sábado, 17 de septiembre de 2016

Y entonces dijo el perro: el mundo está loco

   Vientos de la modernidad que evidencian la imperiosa necesidad de aumentar la seguridad ciudadana, tramontana impetuosa que aumenta la sensación de bienestar subjetivo tras grises vallas, mofándose de la libertad del viento y el céfiro que baja soporífero buscando calma, callado, sin decir nada mirando las vallas. Y llega la sensación de que cada cosa está mejor en su sitio, cada cuerpo social en su caja, cada grupo animal en su jaula. La galerna encerrada y callada.
   Caminan los canes amaestrados, mejor atados, sometidos por sus dueños, mejor agarrados por sus cuellos bellos, ahogados por el humano ego.
   Y el viento sopla solícito, amarrado, sometido por la correa de la modernidad.
   Aquello que es tocado por el desatinado hombro del gobierno, mediado por el brazo autonómico, ejecutado por la firme mano municipal, pareciera que es privado de derechos que antes se poseían y que luego ya no se tienen. Y entonces los perros ya no corren libres por los parques ni juegan con los niños, ambos recluidos en sus respectivos campos de concentración vallados, aislados del mundo real; no lleve usted al perro al parque de los niños o será multado, no lleve usted al niño al parque de los perros donde deambulan sueltos, macilentos llenos de polvo, ahogados por nuestro deber social, no vaya a ser que se vuelvan locos ambos, y de pronto jueguen llenos de babas y barros, y de pronto se lo pasen en grande.
   El viento ya no sopla del levante, se ha quedado lejos, donde hay parques para niños y perros, torcaces, abuelos, patines, balones, gatos, plazas y charlas intergeneracionales, se ha quedado donde no lo puedan amarrar, donde juega libre al juego de la Libertad.

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