domingo, 23 de octubre de 2016

La mercantilización de la vida

   Me han preguntado que qué es eso de la mercantilización que de tanto nos quejamos algunos.
   Mercantilizar es hacer comprable y vendible una cosa que antes no se podía comprar o vender por ser de la ciudadanía, pero que es gestionado en realidad por un Estado que la representa a través de una Democracia Representativa Liberal.
   Dime, ¿cómo se puede comprar una montaña?, ¿cómo se puede vender una playa, un río o el Sol?
   Cuando ese Estado que representa a la ciudadanía vende aquello que no se podía vender esto se mercantiliza y un ente privado lo compra, lo privatiza, le pone vallas y perros y leyes que lo sostenga, y priva al mundo entero de ello en beneficio personal, para su disfrute o para el de otros desde el punto de vista final del negocio, en base a las estructuras de trabajo del sistema capitalista y de la necesidad de la clase trabajadora de malvender su fuerza de trabajo por haber sido privada de lo común, de lo autogestionado que les hacía libres: una mercantilización que en España se vino a llamar la "desamortización" llevada a cabo desde siglo XIX, que luego tuvo un lapsus con un contrato social del capitalismo keynnesiano en el siglo XX, llegado a España con la Transición, pero que se acabó con la llegada de nuestra crisis, se fue como vino, y ahora de nuevo está próxima la culminación con la mercantilización de la Sanidad Pública, la Educación y de todo lo público en beneficio de los poseedores del Capital. Y en sus manos quedaremos con el apoyo de los liberales, los ganadores del juego.
   Mercantilizar es hacer comprable y vendible todo, comprable y vendible el trabajo, comprable la tierra, vendible el agua, comprables las materias primas, vendible la vivienda, especulados los alimentos, mercantilizado el ocio, la cultura, el deporte, vendida la Educación Pública y la Sanidad, comprada la energía y las relaciones sociales.
   Vendida la política.
   En un mundo donde todo está mercantilizado el que tiene el dinero tiene el Poder.
   Mercantilizada la vida, mercantilizada la muerte.

viernes, 21 de octubre de 2016

Sobre el Nobel

   ¿Qué hubiese ocurrido si Ken Saro-Wiwa hubiese ganado el Premio Nobel de literatura tras estar nominado en 1995? Como Bob Dylan, tampoco hubiese acudido, pues también desapareció. Desapareció por entre las playas impregnadas de plástico líquido y de óleo chicloso en el Delta del Níger, por entre los gritos contra las petroleras coloniales, por entre las manifestaciones reprimidas por las armas pagadas por ellas; desapareció por luchar contra las multinacionales Shell y Chevron que habían destruido con su contaminación sistemática su agricultura y su pesca; desapareció por manifestarse pacíficamente contra aquello que les hacía morir de hambre; desapareció reprimido por la mano de su gobierno armada por las petroleras, asesinado por el lobby salvaje del capitalismo neocolonial consentido para beneficio de los Estados del Bienestar en el Norte del mundo.
   Ken Saro-Wiwa tampoco hubiese acudido, no. Fue asesinado por la presión de una empresa legal que legalmente destruyó su modo de vida y su nación, que no pagó penalmente por ello y que siguió aún después con la contaminación.
   Nueve hombres ahorcados, cientos de asesinados, miles de exiliados tragados por el voraz sistema del Capital para poder llenar de gasolina nuestro desarrollo industrial.
   Un poco de dinero de multa —pues el velo corporativo ampara a las personas jurídicas con "limitada responsabilidad" —una subida de precio por aquí, una bajada de salario por allá y muertes saldadas, de nuevo a actuar, impunemente, amparados por la libertad de capital.
    ¡Muertos! iMuertos! ¡Muertos!
    Ken Saro-Wiwa tampoco hubese recogido ni recogerá jamás el premio nobel de literatura ni ninguno más.
   
  
 

sábado, 15 de octubre de 2016

Mi pueblo consentido


   Cuando el otro día alguien me preguntó qué pensaba de mi pueblo, Monóvar, le dije: Yo creo que tuve mucha suerte de nacer y crecer en Monóvar, porque nacer y crecer en Monóvar me dio las herramientas necesarias para perderle el respeto a esta sociedad. Porque un pueblo dedicado en gran medida al zapato que consiente la esclavitud de sus aparadoras hacinadas en talleres ilegales o en sus casas sin ningún derecho es un pueblo que se merece, al menos, que le pierda el respeto. Tuve la suerte —le dije —, de nacer y crecer en Monóvar porque ello me dio una visión de la crueldad del sistema de trabajo en el que vivimos, a esta escala local, que es un despunte radical en su distribución normal por ser ilegal pero que plasma lo que ocurre a nivel comarcal, nacional e internacional dentro de un sistema capitalista con su amplia varianza.
   Yo estuve una vez más de un año parado —le dije —, viviendo dentro de lo que llaman el riesgo de pobreza. Mientras tanto mi madre sí tenía trabajo en estos tan comunes y consentidos talleres ilegales, y su pobreza era similar a la mía, y entre los dos éramos dos pobres luchando por sobrevivir, apoyados el uno en el otro, yo parado, ella en el aparado.
   Indigna.
   Los 0,20, 0,30 y 0,40 cénitimos el par arden de vergüenza en las entrañas cada día más, mientras ves los 40, 90, 800 euros el par como precio final de un zapato de gala esclavista que los burgueses capitalistas de los países más desarrollados del mundo disfrutan y aprecian por su calidad.
   Tuve la suerte de nacer en Monóvar —le dije —y ver a mi madre, a mi hermana, a varias de mis tías, amigas, primas y vecinas sometidas, sin salida, a salarios dentro del riesgo de pobreza mientras los partidos políticos y el Ayuntamiento callan, mientras los "álguienes" se enriquecen y el sistema fluye sin más, festejando, para esgrimir esta situación normalizada y perder el respeto a esta sociedad capitalista que no lo merece.
   Le dije: pásate por Monóvar a hacer turismo y párate a escuchar, cada tres casas hay una máquina murmurando, es el sonido de las cadenas arrastrando, es el murmullo de la esclavitud moderna y su normalidad.