viernes, 20 de diciembre de 2019

Nuevo artículo de la revista de la AEM

      —Todo comenzó con los fuegos eternos que ardían en la tierra sin que nadie los prendiese —dijo la Muerte —. Yo los puse allí, allí extendí mis ríos de alquitrán bajo la tierra.
      —¿Y después?
      —Después solo tuve que esperar.
      —¿Hasta cuándo?
      —Hasta la modernidad, claro. Hasta que los hombres se dieron cuenta del valor que poseía ese líquido chicloso que llamaron petróleo más allá de la impermeabilización con la brea para los barcos o el encender de lámparas y teas. Después todo fue muy fluido: la Revolución Industrial, el colonialismo imperial, el eurocentrismo, los contratos leoninos de los británicos sobre Irán, la exploración, perforación, explotación, producción y comercialización de los pozos petrolíferos de toda la región a cambio de casi nada; las Guerras Mundiales, el reparto entre ingleses y franceses de Oriente Medio tras la caída del Imperio Turco Otomano, y más tarde, la entrada de los Estados Unidos en defensa de la Libertad y la Democracia, y la Unión Soviética en defensa, a su vez, de la Justicia Social y la Patria de los Trabajadores, y unos y otros favoreciendo dictaduras y alimentando conflictos para extender sus influencias, en detrimento del mundo entero; influencias que fortalecían un bando u otro según los intereses de cada uno. Y es esa doble moralidad de bandos la que nos han traído inexorablemente a los exilios y las guerras del ahora en las tierras de Siria e Irak antes llamadas Mesopotamia, donde ardían los fuegos eternos sin que nadie los prendiese. Allá, sobre mis ríos de alquitrán, corrió tanto la sangre y durante tanto tiempo que me hice fuerte y bella, y ansiosa. Y cada vez quería más ¡y más!
      Hubo un silencio breve. La Muerte miró al vacío, absorta en la espesa neblina gris.
      —¿Y entonces? —preguntó el iluso.
      —Entonces hubo muchos muertos. Muerte por todas partes y en nombre de múltiples y contradictorias ideologías, todos creyendo tener la razón sobre sus éticas conductas, y todos tenían razón, pero no encontraron la paz en la tolerancia, quizás; hubo muertes, digo, por el control de los recursos, por el control de las tierras ancestrales y por la justicia y las libertades entre unos y otros pueblos que son uno, en realidad, aunque lo hayan olvidado: un solo pueblo en continua mescolanza, ya sea que se llamasen árabes, turcos, pashtuns sunitas, bengalíes, indios, persas chiítas, libaneses fenicios o cartagineses, judíos sefardíes, judíos ashkenazis, israelíes sionitas, armenios, kurdos, eslavos, germanos, galos, anglos, sajones, godos, visigodos, ostrogodos, tartecios, íberos, ilirios, ligures, franis, vascones, gitanos, húngaros magiares, caucásicos, celtas, celtíberos, normandos, mongoles, egipcios, tuaregs del desierto o beréberes nómadas, bosquimanos de la sabana, bantús, zulús, xhosas, tembús, pondos, bechuanas, shanganes, otentotes, hutus o tutsis o dembeles africanos, o mayas, u olmecas o toltecas o azecas o criollos o incas peruanos o mapuches o guaraníes del mundo brasileño americano... ;y todos siendo un mismo pueblo: la raza humana, destruyéndose a sí misma. Y así siguen, de hecho. A mi favor.
      Suspiró.
      —Pero... ¿Por qué?, ¿por qué?
      —Yo también tengo que alimentarme, ¿sabes? —dijo ella —. Esta es mi ambrosía.
      La Muerte sonrió. Entre la bruma.
      —Entiéndeme. Dios creó el cielo y la tierra, y al hombre. Yo creé el petróleo del Medio Oriente y la plata de México y el Perú y el brillante oro de Australia el negro del Brasil, y las especias de Filipinas y el coltán del África y su diamante y su marfil, y creé el dinero y la discordia, para tentarle, y creé el bronce y el hierro, y el acero y la pólvora para sus armas, y creé los recursos limitados. Yo solo puse las herramientas. Por mi bien. El trabajo lo hicieron ellos, y lo hacen aún. Yo solo me quedo a mirar mientras se matan, y así me alimento, ¿comprendes?
      —Entonces eres la culpable de todo.
      —No has entendido nada —dijo ella, negando sutilmente con la cabeza, y su tono de voz se volvió acre. Y se hizo oneroso el silencio —. Así que —dijo al fin —¿esas son tus últimas palabras, antes de irnos?
      Él asintió, de súbito ensombrecido.
      Y ambos se encaminaron hacia la bruma, y el iluso desapareció por entre ella.
      Para siempre.

martes, 23 de julio de 2019

Graduado en Psicología

4 años. En estos me ha pasado todo, y en los años venideros me queda todo por hacer. Pero si he de mirar atrás para ser sincero conmigo, debo decir, al fin, que lo he conseguido. Ahora soy psicólogo.
Tras abandonar súbitamente el instituto a las puertas de la universidad con 17 años, para trabajar y esas cosas que te exige la sociedad para vivir, y un sentimiento rezagado de fracaso e inferioridad intelectual, decidí sacarme, al fin, una carrera. 26 años recién cumplidos y una prueba de acceso, me abrieron esas puertas cerradas hasta entonces para mí, y cuatro años después, me he graduado, y he cerrado una cuenta pendiente que había permanecido siempre tras finos umbrales de mi propia consciencia.
Ahora soy psicólogo, sí, y soy también escritor de novelas pues nunca dejé (ni nunca dejaré) de escribir: es lo que me conforma y sostiene como individuo.
Estudiar una carrera hoy en día te dará trabajo o no, dependiendo de factores que nunca dependerán del estudiante, pero lo cierto es que el trayecto ha sido tan emocionante (sí, como un revolver disparando emociones) como puede ser viajar o practicar deportes de riesgo. He disfrutado de mis éxitos, he sentido placer y felicidad de mi propia capacidad para la autodisciplina y el esfuerzo sobre algo, he llorado de rabia y tristeza por no tener tiempo de ir al parque con mi hija, de quedar con los amigos a tomar una cerveza, de escribir. He sentido la ansiedad en mi cuerpo, y he aprendido a sobrellevarla en el camino. Y aquí estoy, con 30 años, al fin, graduado.
No ha sido nada fácil. No lo es, ni te asegura el éxito ni la riqueza ni la felicidad ni el trabajo si quiera. Pero volvería a hacerlo, y animaría a cualquiera a enzarzarse sin pensar (o casi) en uno de los mayores embrollos en los que tendrá el lujo de meterse. Para crecer como persona, para decirse a uno mismo "he podido hacerlo", por el placer del conocimiento, quizá.
Por mí.
  

lunes, 8 de julio de 2019

Nuevo número de la revista de la AEM

Ganar para perder

   Mientras, con sibilantes artes oscuras, son tentados tus sentidos por una amplia gama de posibilidades de juego, con luces y colores rutilantes y promesas de un éxito en verdad inalcanzable, la probabilidad de ganar se aleja y te es negada de antemano, despojado de ella como a un cachorro de su madre. Todo es en vano, chico.
   No puedes ganar.
   Y sin poder ganar, mas creyendo poder hacerlo quedas atrapado en un baile incesante de miles de ceros tras un cero coma comandando, enhiesto, a sus huestes.
   Anuncios, famosos, sonrisas, impulsos eléctricos en tu cerebro; dinero. Vanas promesas de un éxito a largo plazo altamente improbable, preso de la diosa aleatoriedad.
    Y cuando el corto plazo te dé miseria de mamar, alimentando la creencia, percepción errónea, en la facilidad y la posibilidad del acceso a la riqueza, entonces estarás dentro. Dentro del laberinto, con tu cerebro adicto.
   Al final, la máquina evolucionó a un chisme portátil con portátiles dosis de una droga invisible. Y se convirtió en adicta; adicta a las apuestas para las que los seres humanos fueron desde entonces, y en adelante, su moneda y su mercancía.
    La máquina siempre gana con sus apuestas. Y tras ella hay otros que ganan, mas ni si quiera apuestan, pero venden cómo hacerlo con más promesas vanas, o quizá medien entre la suculenta víctima y la apuesta. Apremia la Ilusión de control sobre eventos aleatorios o sobre resultados objetivamente incontrolables, impera la sin razón; la impredecibilidad inherente a los eventos de juego cae por el peso de una siempre inadecuada información. Apuesta.
    Apuesta.
    La ansiedad te crece, a veces. En ese instante ínfimo previo al final, antes de perder o ganar. Ganar, si tienes mala suerte, te atrapa progresivamente en el futuro y te despoja del presente; la apuesta, si ganas, se volverá contra ti, se tornará consecutiva y compulsiva, con el tiempo.
    Laberinto en tu mente.
    ¿Podrás parar? ¿Podrías parar? ¿Podrías, si quisieras, poner fin frente a la ansiedad previa que te empuja a apostar de nuevo otro poco, o muy poco, que se hace mucho sin avisar?
    Mientras la mano se hace hábil y automática la mente se vuelve adicta, ¿podrás parar?, ¿querrás parar?
   Mano, moneda y mente, unidas por impulsos eléctricos subyacentes.
    Las apuestas y su accesibilidad crecen y se expanden, y crece la creencia en la posibilidad, y crecen los ejemplos de gente fulgurante apostando exitosamente. Pero detrás no hay nada más que publicidad y otra gente que gana sin siquiera apostar. Tras la mano, la moneda y el tiquet, tras la aplicación y la cuenta bancaria no hay nada más que la consecución victoriosa de una ciencia de la adicción y la ganancia, a costa de ti. Apuesta. Apuesta, si quieres, para jugar. Pero asúmelo.
    No puedes ganar.