lunes, 23 de noviembre de 2015

El derecho de las hadas

    ¿Dónde están las hadas y los duendes?
    Muertos.
    ¿Dónde están los silfos y los gnomos?
    Muertos.
    ¿Dónde están ojancos, brujos y serpientes?, ¿dónde están los sueños y la magia?
    Muertos. Muertos. Muertos.
    ¿Por qué me quitas mi tesoro?, ¿es la vida lo que dices, la Tierra máquina, la industrialización en aras del progreso, el control de los recursos a cualquier precio?
    Te he entregado mi vida, mi fuerza física, mi forma de vivir, mi manera de pensar, mi forma de actuar. No me quites lo más valioso, por favor, no me quites mi imaginación.
    Me diste una identidad, una nacionalidad, un estatus social, una bandera; trajiste a esta tierra el oro y la plata manchados de sangre, me trajiste el café y el tabaco desde los campos de esclavos, el caucho con la destrucción del Amazonas, el coltán desde el África maltratado para este móvil que tengo entre mis manos, el aceite de palma, los diamantes, el marfil, el petróleo... pero no me dijiste de dónde los sacaste ni de qué manera ni a qué precio, a qué coste, sociedad discorde. Ahora pretendes controlar mi subjetividad.
    No, por favor. No me vendas imágenes salvajes en la televisión ni me pidas que llene mi corazón de odio: yo solo veo niños que mueren asesinados ya sea por yihadismo o por capitalismo con la misma atrocidad, en Oriente y en Occidente, y con ellos veo morir los sueños y la magia, y los silfos y los gnomos y la fantasía y la ilusión.
     ¿Dónde están ahora las hadas y los duendes?
     Te diré un secreto, muy bajito para que nadie lo oiga. No se lo cuentes a nadie: Hay quienes sabemos que aún vive ese mundo de la fantasía, ese espacio libre, místico y mítico de lo no demostrable ni computable por la ciencia ni la razón, un mundo destronado por la religión y luego falseado por la ciencia que persiste aún en el plano de la imaginación. Sí, existe.
     Hay quienes aún creemos en los espíritus del bosque y de la naturaleza.
     Están en la consciencia colectiva, están en la literatura fantástica, en los cuentos infantiles, en la pintura, en la música y hasta bailan por entre los números de la aritmética; están en nuestras emociones y en nuestros sentimientos, en la poesía y en la sonrisa de los niños y en sus cantares. Están en nuestros corazones y a través de ellos podemos ver las cosas de otra manera, podemos vislumbrar cosas maravillosas del mundo sin el tiznar del negro del Odio que ahora nos vendes de una manera tendenciosa, sociedad disonante, maestra de la superchería. Existen, te digo, en nuestros corazones, y son la fuerza que nos impulsa a creer que el mundo está lleno de experiencias por vivir para alcanzar un mayor estado de conciencia personal, y que sí es posible una paz para este agujero negro que se alimenta de sueños, que es la guerra: podría darse con un cambio sistémico que no someta a los pueblos empujándolos a la terrible ira narcisista, se podría, acabando con el secuestro de la "egalité", la "fraternité" y la "liberté" por los países industrialmente desarrollados, espiritualmente decadentes. Igualdad universal, fraternidad para todos, libertad para la autodeterminación de los pueblos. Para todos los pueblos por igual.
    No quiero políticos ni dirigentes que me lleven a una guerra. Otra vez no. No quiero comerciales que me vendan ideologías por las que matar o morir, no quiero basura ideológica que me diga a quién tengo o a quién no tengo que odiar, que me diga quiénes son los buenos y los malos, quiénes los justos y los injustos, quiénes los libertadores y los opresores, quiénes los civilizadores y los bárbaros. No quiero que me enseñen el efecto sin buscar antes la causa. No quiero jugar al juego de la propaganda de guerra, no. Basta ya.
    Hoy quiero reivindicar lo que un día expuso Tolkien en una conferencia en 1939 que llamó "Sobre los cuentos de hadas": él habló de la posibilidad de vivir más allá del oprobio físico inmediato en el que se vive para experimentar la libertad de la imaginación, eso que nace en los niños. Ellos son la base del cambio y del movimiento, de lo mutable del espíritu colectivo que entiende los nuevos tiempos con su imaginación. Ellos son el futuro. Nuestro futuro.
    Que alguien salve a los niños de la venganza de uno y otro bando.
    Que alguien salve la magia que habita en sus corazones.
    No a la guerra.
    ¡No a la guerra!
   
    
    

miércoles, 4 de noviembre de 2015

Un espacio para la juventud

   Sacude la cabeza, cierra los ojos.
   Mientras te meces.
   Los saltos, poseídas las piernas por la música, son inconstantes y desmedidos, y junto a ti los demás chicos, meciéndose como masas de sargazos embriagados por la locura melódica de un acorde mayor, que grita, a su público libre.
     ¿Sabes?, los griegos lo llamaban el lado dionisíaco del alma humana. Así que disfrútalo, disfrutad juntos del concierto de rock hechizando vuestras almas.
   Ey, chico, salta y vuela alto, hasta donde puedas llegar con tus manos, y vuela lejos en la imaginación que habita en tu mente embriagada, embebida de cantos metálicos que ahondan ahora en tu corazón. Escucha la música de tu interior que acompañan los acordes, y no dejes espacio para que nadie te cambie, no permitas que te transformen las voces siseantes de afuera, no consientas que hagan de ti lo que ellos quieren, pues temen lo que representas: la libertad que ellos no tuvieron, la que ellos aún ahora no tienen, porque no pudieron en su momento, porque fueron niños y fueron hombres sin transición, porque cayeron en el sistema de trabajo demasiado jóvenes, porque tuvieron miedo, qué importa eso para tu yo presente.
   Chico, estás cansado de esas voces que sisean; voces que te llaman vago, haragán, y te gritan «¡búscate un trabajo!» Y tú saltas más fuerte, y te arde la sangre, ¡y te quema la piel!
   Y te llaman hippie, heavy, punky o gótico o rastafari o perroflauta o chancli «¿dónde vas así?», y te llaman yipi, bohemio de la vida, rapero... o te dicen choni con total derecho a controlarte, a juzgar tu forma de expresarte y experienciar la vida como más te place, a tu manera, olvidando que eres un individuo, y tú saltas embriagado, muy alto y muy fuerte, en tu concierto de música libre, para reivindicarle al mundo la existencia de tu identidad única, irrepetible, indomable, en tu espacio para la juventud.
   Y siguen murmurando y murmurando.
   En tu mente.
   Y las oyes ocultas tras los bajos que suenan por los altavoces: dicen que eres un nini por ser hijo de la crisis o por cuestionar los sistemas societales de trabajo y la vacua sociedad de consumo que arde, muriendo agonizante presa de su propia indigestión. ¡Crisis! ¡Crisis!
   «¿Por qué saltas? —te dicen, indignadas voces —, ¿por qué no acatas las normas?, ¿por qué no creces de una puta vez —baladran— y te pones a trabajar?, ¿por qué no te dejas de gilipolleces, y abandonas esa conducta inmadura?, ¿por qué no haces lo que es normal? ¡Madura! ¡Madura!»
   Normal.
   "Normal" es el nombre de la prisión, una cárcel para la mente del que se muestra diferente. No hay culpables. No hay víctimas. Solo conducta inconsciente.
   —¿Y mi derecho a elegir? —preguntas entre saltos acompañados de eléctricas guitarras que rabian junto a tu alma errante.
    Y de pronto, como si de un hechizo se tratase, las voces siseantes ya no hablan ni se indignan ni juzgan tu conducta. De pronto ya no presionan tu mente ni ejercen su imposición sobre ti. De pronto no hay concierto ni eléctricas voces. De pronto no hay música.
   De pronto no hay nada.
   Es el momento de elegir tu vida. Sea cual sea.
   Tu vida.