad.



   -Después de eso -perdió la mirada con pesadumbre, suspiró, bebió un trago del brebaje que comenzaba a parecerle de buen gusto -, recuerdo despertarme con las manos ensangrentadas... Y vi los cuerpos. Mi mujer, mi hija, mi hijo...
   El alcalde no le quitó ojo, no cambió su expresión indolente ni se dejó afectar. Tampoco su hija que lo escuchaba todo parecía sentirse afectada, mirando como estaba por la ventana hacia la luna, la calle, las casas, tintados de jaspe sus tejados.
   -Corrí como un loco por los campos -negó frenético, lo miró a los ojos, suplicante -. Debes creerme.
   -No creo ni dejo de creer, Roberto. No seré tu verdugo ni tu confesor, seré tu juez, seré justo, pues justicia merecen todos, los más crueles y los menos. Está buena esta mierda cuando le das unos tragos, ¿no crees, Roberto?
   Asintió.
   -El problema son sus efectos secundarios, entiéndeme, ésto no es orujo de yerbas -sonrió, macabro.
   Roberto captó algo con el rabillo del ojo, volvió con espasmo el rostro y la niña lo miraba con una cara asesina, como un espectro. Sólo duró un ínfimo instante. El pulso se le desató como un caballo espoleado, pero la niña seguía mirando a la calle, tan inocente y cándida como antes.
   -¿Qué... me has dado?
   El alcalde se carcajeó sin maldad, como riendo de un chiste malo.
   -¿Qué te he dado? No me hagas reir, es sólo un té frío, aunque con muchas yerbas.
   Otra vez sintió un escalofrío subiendo por la espalda. De un pequeño hueco de la ventana, vio un rostro ensangrentado de mujer mirándolo sádicamente. Su mujer. Y una mano con un cuchillo, o una daga.
   El hombre saltó de la silla, retrocedió. Cuando volvió la vista a la ventana allí no había nadie. Sólo la cándida hija del alcalde mirándolo extrañada.
   -¿Qué le ocurre, papá?
   -Nada, pequeña. Ha bebido demasiado, me parece. Ven, siéntate conmigo.
   -¿Qué ocurre?, ¿qué me está pasando?
   Don Daniel sonrió torcido.
   -¡Borra esa puta sonrisa!, ¿Qué pasa, qué es todo esto?  ¡aprésame de una vez!, ¡mándame a la cárcel!
   Volvió a ver un rostro macabro en un cuadro que lo miraba directamente con maldad. Era el rostro de su hijo. Y un brazo de niña por la ventana con un cuchillo. Cerró los ojos, las manos sobre la cabeza.
   ¿Quién es este hombre?
   ¿Y qué soy yo?
   Un asesino. Un asesino. Un asesino.
   Y unos ojos rojos como la luna.
   -¡No!
   Cuando los abrió de nuevo fue como si despertara de un sueño. El alcalde ya no reía. La hija lo miraba temerosa, abrazada al cuello de su padre. Ya no había rostros extraños ni brazos en las ventanas. No había voces en su cabeza.
   -Siéntate, Roberto -ordenó el Alcalde fríamente.
   -¿Qué está pasando? -preguntó con los ojos en llanto. Volvió a la silla frente al escritorio, se miró las manos. Aún tenía en las uñas sangre seca.
   La niña volvió a apartarse de su padre, aún mirando a Roberto con temor. El alcalde se reclinó en la silla. Expulsó el aire.
   -Algunos llaman a esta noche la noche de Samhaim, la noche de Halloween. Y ella es un portal para los malos espíritus, dicen. Pero yo no creo en espírus. ¿Sabes, Roberto? Llevo tiempo observándote. Hace tres años que llegué a esta ciudad, y lo hice en pos de tu estela. Ésta noche es noche de Halloween, es noche de monstruos, quizás debieras hacer examen de conciencia.
   La niña lo miró a la cara. Le tenía miedo, o lo fingía.
   -¿Puedes ayudarme? -suplicó Roberto, sintiendo el mal que portaba dentro.
   -Puedo. Y lo haré.
   -¿Quién eres tú?
   -Ya lo ves -sonrió con sus dientes blancos, hizo un gesto con las manos -. Soy un hombre del Bien. Y tú, un hombre del Mal. O algo así.
   Entonces hizo una señal a alguien situado detrás.
   Roberto abrió los ojos con mucho aspaviento. La chiquilla no estaba junto a la ventana. De pronto sintió el filo frío de un cuchillo en el gaznate, sintió la comezón del acero hendiendo la carne, bañando el metal con su sangre.
   Y sólo entonces recordó el momento en que él mismo sostuvo de igual forma un cuchillo. No había espectro con capa y espada al que echar la culpa. Aquello sólo era un espejo de sí mismo. Lo entendió, lo comprendió.
   Y lo aceptó mientras moría.
   La niña le tiró del pelo hacia atrás y le miró con profundos ojos azules, vuelto su rostro hacia arriba entre gorgoteos espasmódicos, segado el cuello en una sonrisa de sangre.
   -¿Truco o trato? -preguntó sonriente la niña, destellando sus ojos y dientes de placer.
   -Elenita, joder, te dije que no te manchases el vestido.

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