miércoles, 8 de marzo de 2017

Una moneda, por favor

   Cuando pasaba por aquella calle sentía despertar en él un sentimiento extraño, uno no fácilmente identificable. Había cerca de allí una tienda de artículos de regalo a la que solía acudir, un estudio de fotografía a la vuelta de la esquina del que esperaba unas fotos que aún estaban por revelar, un bonito paseo entre jóvenes álamos y arces que daban a una plaza invadida por terrazas de cafeterías repletas de gente, de niños, de vida, por la que gustaba caminar. En la acera de la derecha, escondido tras la hilera de coches aparcados, había un banco de madera.
   Fue la primera vez que cruzó aquella calle cuando nació ese desvelo. A causa de él, como si el sentimiento hubiese sido creado de recortes de otros más pequeños, como retales de pena y culpa, quizás, desesperanza, empatía e incomprensión dentro de la complejidad de un sistema social que viene dado, la respuesta de conducta lógica dentro de la locura, aprendida, quizá, dentro de la frialdad social, adaptativa también dentro de la tensión emocional, fue dejar unas monedas a aquel hombre. No demasiadas pues tenía cosas que comprar: unas tazas de café de diseño para los invitados, una lámpara de estilo árabe para la mesa del comedor, una batería externa para el móvil, un ambientador eléctrico de esos con luces que no dejan de cambiar, las fotos del estudio por las cuales había pasado por aquella calle la primera vez… Quizá no volvió a pensar en aquel hombre con la mirada perdida, pero quiso el destino que de entre las estrategias de marketing de la empresa de fotografía estuviese hacerlo volver con cita previa y tras ello, sin quererlo, otras veces más, así que no tuvo más remedio que volver.
   La segunda vez que pasó delante del banco el sentimiento fue más intenso, más difícil de comprender. «¿Por qué?» Aquel hombre seguía allí, en el mismo banco junto a un carro de la compra con objetos bajo una manta raída, en la misma posición, mirando al suelo con temblores en la mano derecha y la izquierda oculta bajo el brazo. La tensión emocional se había intensificado y con ello la respuesta conductual. Y así, cada vez que volvía a aquella calle pasaba antes por el supermercado para hacerle una visita. «No puedo beber café, tengo la tensión alta» dijo una vez con la mirada tímida bajo un gorro muy grande para su escuálida tez; su brazo estaba ahora extendido con un vaso de plástico humeante. «Puedo traerle un descafeinado», contestó. Y cada vez que volvía las fotos de estudio le parecían más caras y las tazas de diseño más innecesarias y la batería de su móvil más duradera y el ambientador espacial menos aromático. Y luego ya no pasaba por allí sino que iba a verle a propósito y se sentaba un rato junto a él, en el mismo banco de siempre donde él siempre estaba sentado con la mirada perdida, temblorosa su mano.
   Y el sentimiento creció, y creció. Y la mayor parte del dinero que tenía guardado para las fotos y para aquellas cosas que consideró entonces innecesarias se lo fue gastando en poder compartir algo con él, que él agradecía cada vez, y eso hizo virar la dirección emocional del sentimiento primigenio hacia despuntes más extremos que iban y venían de la vergüenza a la irascibilidad, pasando por el retal de sentimiento de la responsabilidad como individuo y por el rescoldo de la responsabilidad como parte de una sociedad. «¿Por qué?», se seguía preguntando.
   «¿Por qué?» se sigue preguntando aún al verlo sentado en su banco de madera inmerso en su más profunda mismidad.
   «¿Por qué?»

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