lunes, 17 de diciembre de 2018

Nuevo artículo de la revista de la AEM

Adicción
   Subiendo por el linde del río de asfalto, iluminado su alquitrán por la luna entre desiguales cerros de hormigón, camina.
   Es una ciudad fantasmal: no hay perros que ladren por la calle, encerrados estos en campos de concentración, no hay niños fuera del alcance de protección de los brazos, que son murallas, de sus madres; solo hay espectros silenciosos en desigual procesión: epifanías de rostro iluminado, atrapados, absorbidos por un cristal rectangular que los embruja, brillante entre sus manos.
   Caminan sin mirar; van a algún sitio como movidos por un hechizo, sin ver, sin conciencia, sin miradas de intriga ni sonrisas concomitantes de alguna escurridiza emoción, tras el albor del reconocimiento fruto de la observación.
   Mírame.
   Soy los ojos que te miran al otro lado, más allá de la pantalla reflejo de tu vida. Yo emocionado esperando tu intenso mirar y tú preso, embrujado por el hechizo de una multinacional.
   Escúchame.
   Cuando tus ciegos ojos rojos despierten del letargo, colapsados por el vaivén epiléptico y el escintilante baile de píxeles de colores, quizá te hayas perdido ya mi alegría al verte, y mi odio al rechazarme, mi pausa avergonzada al no encontrar tu mirada; quizá me hayas perdido a mí y me haya ido, quizá te hayas perdido a ti mismo en un abismo de soledad.
   Esta tarde me he cruzado contigo, he hablado contigo, he sentido cosas al verte y tú no estabas allí. ¿Dónde estabas? Yo no lo sé.
   Perdido en un hechizo, maldito, sumido en un mundo desconectado de la realidad.
   ¡Mírame!
   Cuando llegó al final de la calle se dio contra un muro, el cristal cayó y se resquebrajó, para perder luego su magia y su brillo. Su mirada ya no estaba encantada y por inercia se dispuso, ahora sí, a observar.
   ¿Observar qué?
   Hombres fantasma y mujeres fantasma tirando de carros con bebés fantasma moviéndose de forma dispar. Los jóvenes, cabizbajos, quienes se arremolinaban por instinto humano en torno a un banco de pintura desgastada, no se hablaban ni se miraban, tampoco las parejas sentadas frente a frente esperando el yantar.
   ¿Qué son?, preguntó.
   Espectros, espantajos, fantasmas presos a los que les quitaron la capacidad de estar presentes en el presente.
   Consumidores consumidos, amordazados, dentro de un mundo irreal muy intenso y vivo, que no deja lugar para el aquí y ahora actual, presente, consciente, despierto.
   ¿Dónde quedan las conversaciones encendidas, enjalbegadas por sentimientos incendiarios, en la calle, en la plaza, en el bar de la esquina? Ya no las hay, ahora son sino lúgubres recuerdos vagando por la mente de unos pocos, que buscan con anhelo con quien poder conversar; las sonrisas espontáneas han demudado ahora en íconos ambarinos incongruentes con el estado de ánimo real; las miradas sociales cada vez más se transforman en fugaces reojos y las sonrisas en quebradas de desdén, despojos de lo que una vez fue la convivencia social en la calle y en la vida.
    Mírame y escúchame, y dime qué ves, qué sugiere mi entonación: hay unos ojos que iluminan y dan vida a las palabras que salen de mis labios, unos gestos que decoran cada emoción, pero requieren de tu presencia atenta, por tu parte, de implicación.
    Lucha.
    Lucha contra el cristal hechizado y regala a tu amigo el más preciado de los tesoros.
    Tu plena atención.
    Sin ella el presente es solo un retrato viejo de cerros cuadrados pintados de hormigón, de calles vacías y frías y de ríos de alquitrán iluminados por la luna.
    Sin miradas ni sonrisas, sin saludos ni emociones.
    Sin vida.   

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