miércoles, 8 de julio de 2020

Un viaje de aventuras

Tic, tac.
Un intenso viaje hacia el interior del jardín de las hadas (que en nuestro mundo desapasionado de adultos serios, vagando entre lo cotidiano, llamamos el jardín de la Iglesia), nos hizo entrar en contacto con la magia profunda, y allí anduvimos durante lo que parecieron horas.
Tic, tac.
No había hadas, pues estaba el sol todavía, pero podía percibirse su presencia mágica, durmiente, y si se miraba con precisión podía vislumbrarse sus casitas entre los troncos de los árboles más retorcidos. De pronto, una de ellas apareció, tic, tac, batiendo sus brillantes y blanquecinas alas de oropel, y nos advirtió de que algo súbito estaba por venir. Y todo se truncó: tuvimos que salir huyendo pues un inesperado invierno antinatural nos alcanzó; por ese motivo nos desplazamos hacia el Castillo de Hielo (que no era sino la Casa de Cultura, cuya torre del homenaje coincidía, en su imaginación, con las escaleras de la esquina que da a la parte alta de las butacas). Allí nos enfrentamos a los monstruos del hielo, y tuvimos para ello un espíritu inquebrantable.
Y vencimos.
Tic, tac.
Fue así como Sherezade fue proclamada Reina del Hielo, y adquirió poderes que le permitirían enfrentar futuras adversidades.
Tras tan renombrada hazaña, nos encaminamos rumbo norte en una misión secreta de reconocimiento del territorio, y subimos la cuesta hacia el Concejo de la villa. Habían algunas personas por el camino real (espías, probablemente, que nos seguían en nuestro cauto caminar), tic, tac, así que tuvimos que escondernos en una cueva (la entrada con escaleras a Claus y Broques).
Y allí, al socaire del paso del tiempo, quedamos. Allí, mirando de frente al Tiempo y su lento transcurrir, quedamos, protegidos de los enemigos, mirando el tic-tac de mi reloj, escuchando de forma abstraída y completa cómo los mecanismos del artilugio hacían mover las manecillas hacia el futuro, imparable, imprevisible, inquebrantable.
Tic, tac, tic, tac.
Ella me miró como sorprendida, y sonrió. Había sentido por un instante la magia en estado puro, y yo me había percatado: la presencia plena de su atención, puestos todos sus sentidos en el tic tac del reloj. Y había desaparecido el resto de cosas que circundaban y bailaban a su alrededor.
A su alrededor.
Fue una mañana cualquiera, paseando con ojos soñadores entre lo común y corriente, entre lo fútil y lo intranscendente, pero en sus ojos erraba una luz, y en su viso, y en sus motas pardas había escintilantes hebras de una máquina que no dejaba de producir; una máquina tejedora de sueños y productora de los más avanzados telares de la imaginación.
Mi productora de sueños. Mi promotora de fantasía.
Mi hija, mi niña.
Mi sol.

domingo, 28 de junio de 2020

Nuevo número de la revista AEM: A mi niña pequeña

   Mi niña pequeña. Cuando un día tu avidez por la magia despierte en las horas para ir a dormir, te mostraré esperanzado la luz de las criaturas del bosque que surgirán de nuestra imaginación para el esplendor de su mundo: y las hadas cobrarán vida en tus ojos, y los gnomos y los elfos y los duentes y las ninfas, las selkies, los silfos y los druidas vendrán a vernos en nuestros relatos que nos mostrarán la libertad y la irracionalidad del espíritu humano como parte fundamental de la conciencia y la imaginación. Iremos de la mano, juntos, al Romanticismo en la literatura, y nos quedaremos a vivir en él durante un tiempo largo abstraídos del exterior; y conoceremos a Christian Andersen y su "Nuevo traje del emperador" y su "Sirenita" y su "Patito feo", a Yeats y sus bosques míticos, a los hermanos Grimm y Perrault y sus cuentos de hadas, a Edgar Allan Poe y su magia negra, a Lord Byron y su espíritu dionisíaco y sus dioses griegos como parte integrante del alma humana. Y te mostraré el mundo fantástico creado por tu padre como un subcreador de un mundo mágico, que espera ansioso conocerte y hacerte formar parte de sus reinos encantados y sus vicisitudes girando en torno al motor de lo humano: el amor.
   Hasta que un día, más adelante, cuando los años pasen y pasen y la ilusión por los reinos mitológicos llegue a un primer ocaso, nos toque despertar.
   Entonces te contaré otro cuento diferente. Te contaré del mundo que llaman real, el mundo para los adultos de nuestro tiempo, vacío de contenido y de valores humanistas escaso, con periodos de un condicionado esplendor y acechantes ciclos cataclísmicos: el mundo donde vivimos en la vida cotidiana; ese mundo donde la magia y el sentimiento de lo profundo y lo libertario fue sustituido por lo práctico y lo rentable, por la mercancía y los negocios; donde la máquina y la industria demostró, al final, que no llegó como parecía a liberarnos sino a esclavizarnos en un sistema complejo del que no se puede escapar sino por el sometimiento al trabajo en un mundo con los recursos mercantilizados, repartidos y controlados por unos pocos, que ya no son los villanos de un cuento, sino los adalides orgullosos y esforzados, beneficiados, de un sistema injusto dado. Entonces, cuando el desánimo y la decepción por una realidad para adultos productivos llegue, volverás tu mirada atrás y comprenderás que Mary Shelley y los románticos tenían razón, pues la máquina Frankenstein no se pudo controlar, que la vida real se ha convertido en una fábrica de gente productiva que fabrica productos que compra y tira y vuelve a producir y comprar, y aunque la catástrofe lleve a niveles de vacío existencial el futuro vuelve a retomar la cadena de un consumismo excluyente, superficial y cruel, y en él nos toca vivir.
   Sin embargo, espero que no olvides nunca la magia, Sherezade, porque yo estaré ahí para recordarte en los momentos difíciles que un día fuimos libres en los bosques encantados de la imaginación, allá donde nadie podrá nunca alcanzarnos. Quizá ello te haga fuerte y capaz para afrontar desde la plenitud del alma en la infancia el vacío de la sociedad adulta de consumo que con consumismo se intenta, en vano, saciar.
   Tengo tantas cosas que contarte... Ahora duerme, mi niña, yo estaré aquí cuando despiertes.
   Cuidándote.