lunes, 23 de noviembre de 2015

El derecho de las hadas

    ¿Dónde están las hadas y los duendes?
    Muertos.
    ¿Dónde están los silfos y los gnomos?
    Muertos.
    ¿Dónde están ojancos, brujos y serpientes?, ¿dónde están los sueños y la magia?
    Muertos. Muertos. Muertos.
    ¿Por qué me quitas mi tesoro?, ¿es la vida lo que dices, la Tierra máquina, la industrialización en aras del progreso, el control de los recursos a cualquier precio?
    Te he entregado mi vida, mi fuerza física, mi forma de vivir, mi manera de pensar, mi forma de actuar. No me quites lo más valioso, por favor, no me quites mi imaginación.
    Me diste una identidad, una nacionalidad, un estatus social, una bandera; trajiste a esta tierra el oro y la plata manchados de sangre, me trajiste el café y el tabaco desde los campos de esclavos, el caucho con la destrucción del Amazonas, el coltán desde el África maltratado para este móvil que tengo entre mis manos, el aceite de palma, los diamantes, el marfil, el petróleo... pero no me dijiste de dónde los sacaste ni de qué manera ni a qué precio, a qué coste, sociedad discorde. Ahora pretendes controlar mi subjetividad.
    No, por favor. No me vendas imágenes salvajes en la televisión ni me pidas que llene mi corazón de odio: yo solo veo niños que mueren asesinados ya sea por yihadismo o por capitalismo con la misma atrocidad, en Oriente y en Occidente, y con ellos veo morir los sueños y la magia, y los silfos y los gnomos y la fantasía y la ilusión.
     ¿Dónde están ahora las hadas y los duendes?
     Te diré un secreto, muy bajito para que nadie lo oiga. No se lo cuentes a nadie: Hay quienes sabemos que aún vive ese mundo de la fantasía, ese espacio libre, místico y mítico de lo no demostrable ni computable por la ciencia ni la razón, un mundo destronado por la religión y luego falseado por la ciencia que persiste aún en el plano de la imaginación. Sí, existe.
     Hay quienes aún creemos en los espíritus del bosque y de la naturaleza.
     Están en la consciencia colectiva, están en la literatura fantástica, en los cuentos infantiles, en la pintura, en la música y hasta bailan por entre los números de la aritmética; están en nuestras emociones y en nuestros sentimientos, en la poesía y en la sonrisa de los niños y en sus cantares. Están en nuestros corazones y a través de ellos podemos ver las cosas de otra manera, podemos vislumbrar cosas maravillosas del mundo sin el tiznar del negro del Odio que ahora nos vendes de una manera tendenciosa, sociedad disonante, maestra de la superchería. Existen, te digo, en nuestros corazones, y son la fuerza que nos impulsa a creer que el mundo está lleno de experiencias por vivir para alcanzar un mayor estado de conciencia personal, y que sí es posible una paz para este agujero negro que se alimenta de sueños, que es la guerra: podría darse con un cambio sistémico que no someta a los pueblos empujándolos a la terrible ira narcisista, se podría, acabando con el secuestro de la "egalité", la "fraternité" y la "liberté" por los países industrialmente desarrollados, espiritualmente decadentes. Igualdad universal, fraternidad para todos, libertad para la autodeterminación de los pueblos. Para todos los pueblos por igual.
    No quiero políticos ni dirigentes que me lleven a una guerra. Otra vez no. No quiero comerciales que me vendan ideologías por las que matar o morir, no quiero basura ideológica que me diga a quién tengo o a quién no tengo que odiar, que me diga quiénes son los buenos y los malos, quiénes los justos y los injustos, quiénes los libertadores y los opresores, quiénes los civilizadores y los bárbaros. No quiero que me enseñen el efecto sin buscar antes la causa. No quiero jugar al juego de la propaganda de guerra, no. Basta ya.
    Hoy quiero reivindicar lo que un día expuso Tolkien en una conferencia en 1939 que llamó "Sobre los cuentos de hadas": él habló de la posibilidad de vivir más allá del oprobio físico inmediato en el que se vive para experimentar la libertad de la imaginación, eso que nace en los niños. Ellos son la base del cambio y del movimiento, de lo mutable del espíritu colectivo que entiende los nuevos tiempos con su imaginación. Ellos son el futuro. Nuestro futuro.
    Que alguien salve a los niños de la venganza de uno y otro bando.
    Que alguien salve la magia que habita en sus corazones.
    No a la guerra.
    ¡No a la guerra!
   
    
    

miércoles, 4 de noviembre de 2015

Un espacio para la juventud

   Sacude la cabeza, cierra los ojos.
   Mientras te meces.
   Los saltos, poseídas las piernas por la música, son inconstantes y desmedidos, y junto a ti los demás chicos, meciéndose como masas de sargazos embriagados por la locura melódica de un acorde mayor, que grita, a su público libre.
     ¿Sabes?, los griegos lo llamaban el lado dionisíaco del alma humana. Así que disfrútalo, disfrutad juntos del concierto de rock hechizando vuestras almas.
   Ey, chico, salta y vuela alto, hasta donde puedas llegar con tus manos, y vuela lejos en la imaginación que habita en tu mente embriagada, embebida de cantos metálicos que ahondan ahora en tu corazón. Escucha la música de tu interior que acompañan los acordes, y no dejes espacio para que nadie te cambie, no permitas que te transformen las voces siseantes de afuera, no consientas que hagan de ti lo que ellos quieren, pues temen lo que representas: la libertad que ellos no tuvieron, la que ellos aún ahora no tienen, porque no pudieron en su momento, porque fueron niños y fueron hombres sin transición, porque cayeron en el sistema de trabajo demasiado jóvenes, porque tuvieron miedo, qué importa eso para tu yo presente.
   Chico, estás cansado de esas voces que sisean; voces que te llaman vago, haragán, y te gritan «¡búscate un trabajo!» Y tú saltas más fuerte, y te arde la sangre, ¡y te quema la piel!
   Y te llaman hippie, heavy, punky o gótico o rastafari o perroflauta o chancli «¿dónde vas así?», y te llaman yipi, bohemio de la vida, rapero... o te dicen choni con total derecho a controlarte, a juzgar tu forma de expresarte y experienciar la vida como más te place, a tu manera, olvidando que eres un individuo, y tú saltas embriagado, muy alto y muy fuerte, en tu concierto de música libre, para reivindicarle al mundo la existencia de tu identidad única, irrepetible, indomable, en tu espacio para la juventud.
   Y siguen murmurando y murmurando.
   En tu mente.
   Y las oyes ocultas tras los bajos que suenan por los altavoces: dicen que eres un nini por ser hijo de la crisis o por cuestionar los sistemas societales de trabajo y la vacua sociedad de consumo que arde, muriendo agonizante presa de su propia indigestión. ¡Crisis! ¡Crisis!
   «¿Por qué saltas? —te dicen, indignadas voces —, ¿por qué no acatas las normas?, ¿por qué no creces de una puta vez —baladran— y te pones a trabajar?, ¿por qué no te dejas de gilipolleces, y abandonas esa conducta inmadura?, ¿por qué no haces lo que es normal? ¡Madura! ¡Madura!»
   Normal.
   "Normal" es el nombre de la prisión, una cárcel para la mente del que se muestra diferente. No hay culpables. No hay víctimas. Solo conducta inconsciente.
   —¿Y mi derecho a elegir? —preguntas entre saltos acompañados de eléctricas guitarras que rabian junto a tu alma errante.
    Y de pronto, como si de un hechizo se tratase, las voces siseantes ya no hablan ni se indignan ni juzgan tu conducta. De pronto ya no presionan tu mente ni ejercen su imposición sobre ti. De pronto no hay concierto ni eléctricas voces. De pronto no hay música.
   De pronto no hay nada.
   Es el momento de elegir tu vida. Sea cual sea.
   Tu vida.


lunes, 12 de octubre de 2015

El día de la Hispanidad

   No, no me siento representado por esto. Que salgan los vocablos panhispánicos, los bonitos refranes, los bailes coloridos, los vínculos culturales del mundo hispano a la calle a desfilar, no las Fuerzas Armadas ni los brillantes galones, en este día no. Así lo siento yo, pues tienen su día para desfilar.
   Este día, 12 de octubre, día de la Hispanidad, representa la llegada de Cristóbal Colón a la Isla de Guananí en 1492, y quizá un enlace social y cultural para la época contemporánea entre pueblos tan diversos; el desfile militar representa, en cambio, para mí, el poder que un día tuvo el imperio español en América, y con él el sometimiento de los pueblos indígenas bajo el yugo de la corona y la esquilmación de sus recursos; hoy, los militares desfilando con toda su grandeza, su valentía, su honor, con toda su importancia y su trascendente tarea para con el estado español, simboliza, a mi pesar, con este desfile, el imperialismo, las matanzas de millones de seres humanos, las conversiones forzadas, la destrucción de culturas, los cientos de barcos cargados de esclavos Africanos llevados a la fuerza a América a trabajar.
   Que salgan los refranes hispanos a bailar, que se vista la Tonantzin, si quiere, de la Guadalupana y Quetzalcoatl, si le place, de Santo Tomás. Que se llenen las calles de cantos, de flores, de colores representativos del pueblo indígena diezmado, que se cante por la gran riqueza cultural del mestizaje. Pero no militares. Hoy no, por favor.
   Para mí no. Hoy es el día, me digo, del respeto por la tragedia histórica, el día de la reconciliación y el perdón con una mirada hacia el pasado.
   No me siento representado, decía, ni siento orgullo ni me lleno de satisfacción al verlos formar con un coste de ochocientos mil euros para nuestras arcas en un día como el de hoy. Y lo escribo claramente, pues no percibo que sea un día digno para celebrar.

jueves, 1 de octubre de 2015

Entrevista con la Muerte

      —Todo comenzó con los fuegos eternos que ardían en la tierra sin que nadie los prendiese —dijo la Muerte —. Yo los puse allí, allí extendí mis ríos de alquitrán bajo la tierra.
      —¿Y después?
      —Después solo tuve que esperar.
      —¿Hasta cuándo?
      —Hasta la modernidad, claro. Hasta que los hombres se dieron cuenta del valor que poseía ese líquido chicloso que llamaron petróleo más allá de la impermeabilización con la brea para los barcos o el encender de lámparas y teas. Después todo fue muy fluido: la Revolución Industrial, el colonialismo imperial, el eurocentrismo, los contratos leoninos de los británicos sobre Irán, la exploración, perforación, explotación, producción y comercialización de los pozos petrolíferos de toda la región a cambio de casi nada; las Guerras Mundiales, el reparto entre ingleses y franceses de Oriente Medio tras la caída del Imperio Turco Otomano, y más tarde, la entrada de los Estados Unidos en defensa de la Libertad y la Democracia, y la Unión Soviética en defensa, a su vez, de la Justicia Social y la Patria de los Trabajadores, y unos y otros favoreciendo dictaduras y alimentando conflictos para extender sus influencias, en detrimento del mundo entero; influencias que fortalecían un bando u otro según en qué circunstancias se plantearan. Y es esa doble moralidad de bandos la que nos han traído inexorablemente a las guerras del ahora en las tierras de Siria e Irak antes llamadas Mesopotamia, donde ardían los fuegos eternos sin que nadie los prendiese. Allá, sobre mis ríos de alquitrán, corrió tanto la sangre y durante tanto tiempo que me hice fuerte y bella, y ansiosa. Y cada vez quería más ¡y más!
      Hubo un silencio breve. La Muerte miró al vacío, absorta en la espesa neblina gris.
      —¿Y entonces? —preguntó el iluso.
      —Entonces hubo muchos muertos. Muerte por todas partes y en nombre de múltiples y contradictorias ideologías, todos creyendo tener la razón sobre sus éticas conductas, y todos tenían razón, pero no encontraron la paz en la tolerancia, quizás; hubo muertes, digo, por el control de los recursos, por el control de las tierras ancestrales y por la justicia y las libertades entre unos y otros pueblos que son uno, en realidad, aunque lo hayan olvidado: un solo pueblo en continua mescolanza, ya sea que se llamasen árabes, turcos, pashtuns sunitas, bengalíes, indios, persas chiítas, libaneses fenicios o cartagineses, judíos sefardíes, judíos ashkenazis, israelíes sionitas, armenios, kurdos, eslavos, germanos, galos, anglos, sajones, anglosajones, godos, visigodos, ostrogodos, tartecios, íberos, ilirios, ligures, franis, vascones, gitanos, húngaros magiares, caucásicos, celtas, celtíberos, normandos, mongoles, egipcios, tuaregs del desierto o beréberes nómadas, bosquimanos de la sabana, bantús, zulús, xhosas, tembús, pondos, bechuanas, shanganes, otentotes, hutus o tutsis o dembeles africanos, o mayas, u olmecas o toltecas o azecas o criollos o incas peruanos o mapuches o guaraníes del mundo brasileño americano... ;y todos siendo un mismo pueblo: la raza humana, destruyéndose a sí misma. Y así siguen, de hecho. A mi favor.
      Suspiró.
      —Pero... ¿Por qué?, ¿por qué?
      —Yo también tengo que alimentarme, ¿sabes? —dijo ella —. Esta es mi ambrosía.
      La Muerte sonrió. Entre la bruma.
      —Entiéndeme. Dios creó el cielo y la tierra, y al hombre. Yo creé el petróleo del Medio Oriente y la plata de México y el Perú y el brillante oro de Australia el negro del Brasil, y las especias de Filipinas y el coltán del África y su diamante y su marfil, y creé el dinero y la discordia, para tentarle, y creé el bronce y el hierro, y el acero y la pólvora para sus armas, y creé los recursos limitados. Yo solo puse las herramientas. Por mi bien. El trabajo lo hicieron ellos, y lo hacen aún. Yo solo me quedo a mirar mientras se matan, y así me alimento, ¿comprendes?
      —Entonces eres la culpable de todo.
      —No has entendido nada —dijo ella, negando sutilmente con la cabeza, y su tono de voz se volvió acre. Y se hizo oneroso el silencio —. Así que —dijo al fin —¿esas son tus últimas palabras, antes de irnos?
      Él asintió, de súbito ensombrecido.
      Y ambos se encaminaron hacia la bruma, y el iluso desapareció por entre ella.
      Para siempre.

#GuerraDeSiria
#NoALaGuerra
#RefugiadosBienvenidos


sábado, 12 de septiembre de 2015

La irreductibilidad del espíritu humano



  Estás cansada. Lo sé.
   Cansada de ese deslucido taller sórdido al que toca volver a coser, mi querida cosedora del cordobán, mi apreciada aparadora del alma.
   Los ojos de los ancestros de Monóvar están en ti, ahora y siempre, observando tu coser mecanizado, tu mirada macilenta pegada a la máquina, tu desasosiego frente al sometimiento de este sector esclavista consentido, ilícito y normalizado por el inconsciente colectivo de este pueblo. Esos ancestros están contigo entre el traqueteo de las máquinas y el golpeteo de los martillos, y sonríen cuando tú sonríes, y se llenan de felicidad cuando te apasionas por tu trabajo. Pero hace tiempo que no sonríen ni se emocionan ni conectan contigo ni sienten paz. Hace tiempo que lloran, ensombrecidos por las conflictivas emociones que hay en ti. "¿Por qué aguantas esto?" Se preguntan entre sollozos sin comprender, embotados, quizás, por los perniciosos gases de la cola emanando por doquier; ¿Por qué?
   Tu inconsciente poderoso es capaz de comprender más allá del entendimiento humano, y sabe, porque lo sabe, que 40 pesetas por cada par (sí, pesetas) no es estipendio digno, ni representativo del valor de tu tiempo, de tus mágicas manos que se deslucen por el tiempo a cambio de nada, un nada cada vez más espeso y patente que viaja con el paso de los años convirtiéndose en frustración.
   ¿Y para qué?
   No seré yo quien juzgue a tu jefe, querida mía, pues no hay culpables para esto, ni tampoco al sistema de trabajo capitalista ni a la Democracia Liberal ni a la Libertad de Mercado, pero si existe un solo taller de aparado ilegal en Monóvar, o en cualquier otro sitio, que se lucra de tus necesidades sin tener que pagar, como otros comerciantes, los debidos impuestos y tributos al Ayuntamiento, y si todos esos ingresos son beneficios íntegros a costa de pagarte tan poco, librándose de imposiciones de seguridad laboral, Sanidad, Hacienda, licencias; y si las ventas son relativamente constantes según qué temporadas, y si este jefe tiene unas ganancias relativamente estables teniendo en cuenta la deflación, entonces la variable que controla el precio de tu sueldo, en una escala nominal, eres tú, sólo tú, porque sólo tú tienes el poder de decidir si coser, o no coser; tú y todas esas aparadoras sometidas a una moderna esclavitud por las cuales hoy quiero reivindicar.
   Reivindicar. Qué preciosa palabra.
   Tienes el poder de reivindicar algo que nadie, jamás, podrá quitarte: la irreductibilidad del espíritu humano, porque hay una grandeza en ti que pareciera que has olvidado, y que se oculta tras tus amargas emociones hacia tu situación. La solución no está afuera, no en los demás, ni siquiera en el Ayuntamiento: está adentro.
   Está en ti.
   La filosofía del Ubuntu guió mucho a Nelson Mandela en su lucha interna, y quiero contarte de ello este día: la esclavitud es un estado mental, pues uno es esclavo del otro en tanto que lo reconoce como su amo, y en el momento en el que ya no reconozca en él una autoridad deja de serlo. Sí: aunque te griten, aunque te echen a la calle, aunque te metan en la cárcel por divergente, aunque te maten... Pero el sometimiento, el reconocimiento del otro como un superior, es solo una opción, una aceptación social que no tienes por qué seguir; esa es la irreductibilidad del espíritu humano.
   En tu mano está quitarte las cadenas que tú misma te has estado poniendo. En tu mano está la elección de, por un lado, aceptar las cosas tal cuál son, sin juicios ni emociones conflictivas que te lleven a lo más profundo y oscuro de tu alma, o la de, por otro lado, reivindicar que no es justa la situación del aparado ilegal, industrial y esclavista de hoy día en este pueblo, sin olvidar que eres tú, tú y todas esas mujeres que han dedicado su vida a esto, y que han envejecido dedicándose a esto, a cambio de nada, quienes coséis.
   Quizá un grito de reivindicación en algún taller haga resonar la conciencia colectiva y algo cambie de una vez, quizá así se vuelva a reír en los talleres.
  A mi madre, la irreductible.
   
  
  

sábado, 1 de agosto de 2015

Un relfejo en el espejo

   No, no digas nada. Sólo escucha. Sólo atiende por una vez lo que tengo que decir. Luego haz lo que quieras.
   No, no estoy en tu contra. Aquí no existen "contras", ni vencedores ni vencidos; no es lo uno o lo otro, yo te hablo de integración.
    Hemos pasado la vida creyendo en quimeras, y en dragones, y en serpientes, y en monstruos que acechan ahí fuera que son capaces de hacernos daño.
   Y no, no pueden. Nadie externo a ti puede hacerte daño. Es solo en función de cómo percibimos las cosas la medida exacta en la que nos hacemos daño, pero es un proceso interno, pues las cosas no son en sí importantes, sino que son importantes porque nosotros le damos importancia. Nadie te puede amargar la vida, nadie te puede atacar, nadie te puede hacer sentir mal, porque el Mal no existe, es solo una creencia para los cuentos, para escritores como nosotros, y todas las creencias limitan nuestra mente.
   Piensa como quieras. Júzgame, desacredítame, vísteme de críticas viscerales alegando las evidencias de un supuesto mundo cruel; pero el Bien y el Mal no son reales. Lo sé. Son solo creencias religiosas que van más allá de las influencias del cristianismo, el islamismo o el judaísmo; fue el zoroastrismo del antiguo pueblo persa el que influyó a estas tres grandes ramas, en donde Zoroastro era el hijo del Bien del dios Ahura Mazda y Ahriman era el hijo del Mal; eran Dios y el Diablo, era el principio de la creencia en lo bueno y lo malo que ha llegado hasta nosotros. Es solo una elección, una forma de vivir. Y yo no quiero participar más de ella, no; para mí no existen cosas buenas ni malas, solo hay experiencias. No te pido que me des la razón. Aquí la razón no tiene cabida.
    Y sí, así es: en juzgar a alguien está implícita esa creencia, implica una emoción conflictiva interna en base a una conducta que previamente condenamos por pensar que es "mala", implica una proyección sutil de nosotros mismos sobre los demás, implica hacerte daño. A ti, solo a ti, pues a nadie más puedes hacer daño.
   No, no te pido que me creas. Te pido que calles, que escuches, y que atiendas a lo que tengo que decir. Por una vez.
   Basta ya.
   Basta de pensar que lo que sucede en nuestra vida no tiene nada que ver con nosotros, de pensar que somos presa de la mala suerte, de la casualidad. Basta de física newtoniana determinista en la que yo no tengo nada que ver con aquello que estoy viviendo. Basta. Ha llegado la hora de tomar una decisión. La decisión de si, por un lado, quieres seguir siendo víctima de tus circunstancias y buscar el culpable fuera de ti, pensando quizás que el vecino es un gilipollas, que la tía esa es una guarra, que mi amigo es un egoísta o que los banqueros y los políticos tienen la culpa de tu mierda de vida, o, por el contrario, de si quieres empezar a ser adulto, y darte cuenta de que en la vida que vives no hay nada, NADA, que no tenga que ver con tus pensamientos, con tus emociones, con tus creencias. Con las tuyas. Las de nadie más.
    Sí, por supuesto que refrendaré lo dicho, ya que eres mi parte racional: Newton ha muerto. Dejémosle ir de una vez. La física cuántica lo asesinó, ya es una realidad. En esta parte de la física de lo infinitamente más pequeño hemos observado que es la conciencia la que modifica la materia, y no al contrario. Y menos mal. Por fin alguien resucita al idealista Immanuel Kant y a su "sujeto" creador del "objeto". Así es: el científico Robert Lanza, el más destacado de nuestra era, ya habla en su libro "Biocentrismo" de que existe una consciencia universal, el campo punto cero, aquello que David Bohm llamaba "orden implicado": ese orden es el campo de las infinitas posibilidades manifestado en ondas de interferencia, y está ahí, en todas partes y en ninguna a la vez, esperando a que un observador, un sujeto, un ser, tome una decisión y haga con su conciencia una realidad colapsando la información. Sí: el "orden explicado".
   Exacto: consciencia es el universo en su infinitud de posibilidades; conciencia soy yo manifestando una posibilidad: mi realidad. ¿Crees que no influyen tus creencias en ese colapso de información?, ¿crees, en tu soberbia, que tus forma de ver el mundo no condiciona la realidad que vives?, ¿crees, pobre inocente, que si piensas que este es un mundo muy difícil vivirás en un mundo fácil?
   No, claro que no. No será un mundo fácil si crees en el sufrimiento, si crees en que la causa de mis males la tienen siempre los demás y yo no tengo nada que ver, y aquí se regocijará Newton en su tumba, y musitará un montón de justificaciones. Y voy a decirte un secreto: si buscas justificaciones a tus creencias, las encontrarás. Pues es tu elección y será de lo más real, y seguirás mirando sombras en la pared encadenado en la caverna de Platón. Y yo estaré de acuerdo con tu elección.
   Duele, ¿verdad?
   No, no quiero escuchar tus penas, sinceramente, porque si las escuchara, y te diese una palmadita en la espalda y te dijese: "pobrecito" estaría reforzando esa realidad, esa creencia en el sufrimiento. Esa es tu elección, no la mía.
    Tienes miedo. Miedo al qué dirán, al cómo se lo tomarán, a qué pensarán tus amigos, tus conocidos, tus familiares, a lo que te pueda pasar en la calle, en la vida, miedo a la carretera, al trabajo, al encargado, al jefe. Te diré otro secreto: ninguno de ellos puede hacerte el más mínimo daño. Pero sí que puedes hacértelo tú a través de lo que percibes de ellos en base a tus miedos. Tu conciencia vive en el estrés por ello y eso se somatiza en tu cuerpo, y se activan los mecanismos de supervivencia. Eso producen diversos efectos si ello se convierte en algo constante: ese sistema vegetativo simpático de nuestro estrés, sostenido en el tiempo, segrega un neurotransmisor en tu cerebro llamada glutamato que, literalmente mata tus neuronas, y además, segrega una hormona en la sangre llamada cortisol que atonta al inquebrantable sistema inmunológico humano; y tus glóbulos blancos, y tus glóbulos rojos, y tus linfocitos y tus polimorfonucleares se vuelven torpes e incapaces de luchar contra bacterias, virus y células tumorales.
    ¿Todavía piensas que algo externo a ti puede hacerte daño?, ¿Todavía quieres seguir jugando a juzgar a los demás?
    Toma tu decisión, mi querido ego. Somos tú y yo, solos, reflejados en el espejo. ¿Vivir en la ilusión, o ver el mundo tal y como es, libre de creencias, libre de limitaciones, libre de juicios?
   Yo ya he elegido: "gnó̱thi seaftón", conócete a ti mismo.
  ¿Qué has elegido tú?
  

domingo, 31 de mayo de 2015

Al pueblo de Rom

   Aún es oscura la noche mientras cantas, criatura de ojos rasgados, de honda mirada, de alma libre. Hay en ti un bello fulgor que clama por salir rompiendo las cadenas de esta condicionante sociedad. A ti te escribo estas palabras, gitano de la raza calé, gitano de España.
   La Sociedad, así: con mayúscula, es sinónimo de civilización tal y como la conocemos, adscrita al postmodernismo filosófico en el que nos hayamos que nos grita a la cara impetuosamente que podemos no tener la razón, que no hay verdades absolutas sino una multiplicidad de ellas según donde uno se plante y se pregunte sobre la realidad.
    Esta sociedad es enemiga de la Libertad en la medida en la que uno se muestra diferente —como decía el ilustrado británico John Stuart Mill —, es opositora del que rompe tabiques entre sus casas para estar junto a los suyos, del que canta en la calle hasta las tantas de la madrugada al abrigo de las estrellas, del que comprende las miradas como expertos psicólogos y vaticina con ellas el futuro, del que conversa con los caballos con mágico talento y los gobierna, del alma errante que vaga sin destino por la Tierra, que no gira en torno a nuestros sistemas de trabajo europeos, que no participa del capitalismo, que no quiere integrarse pues "civilizarse", desde su punto de vista, es vender sus creencias, su cultura, sus tradiciones ancestrales, sus verdades que han arrastrado por medio mundo.
   Al viajero romaní que vino desde la India pasando por Egipto y por los Balcanes, hacia Europa, y fue golpeado allá donde fuere por un millar de prejuicios; al zíngaro que echó raíces como pudo en Hungría, al calé que lo hizo en una España intolerante y llegó para quedarse, y trajo consigo los mágicos relatos y los cantos y los volantes con lunares y las palmas y las guitarras punteadas y los rápidos acordes y los taconeos y el folclore flamenco a través de Flandes; al gitano, alma de España, que es rechazado por las críticas de los civilizados, quiero tenderle hoy la mano para decirle: "yo no voy a juzgarte". E invito a los demás a no hacerlo. Pues en este juego de juzgar a los demás, todos perdemos, y se empobrecen las personas y las sociedades, y las minorías se recluyen en sus costumbres y comienza la dualidad entre el temor y el odio por lo místico e ignoto, y luego los cuentos e hipérboles que justifican los prejuicios, partiendo del que susurran los tiempos sobre que robaron los clavos de Cristo por hojalateros, y luego el de que son brujos y tramposos prestidigitadores, hábiles de la superchería y el engaño.
   Pero aun no se comprende las duras condiciones de vida que ha tenido el antiguo pueblo de Rom por el delito de no encajar en nuestro concepto de sociedad, por tener un código de conducta que no comprendemos. Y la Historia nos cuenta de las continuas deportaciones, persecuciones, apresamientos y crueles masacres contra ellos con total impunidad internacional. Y hay quienes afirman severamente, hoy en día, que es toda ella una etnia de ladrones y son convergentes de lo ilícito, de los excesos, de la promiscuidad, de los vicios más deleznables, que sus costumbres son salvajes, que son intolerantes, que están anquilosados en el pasado...
    Intolerancia. Eso veo precisamente.
    Y siendo cierto que hay quien se aboca a la criminalidad, ¿es esto motivo de crítica o consecuencia directa de quinientos años de hacerlo constante, individual e institucionalmente?
   Yo recluyo esta caza de brujas interna en mi más profunda y custodiada mismidad, en contra de lo que la sociedad hizo de mí para que desarrollase mis recelos, e invito a hacer lo mismo; yo me quedo con los hermosos versos de Federico García Lorca de la Generación del 27 denunciando la injusticia racial contra este pueblo profundo, sabio y libre: el pueblo gitano de nuestra España.
   Y así podré decir a la interperie, desatado de esta serie de antiguos prejuicios, que mi alma es libre también.


sábado, 11 de abril de 2015

El valor del éxito

   La Verdad, aun creyéndola tener asida desde el nacimiento, es algo separado de toda subjetividad. La Verdad, aséptica y ausente, como Dios, tiene la primorosa habilidad de camuflarse tras un velo opaco, un velo que se ha ramificado en infinitos jirones de bruma abstracta y gris. Y cada jirón, cada extremo del manto de neblina no es sino una rendija por la que se llega a vislumbrar una concreta percepción individual, una opinión, un punto de vista insignificante en el imponente mundo de lo real. Entonces, con tantas opiniones dispares, tantas percepciones controvertidas, tantos puntos de vista ajenos unos de otros que esgrimen su verdad como la única Verdad con densos argumentos de autoridad, ¿dónde se esconde la autentica Verdad? ¿Existe? ¿Qué es lo real?: ¿el materialismo?, ¿el idealismo?, ¿el existencialismo, quizás?
    ¿Y qué es aquello que tanto venden, desde ese punto de vista, que llaman "el éxito"? Nadie lo explica y tampoco ninguno llegamos a entender qué es el éxito, pero muchos lo buscamos desesperadamente. ¿Pero qué es?, ¿qué podría ser para cada uno de nosotros?
   ¿Es real lo que nos va calando en el inconsciente, aquello que el más fuerte, —por ser una ley de la naturaleza —, el capitalismo, nos ha inculcado a través de los medios de comunicación, de la presión social, de la educación? ¿Son nuestros sueños, nuestros ideales de éxito, exclusivamente nuestros, o son inculcados por aquello que llamaba Heidegger "la existencia inauténtica"?. ¿Es el éxito ganar mucho dinero, tener un flamante coche, una casa domótica, una vida acomodada en la opulencia lo más visiblemente posible, un viaje excepcional en agosto a Punta Cana, una televisión de plasma, una ducha de hidromasaje, un ordenador de Mac, una mujer con rollizas dotes, un saber que yo tengo y puedo más que otro, un mirar por encima del hombro, un sentirme separado de los demás por el valor de la competencia y el miedo intentando compensarse, un delirante egoísmo sádico de la inacción e indiferencia ante el sufrimiento del vecino, un sentimiento de crítica hacia el prójimo, de subvaloración y engreimiento arrogante hacia el reflejo y proyección de nosotros mismos en los demás?
    ¿Es eso el éxito?
    Eso me pregunto mientras veo a un hombre tirado en la calle. Solo, sucio, triste. Excluido de la sociedad.
    El éxito, me digo, para mí, es poder ver a alguien sin el velo de alguna dudosa verdad, mirarlo a los ojos cuando muy pocos le prestan atención por no tener "éxito" en la vida, por no ser nadie, y reconocer en él las limitaciones, la grandeza, las imperfecciones, la dignidad y la experiencia de eso que tiene de humano, de sabio, de criatura de la tierra con la gracia de poder vivir en ella y de experimentar la libertad de conciencia y de ser, eso que nos hace a ambos humanos.
  

lunes, 16 de marzo de 2015

Sobre política

   El lenguaje. Es ese tamiz por el cuál convergen nuestros pensamientos bañados de emociones, es el intento de expresar lo inexpresable: los sentimientos, las creencias, los ideales. Es ese lenguaje tan acotado, tan imperfecto y, sin embargo, tan necesario, el que ingenuamente creemos dominar, el mismo lenguaje que en realidad nos domina a nosotros, el que impone los confines a la expresión. Como decía Wittgenstein: "los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo". Tomando entonces al lenguaje como una necesidad insoslayable para comunicarnos, me doy cuenta de que somos a veces presas de un engaño, una superchería producida por nuestro inconsciente condicionado por nuestras vivencias pasadas que se consolidan en una complicada maraña de prejuicios.
   Política.
   Es esa palabra tan enigmática...
   Es la controversia en sí, la sospecha, la indignación para la gente.
   Nuestro cerebro ha aprendido a defenderse de ella, a recibirla inquisidoramente, a relacionarla mecánicamente: "política", "engaño", "corrupción", "culpables", "amiguismos", "estafa",
   Pero está luego el idealista del lenguaje que ve en cada palabra lo que hay, su significado más amplio, más allá de los prejuicios, y les busca un sentido denotativo y práctico. Es esa gente a la que admiro. Mi intención no es juzgar a los que se dejan llevar por sus arraigados prejuicios, sino encumbrar a los que no lo hacen. Esa gente que dice "vamos a hacer política", y lo hacen para conseguir llevar a cabo sus ideales, y se juntan a charlar en torno a una causa noble. Política es razonar conjuntamente sobre las relaciones sociales a través del lenguaje, y es hacerlo tomando un café en la cafetería, charlando sentados en el salón junto a la chimenea, esperando en la cola de la carnicería, de la panadería, de la pescadería; política es conversar entre la algarabía del mercado, cambiar percepciones sentados en el banco del parque, en los encontronazos de los cruces entre las calles; política son las conversaciones en las redes sociales, es la parla entre los zapateros y marmolistas almorzando en el bar, es la conversación entre fontaneros, electricistas, los casi extintos encofradores, los debates entre vigilantes de seguridad en los relevos, los intercambios de visiones entre policías, profesores, entre funcionarios del ayuntamiento, entre concejales... Política somos todos porque todos tenemos el poder de cambiar las directrices que nos gobiernan. Lo decía Sócrates en la antigua Grecia, Einstein en Alemania, Krishnamurti en la India y lo pensó Ortega y Gasset en España: para que el mundo cambie, es necesario cambiarse primero a uno mismo. La revolución política, entonces, radica en ese sentimiento, en la toma de conciencia en uno mismo, en no dar nada por sentado, en tomar cartas en el asunto, en no en entregar a otros el poder, sino en formar cada uno de nosotros parte de ese poder; sentimiento que irremediablemente transmitiríamos a nuestros hijos, e iría en ellos inherente una comprensión profunda de qué son en realidad para la sociedad, de la densa responsabilidad que tienen y que tenemos como votantes y de que se acabó, de una vez por todas, ese cliché, insidia del lenguaje, del "yo paso de la política" que nos aparta del conocimiento, de nuestra verdadera posición de fuerza en nuestro pueblo, en nuestra provincia, en nuestra comunidad y en nuestro país, que nos acerca peligrosamente al individualismo y encerramiento interno, y nos aleja del lugar que ocupamos en el orbe como seres humanos sociales de conciencia libre.
    Yo creo en vuestros ideales, Veïns de Monòver.
veinsdemonover.es
  

viernes, 27 de febrero de 2015

Carta de amor

   Hay algo en ti que me cautiva. Algo misterioso, profundo, trascendente, como una energía, un campo magnético o simplemente un Ser que confluye con mi Ser en esta realidad impostada sobre un espacio y un tiempo. ¿Pero qué es?, ¿qué podría ser ese algo trascendental?
   Cuando llegas me siento completo, ilimitado, henchido; cuando te vas, por el contrario, me siento como mediado, pero sé que es mi subjetiva percepción la que me produce esa ilusión. Si busco una respuesta externa a mí, me dicen ingenuamente que eres mi media naranja, pero no es así: mi otra media naranja soy yo mismo, y la tuya eres tú misma, y juntos somos dos seres completos que nos complementamos mutua y armónicamente en nuestro proceso experiencial y conciencial.
   Y entonces, ¿qué es?, ¿qué hay más allá del simple plano emocional y sentimental?
   Los presocráticos griegos llamaron a esa cosa esencial el "arché" o sustancia, e iba más allá de lo material, los tomistas aristotélicos lo llamaron alma, la filosofía moderna y la psicología la llamó el cógito, la experiencia posible, la cosa en sí, el noúmeno o el inconsciente, ¿pero qué ha de ser aquella sustancia, alma o conciencia que nos hace suspirar con la mera presencia o ausencia, aquello que ha traído de cabeza durante milenios a los grandes pensadores de la historia en su uso de la razón?
   Sea lo que sea lo que haya detrás de todo, yo sólo sé que quiero estar contigo, y vivir más de estas experiencias junto a ti, y razonar contigo, y sentir contigo, y pensar contigo. Pensemos el mundo juntos. Y creemos nuestra hermosa realidad subjetiva, solamente para dos.
   Te quiero.