domingo, 27 de marzo de 2016

Comidas de cabeza

    No es casualidad que esta semana haya escuchado en tres ocasiones la misma frase desde la voz de personas diferentes: «... y es que a ellos les comen la cabeza» refiriéndose a unos y otros conflictos de aquí y de allá, como un efecto que parte siempre de fuera para adentro, pero expulsado como una crítica a los demás autoatribuyéndose así la inmunidad a las influencias externas. «Es cierto —les dije al oír esto, y ellos asintieron a su vez —. ¿Y a nosotros?» —les pregunté a las personas diferentes en diferentes contextos. Negación y asombro, haciendo caer sus cejas como guillotinas como respuesta común — «Nuestra comida de cabeza, quizás, por teorizar, es la competencia salvaje a codazos instaurada en nuestra mente desde la escuela, ¿no?, quizás la producción como objetivo de vida, la obediencia civil hayan o no injusticias mediante castigos de penas, el consumo impostado no solo de lo que podamos comprar si no de lo que por definición no podemos comprar y debamos entonces endeudarnos para engrandecimiento del poder financiero. Sí, comida de cabeza sobre todo en el consumo como algo que, parece ser, engrandece al país, dicen, a nosotros no, metiéndonos de lleno en una vida superficial que nos lleva de casa al trabajo y del trabajo a casa, y en el medio, quizás, esté el consumo para llenar una vida cada vez más vacía de contenido, impregnada de injusticia social. Lo importante es el trabajo, nos dicen, y nos dejamos la piel en él. Control. Control social e ideológico a través de los medios de comunicación, quizás. Consumismo, mercantilización, capitalismo, genocidios en África y en Asia. Represión. Control mental en un sistema, que por sus propias contradicciones, nos lleva a no tener casa y a no tener trabajo para poder ir de casa al trabajo y del trabajo a casa. Comidas de cabeza —les dije —aquí y allá. Comidas de cabeza, ¿comprendes?»
   
   "Un hombre es lo que hace con lo que hicieron de él". Jean Paul Sartre.

domingo, 6 de marzo de 2016

Érase una vez un cuento sin acabar

   Érase una vez una droga perpetrante, despótica y degradante. Una droga que nació enjuta y delicada a final de los años 20's como consecuencia de la mayor catástrofe financiera de la historia: el crack de la bolsa de Nueva York. Esta droga creció y creció y se hizo poderosa como ninguna otra hasta nuestros días, y destroza vidas como ninguna otra, potenciada desde los medios de masas durante todos estos años, hasta hoy; esta droga representa la euforia, la alegría exacerbada, las ganas de vivir; representa la juerga y el goce con los amigos, el tardeo, la noche y la madrugada también; ampara las alegrías haciendo difusas las penas. Es la vida en su más pleno rendimiento. Te gusta, te encanta, te seduce, te llama, por la mañana, tempranito, con tu despertar, aromatizando de suave añil, ¿comprendes? Te acompaña en la comida y no es problema, te acompaña en la vestimenta y te encanta. Te sientes tan pleno en esos mometos: es un profundo y proceloso torrente de bienestar que recorre tus venas bajando como arroyuelos de pura felicidad circunstancial. Es suave y delicada, a veces, cuando cruza la garganta, o es ardiente e impetuosa, es el brillo por fuera, es la sinuosa sombra que acecha al despertar. Es el crudo golpe de realidad, el pernicioso veneno en tu sangre, es el mirarte al espejo y no encontrarte, sin poder escapar, sin poder huir.
    Son tus demonios por dentro cuando se acaba, que te llaman, que te invitan a entrar.
    Es la droga del "consumismo", y crece y crece y todo lo devora. Es el apego por las cosas y el miedo a perderlas, la creación mental de la necesidad que nos hace esclavos de nosotros mismos. Una droga sutil, psicológica y cruel, que somete nuestra alma.
    ¿El alma, dices?
    Aquello que brilla, sí, que da identidad y sustento a la vida emocional e intelectual; aquello que sustenta al amor.
    ¿El amor?
    Eso que se esconde por entre las rosas, sí, eso que se deduce de entre las cenas psicorománticas, los brillantes regalos, los anhelos frustrantes de grandes viajes, los enlaces religioso-jurídicos, el papeleo vinculante, los hogares físicos: sí, eso que queda por debajo y es más profundo, que está construido de un mar cósmico de arquitectura emocional. ¡Emociones, sí!
   Respirar.
   Déjame respirar.
   Cada vez más y más progreso, más cosas que comprar que me recuerdas CADA DÍA. Cada vez menos poder adquisitivo y promesas de izquierdas y derechas de empleo y de una mejora económica en un mundo tecnológico cada vez más frenético, más mecanizado, más automatizado; cada vez menos trabajo humano y por lo tanto menos plusvalía, menos capacidad para el gran Capital de transformar dinero en capital o de amortizar la inversión industrial, que lo lleva a un cajón sin salida en el proceso productivo, preso de sus propias contradicciones. Cada vez más deslocalización desde países subdesarrolladores hacia países subdesarrollados para solventar el problema dada la imparable acumulación y expansión del capital, cada vez más y más mano de obra globalizada, donde miles de millones de personas nos peleamos por ser explotadas en un sistema económico cada vez menos capaz de proporcionar empleo.
    Erase una vez el sufrimiento...
    ¿Cuál es el origen del sufrimiento?
    El apego, decía Gautama Buda. El valor. Porque cuando le das valor a una cosa le estás dando el poder para hacerte daño, no porque tenga capacidad de hacértelo sino porque tú le das ese poder. ¡Consumo! ¡Consumo!
    Érase una vez el capitalismo en la crisis del 29 que tuvo un hijo: el "consumismo" para absorver al estrato proletario dentro de su sistema y así escapar del mal trago un tanto, solo un tanto, y este a su vez tuvo otro hijo llamado "clase media", que falleció en 2008 y que no regresará.
   Érase una droga feroz, despótica y degradante. Érase la necesidad, el sufrimiento, el valor del tener, el objetivo de 40.000 años de civilización traducido en el llegar a tiempo a una oferta de temporada. ¿Cómo era? Érase... érase una vez... No recuerdo cómo continuaba el cuento.
   Ni si tenía fin.

sábado, 5 de marzo de 2016

El futuro está en los niños

    Hoy he visto a dos chiquillos vecinos míos en la puerta de mi casa al salir. Jugaban. Reían. Una botella grande, aparentemente vacía, tenían entre las manos. "Mira, David, lo que tenemos —me ha dicho uno de ellos sonriente esperando una reacción condescendiente por mi parte —"¡es una abeja" —ha dicho el otro, emocionado. "¿Y qué vais a hacer con ella?" —le he preguntado al más interesado en mi aceptación; la gradación de mi voz, quizás, de alguna manera, parece haberle influido. "Matarla" —ha soltado el otro bajando un tono, como si fuese una obviedad. "¿Pero no es un ser vivo de la Naturaleza igual que nosotros? —le he inducido a pensar —"¿Se merece vivir como nosotros, no?" El que sostenía la botella se me ha quedado mirando, confuso, ensimismado. El otro no. Ha sido un instante mágico el que he visto en sus ojos, fugaz, cósmico, eterno, en el que sin saberlo ni comprenderlo del todo, el chico ha sentido el esfuerzo ingente que ha hecho la Naturaleza durante milenios de evolución filogenética para acabar conformando a un ser vivo como el que ahora dependía de su magnanimidad. Entonces ha abierto el tapón de la botella y la abeja ha salido volando ante la estupefacción del otro.
   En ellos, los niños, está el futuro de la Tierra.
   Respetar a la Naturaleza es respetar la perfección cambiante y danzante de la vida biológica entre tejidos, ganglios, sinapsis y neuronas, es respetar flores y plantas y árboles por donde respira nuestra tierra, es respetar lo contenido en ella pues en ella nacemos, vivimos y morimos y en naturaleza material y etérea nos acabamos convirtiendo.
   Respetar a la Naturaleza es respetarte a ti mismo, en definitiva, no entendido como un dogma externo que predomine por encima de cualquier cosa y a costa de cualquier cosa, no como una imposición desde arriba o desde abajo que haya que cumplir por legales o morales motivos, no como una ideología de orden jerarquizado que exija sacrificio por parte de nadie, sino como una elección personal, una forma de vivir individual y también social, que surje de lo más profundo del ser.
    El futuro está en los niños. Eso he pensado esta mañana, viéndolos jugar.
   
   
   

La ilusión del privilegio

    No agaches la cabeza, querida mía. Porque si lo haces estás creando una autoridad, un privilegio, que no se sustenta sobre nada real; si lo haces estás creyendo en que hay personas mejores y personas peores, que hay personas por encima y personas por debajo; pero no, eso no se sustenta sobre nada real, no existe, es una ilusión que caerá con el telón dejando paso a la viva luz de una luna esbelta.
   Respetar a aquel señor que es tu "superior" con dignidad y respeto te hace digna y respetable a su vez, pero eso le quita el derecho a él y al resto del mundo a estar por encima o por debajo de ti. No hay encima ni debajo, en realidad, solo hay trabajo y gestión, que está dentro del mismo campo, en definitiva, de un modo horizontal e igualitario en términos materiales, y por lo tanto es de igual merecimiento, de igual mención, y por ende, de igual remuneración. Yo coso, tu pegas, ella aprieta con sus bellos dedos el zapato, el otro aprisiona el cordobán, la otra corta, el otro golpea con su martillo, el otro trae la faena, y la lleva. Pero uno se lleva cincuenta y el otro cero con cincuenta, ¿dónde me perdí en esta preciosa cadena?
    No existen personas mejores que otras, ni peores, existe la creencia que lo sustenta sobre un castillo de arena, pero un día lloverá, sí... lloverá, y se disolverá el castillo, el privilegio, la creencia, la injusticia y esta esclavitud moderna.
    Echo de menos tu sonrisa mientras coses, mientras cortas con tus tijeras largas y golpeas con tu martillo desgastado, echo de menos tu sonrisa mientras de tus dedos te quitas sendas bolas de cola tierna, echo de menos el orgullo por hacer bien tu faena, mi apreciada aparadora del alma. Echo de menos tu felicidad.
   El hijo de la Aparadora.
"Nadie debería escupir sangre pa que otro viva mejor" Athaualpa Yupanqui.