martes, 15 de abril de 2014

La pulsera del africano


    Mientras se acerca entre la maraña de gente, no digo nada. Solo lo observo detenidamente. Tiene la piel oscura, tostada por el sol de castigo del tortuoso Sahel africano. Va cargado de bagatelas de cuero y madera. Su paso, lívido e inseguro, parece recelar como las gacelas acechadas por la muerte, como si esta jungla de hormigón y asfalto fuera más peligrosa que la de selva tropical de Senegal.
   Entonces se acerca y ofrece sus collares y pulseras. Hay mucha gente, pero nadie lo mira. Sonríe con sus dientes blancos, por costumbre, y dice algo que se pierde entre la algazara común de esta zona abarrotada de terrazas y cafeterías.
   -¿Qué tal estás? -le pregunto.
   De pronto cambia el semblante.
   Responde con acento francés, con palabras lacónicas; dice que está cansado, que le duelen los pies. Después dice que es de la República de Senegal.
   La sombra del recuerdo parece apoderarse de sus ojos negros, y casi olvida el motivo por el que está allí. O eso parece.
   De Senegal.
   Y pienso, admirando aquella tesitura íntegra y casi sonriente, que este hombre subsahariano ha recorrido miles de kilómetros, cruzando Mesopotamia y el desierto del Sahara, para huir del hambre y la guerra y poder estar ahora aquí, en España, viviendo de baratijas que regala a cambio de, como él dice, "la voluntad"; pienso en todo ese camino tortuoso que ha debido de pasar entre mafias que los manejaban a su antojo, el racismo infame que radica en todo el Magreb y que los empuja a la violencia contra ellos, llamándolos "negros" o "esclavos", incluso "africanos", despectivamente, como si ellos no fueran africanos.
   Recordé un comentario que alguien me hizo una vez: "No sé para qué vienen aquí, con lo mal que está el país y la tasa de paro".
   Sin embargo, la crisis financiera mundial ha afectado al ambicioso y desmedido ritmo de vida que la mayoría adquirimos hasta el 2008, cedidos ciegamente y casi por completo a un nimbo de crédito sin control con altas comisiones, intereses y avales por ingentes cantidades de dinero que nadie merecía. No obstante, aquí la policía no violenta a las mujeres en la calle a plena luz del día, no les echan de las casas a patadas y queman sus cosas después; aquí las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado no tira a hombres de coches en marcha, no abandona niños en el bosque a su mala suerte. Aquí no abren fuego y reparten muerte sin discriminación en las manifestaciones y demás injusticias inhumanas que ocurren día tras día en Marruecos por racismo extremo, hostigándolos sin descanso. Estos hombres del sur de África solo huyen de un infierno que no se ganaron entre gobiernos corruptos y falsas democracias alejadas sobremanera de los derechos humanos. Huyen recorriendo miles de kilómetros, sin recursos, mientras, a su paso, los apedrean, los persiguen y discriminan terriblemente, para lograr, tras ello, y con suerte, llegar a la legendaria valla de Melilla, donde los señores ministros Españoles debaten si es lo correcto o no poner cuchillas en la concertina, como si los que saltan fueran animales, en vez de presionar, junto a la UE -teniendo en cuenta la dependencia económica que tiene África de su economía -a los países del continente a mejorar las condiciones de esos derechos humanos, y evitar así, las migraciones en masa.
   Y algunos de estos inmigrantes que buscan una mejor vida en Europa, los que llegan tan lejos, ven cómo mueren hermanos y compañeros, cómo atentan contra sus vidas antes de llegar a la primera valla, y conseguir meterse en el foso, y superar como pueden la sirga tridimensional, pensando en que si vuelven atrás habrán decepcionado a sus familias y no tendrán nada, pensando que si mueren, habrán hecho lo posible por acabar con esa vida que nadie merece.
   Y los que llegan tan lejos escalan la segunda valla mientras la policía marroquí los apalea para que caigan al vacío, mientras la Guardia Civil de nuestro Estado Español observa desde el otro lado a la espera de que crucen para capturarlos y llevarlos de vuelta a su infierno. Mas cruzan la valla. Algunos, solo algunos.
   Y algunos, entre todos esos afortunados, luego mueren ahogados en el estrecho navegando con el corazón en un puño en balsas de juguete.
   -Vinimos en patera -me dice como un niño asustado, olvidadas las pulseras en su mano. Ya no sonríe. Su rostro se muestra lúgubre. Y lo entiendo -. Murieron siete personas.
   Así fue.
   La voluntad, me pedía.
   Le di la voluntad y le estreché la mano. Y le deseé toda la suerte para el futuro.
   Y todavía hay gente que tiene miedo de los pobres, cuando son los ricos y el imparable capitalismo los que crean el infierno para algunos, indolentes, asépticos, faltos de cualquier atisbo de humanidad.
   Mierda de sociedad.