jueves, 1 de octubre de 2015

Entrevista con la Muerte

      —Todo comenzó con los fuegos eternos que ardían en la tierra sin que nadie los prendiese —dijo la Muerte —. Yo los puse allí, allí extendí mis ríos de alquitrán bajo la tierra.
      —¿Y después?
      —Después solo tuve que esperar.
      —¿Hasta cuándo?
      —Hasta la modernidad, claro. Hasta que los hombres se dieron cuenta del valor que poseía ese líquido chicloso que llamaron petróleo más allá de la impermeabilización con la brea para los barcos o el encender de lámparas y teas. Después todo fue muy fluido: la Revolución Industrial, el colonialismo imperial, el eurocentrismo, los contratos leoninos de los británicos sobre Irán, la exploración, perforación, explotación, producción y comercialización de los pozos petrolíferos de toda la región a cambio de casi nada; las Guerras Mundiales, el reparto entre ingleses y franceses de Oriente Medio tras la caída del Imperio Turco Otomano, y más tarde, la entrada de los Estados Unidos en defensa de la Libertad y la Democracia, y la Unión Soviética en defensa, a su vez, de la Justicia Social y la Patria de los Trabajadores, y unos y otros favoreciendo dictaduras y alimentando conflictos para extender sus influencias, en detrimento del mundo entero; influencias que fortalecían un bando u otro según en qué circunstancias se plantearan. Y es esa doble moralidad de bandos la que nos han traído inexorablemente a las guerras del ahora en las tierras de Siria e Irak antes llamadas Mesopotamia, donde ardían los fuegos eternos sin que nadie los prendiese. Allá, sobre mis ríos de alquitrán, corrió tanto la sangre y durante tanto tiempo que me hice fuerte y bella, y ansiosa. Y cada vez quería más ¡y más!
      Hubo un silencio breve. La Muerte miró al vacío, absorta en la espesa neblina gris.
      —¿Y entonces? —preguntó el iluso.
      —Entonces hubo muchos muertos. Muerte por todas partes y en nombre de múltiples y contradictorias ideologías, todos creyendo tener la razón sobre sus éticas conductas, y todos tenían razón, pero no encontraron la paz en la tolerancia, quizás; hubo muertes, digo, por el control de los recursos, por el control de las tierras ancestrales y por la justicia y las libertades entre unos y otros pueblos que son uno, en realidad, aunque lo hayan olvidado: un solo pueblo en continua mescolanza, ya sea que se llamasen árabes, turcos, pashtuns sunitas, bengalíes, indios, persas chiítas, libaneses fenicios o cartagineses, judíos sefardíes, judíos ashkenazis, israelíes sionitas, armenios, kurdos, eslavos, germanos, galos, anglos, sajones, anglosajones, godos, visigodos, ostrogodos, tartecios, íberos, ilirios, ligures, franis, vascones, gitanos, húngaros magiares, caucásicos, celtas, celtíberos, normandos, mongoles, egipcios, tuaregs del desierto o beréberes nómadas, bosquimanos de la sabana, bantús, zulús, xhosas, tembús, pondos, bechuanas, shanganes, otentotes, hutus o tutsis o dembeles africanos, o mayas, u olmecas o toltecas o azecas o criollos o incas peruanos o mapuches o guaraníes del mundo brasileño americano... ;y todos siendo un mismo pueblo: la raza humana, destruyéndose a sí misma. Y así siguen, de hecho. A mi favor.
      Suspiró.
      —Pero... ¿Por qué?, ¿por qué?
      —Yo también tengo que alimentarme, ¿sabes? —dijo ella —. Esta es mi ambrosía.
      La Muerte sonrió. Entre la bruma.
      —Entiéndeme. Dios creó el cielo y la tierra, y al hombre. Yo creé el petróleo del Medio Oriente y la plata de México y el Perú y el brillante oro de Australia el negro del Brasil, y las especias de Filipinas y el coltán del África y su diamante y su marfil, y creé el dinero y la discordia, para tentarle, y creé el bronce y el hierro, y el acero y la pólvora para sus armas, y creé los recursos limitados. Yo solo puse las herramientas. Por mi bien. El trabajo lo hicieron ellos, y lo hacen aún. Yo solo me quedo a mirar mientras se matan, y así me alimento, ¿comprendes?
      —Entonces eres la culpable de todo.
      —No has entendido nada —dijo ella, negando sutilmente con la cabeza, y su tono de voz se volvió acre. Y se hizo oneroso el silencio —. Así que —dijo al fin —¿esas son tus últimas palabras, antes de irnos?
      Él asintió, de súbito ensombrecido.
      Y ambos se encaminaron hacia la bruma, y el iluso desapareció por entre ella.
      Para siempre.

#GuerraDeSiria
#NoALaGuerra
#RefugiadosBienvenidos


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