sábado, 15 de octubre de 2016

Mi pueblo consentido


   Cuando el otro día alguien me preguntó qué pensaba de mi pueblo, Monóvar, le dije: Yo creo que tuve mucha suerte de nacer y crecer en Monóvar, porque nacer y crecer en Monóvar me dio las herramientas necesarias para perderle el respeto a esta sociedad. Porque un pueblo dedicado en gran medida al zapato que consiente la esclavitud de sus aparadoras hacinadas en talleres ilegales o en sus casas sin ningún derecho es un pueblo que se merece, al menos, que le pierda el respeto. Tuve la suerte —le dije —, de nacer y crecer en Monóvar porque ello me dio una visión de la crueldad del sistema de trabajo en el que vivimos, a esta escala local, que es un despunte radical en su distribución normal por ser ilegal pero que plasma lo que ocurre a nivel comarcal, nacional e internacional dentro de un sistema capitalista con su amplia varianza.
   Yo estuve una vez más de un año parado —le dije —, viviendo dentro de lo que llaman el riesgo de pobreza. Mientras tanto mi madre sí tenía trabajo en estos tan comunes y consentidos talleres ilegales, y su pobreza era similar a la mía, y entre los dos éramos dos pobres luchando por sobrevivir, apoyados el uno en el otro, yo parado, ella en el aparado.
   Indigna.
   Los 0,20, 0,30 y 0,40 cénitimos el par arden de vergüenza en las entrañas cada día más, mientras ves los 40, 90, 800 euros el par como precio final de un zapato de gala esclavista que los burgueses capitalistas de los países más desarrollados del mundo disfrutan y aprecian por su calidad.
   Tuve la suerte de nacer en Monóvar —le dije —y ver a mi madre, a mi hermana, a varias de mis tías, amigas, primas y vecinas sometidas, sin salida, a salarios dentro del riesgo de pobreza mientras los partidos políticos y el Ayuntamiento callan, mientras los "álguienes" se enriquecen y el sistema fluye sin más, festejando, para esgrimir esta situación normalizada y perder el respeto a esta sociedad capitalista que no lo merece.
   Le dije: pásate por Monóvar a hacer turismo y párate a escuchar, cada tres casas hay una máquina murmurando, es el sonido de las cadenas arrastrando, es el murmullo de la esclavitud moderna y su normalidad.

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