miércoles, 29 de marzo de 2017

Sobre la donación altruista de Ortega

   Respecto del cáncer hoy en día sabemos que uno de los factores de riesgo más importantes, con más incidencia que los factores comportamentales (fumar, exponerse al sol, dieta poco saludable, etc), es el factor de estrés psicosocial (pérdidas de seres queridos, desempleo, etc), el cual tiene un efecto activador de los procesos cancerígenos a causa de un proceso fisiológico de inmunosupresión a través del eje hipotalámico-hipofisiario-adrenal, y la liberación de glucocorticoides como el cortisol que inhibe con ello linfocitos T, macrófagos y células asesinas naturales del sistema inmunitario, los cuales deberían luchan eficazmente y de forma natural contra virus, bacterias y células tumorales. Este factor de estrés psicosocial facilita el desarrollo de reacciones de indefensión y desesperanza, por la ausencia de control que llevan a formas pasivas de afrontamiento y gestión de la ansiedad que genera tal situación social en manos de otros, como es el caso del desempleo en un país que exporta empleo e importa paro con las deslocalizaciones de las fábricas a países del sur en busca de la mano de obra esclava (Inditex, entre muchas otras). Se conoce hoy día los efectos adversos que sobre la enfermedad del cáncer tiene la inhibición, represión y negación de las emociones tales como la ira, en tal caso la mala gestión de ellas conocido esto como "personalidad tipo C", pues incluso en los sujetos no fumadores con cáncer de pulmón se constató la puntuación baja en esta dimensión de expresión emocional (neuroticismo), siedo por lo tanto más vulnerables. Y teniendo en cuenta esto, en un sistema económico, político y social donde a través de los castigos se adoctrina a la sociedad para que no exprese sus emociones negativas dentro del sistema productivo que de la mano de las injusticias pudieran surgir, 320 millones de euros pueden ayudar para seguir investigando cómo los esclavos que genera el sistema son cada vez más vulnerables a enfermedades como el cáncer o la cardiopatía coronaria (las dos que más vidas se llevan) dado el estrés psicosocial al que son sometidos estructuralmente, sin salida, en un mundo mercantilizado.
Imagino que a Ortega como a muchos otros antes que él, que al final de sus flamantes carreras se acercan a la filantropía les motive un sentimiento subjetivo de culpa o vergüenza por sus acciones no tan altruistas anteriores, por lo que con cosas como esta queda saldado su agravio al mundo y desaparece como en un truco de magia su vergüenza y su culpa para no volver.
   Le diría "gracias, supongo".

http://economia.elpais.com/economia/2017/03/29/actualidad/1490768952_146661.html?id_externo_rsoc=FB_CM

miércoles, 22 de marzo de 2017

Sobre esclavitud moderna

15/03
Lo que hoy es noticia en media España está naturalizado en Monóvar hasta límites insospechados. No ha sido sorpresa para nosotros más que el salir por la tele, pues todos somos familia y amigos de estas mujeres. El mismo sistema lo genera, los pudientes de todo el mundo visten sus zapatos caros a costa del alma de nuestras mujeres. Maldito sistema y sus sirvientes que generan riqueza a cambio de miseria para nuestra gente.
Vergüenza.

http://www.telecinco.es/elprogramadeanarosa/AR-Policia-talleres-ilegales-Alicante_2_2339430064.html

Pese a lo que pudiera llegar a imaginarse cualquier ingenuo no venían como parecía a salvarlas sino a someterlas aún más, quizá sin quererlo, al sistema de dominación imperante. Las sanciones económicas para los dueños y dueñas de talleres ilegales que se lucraron con el trabajo esclavo se entenderían objetivamente desde el punto de vista del "condicionamiento clásico", como un castigo, intento vano de controlar la conducta desviada de lo correcto dentro de una sociedad donde las empresas deben pagar impuestos por el bien común. Sin embargo, las sanciones económicas para las aparadoras de estos talleres, último eslabón de la cadena y el elemento más vulnerable de todo el sector, que por cómo está montado el tinglado y pese a todo, no tienen más alternativa que seguir trabajando a cambio de miseria, no se entiende desde ningún punto de vista para evitar ninguna conducta, pues dentro de la misma teoría conductista se conoce bien la necesidad de la existencia de una alternativa para obtener el efecto. ¿Qué alternativa tienen, acaso? Una multa para las aparadoras que no solo no cobran un sueldo digno y no cotizan con el estrés psicológico que eso genera conforme pasan los años, sino que ahora deben pagar una multa desorbitada, matiz que no mostrará Telecinco, que no podrán pagar sino sometiéndose aún más en más ilegales talleres que seguirán produciendo ilegalmente en otro rincón aún más oscuro y sórdido, pagar una multa desorbitada con un sueldo que casi no llega para pagar la vida y comer. No venían como parecía a liberarlas pues no es la solución quien ve el problema como un asunto de ingresos que no entran; no lleva a la solución la institución que consiente y que forma parte de un sistema de dominación que ya muchos comparan con un colonialismo comercial; eso es el Alicante del zapato, una colonia de la que las metrópolis europeas esquilman sus recursos a cambio de nada, propiciado esto por instituciones de aquí, corruptas o contumaces; no es solución quien no ve más allá del sistema productivo.
Una multa para ellas no tenía ningún sentido ni evita ni soluciona ni ayuda ni mejora nada sino que lo agrava, si cabe, aún más para las aparadoras.
Miseria.

miércoles, 8 de marzo de 2017

Una moneda, por favor

   Cuando pasaba por aquella calle sentía despertar en él un sentimiento extraño, uno no fácilmente identificable. Había cerca de allí una tienda de artículos de regalo a la que solía acudir, un estudio de fotografía a la vuelta de la esquina del que esperaba unas fotos que aún estaban por revelar, un bonito paseo entre jóvenes álamos y arces que daban a una plaza invadida por terrazas de cafeterías repletas de gente, de niños, de vida, por la que gustaba caminar. En la acera de la derecha, escondido tras la hilera de coches aparcados, había un banco de madera.
   Fue la primera vez que cruzó aquella calle cuando nació ese desvelo. A causa de él, como si el sentimiento hubiese sido creado de recortes de otros más pequeños, como retales de pena y culpa, quizás, desesperanza, empatía e incomprensión dentro de la complejidad de un sistema social que viene dado, la respuesta de conducta lógica dentro de la locura, aprendida, quizá, dentro de la frialdad social, adaptativa también dentro de la tensión emocional, fue dejar unas monedas a aquel hombre. No demasiadas pues tenía cosas que comprar: unas tazas de café de diseño para los invitados, una lámpara de estilo árabe para la mesa del comedor, una batería externa para el móvil, un ambientador eléctrico de esos con luces que no dejan de cambiar, las fotos del estudio por las cuales había pasado por aquella calle la primera vez… Quizá no volvió a pensar en aquel hombre con la mirada perdida, pero quiso el destino que de entre las estrategias de marketing de la empresa de fotografía estuviese hacerlo volver con cita previa y tras ello, sin quererlo, otras veces más, así que no tuvo más remedio que volver.
   La segunda vez que pasó delante del banco el sentimiento fue más intenso, más difícil de comprender. «¿Por qué?» Aquel hombre seguía allí, en el mismo banco junto a un carro de la compra con objetos bajo una manta raída, en la misma posición, mirando al suelo con temblores en la mano derecha y la izquierda oculta bajo el brazo. La tensión emocional se había intensificado y con ello la respuesta conductual. Y así, cada vez que volvía a aquella calle pasaba antes por el supermercado para hacerle una visita. «No puedo beber café, tengo la tensión alta» dijo una vez con la mirada tímida bajo un gorro muy grande para su escuálida tez; su brazo estaba ahora extendido con un vaso de plástico humeante. «Puedo traerle un descafeinado», contestó. Y cada vez que volvía las fotos de estudio le parecían más caras y las tazas de diseño más innecesarias y la batería de su móvil más duradera y el ambientador espacial menos aromático. Y luego ya no pasaba por allí sino que iba a verle a propósito y se sentaba un rato junto a él, en el mismo banco de siempre donde él siempre estaba sentado con la mirada perdida, temblorosa su mano.
   Y el sentimiento creció, y creció. Y la mayor parte del dinero que tenía guardado para las fotos y para aquellas cosas que consideró entonces innecesarias se lo fue gastando en poder compartir algo con él, que él agradecía cada vez, y eso hizo virar la dirección emocional del sentimiento primigenio hacia despuntes más extremos que iban y venían de la vergüenza a la irascibilidad, pasando por el retal de sentimiento de la responsabilidad como individuo y por el rescoldo de la responsabilidad como parte de una sociedad. «¿Por qué?», se seguía preguntando.
   «¿Por qué?» se sigue preguntando aún al verlo sentado en su banco de madera inmerso en su más profunda mismidad.
   «¿Por qué?»