lunes, 15 de febrero de 2021

Nuestro Bosque de Tinta: La reina del Hielo

Érase una vez un reino tan al norte tan al norte que al declinar el sol cristalizaba la nieve que caía, creando formas de hielo delirantes. Cada noche, tras los rojos y violetas de la puesta y el arrebol, el Castillo del Hielo tomaba forma entre la tempestad, para reinar de nuevo lo que dura una noche. Y su princesa, hija del hielo y la tormenta, al principio difusa entre la borrasca y el vendaval, ordenaba solo una cosa a las criaturas vivientes de su reino, sus vasallos: que durmiesen, pues esa era su voluntad. 
Su único anhelo, sin embargo, su deseo más vivido que le quitaba el sueño y la hacía suspirar de emoción, era encontrarse de nuevo con su único amor, que veía una sola vez, al finalizar la noche, con el deshielo de su palacio y el ocaso de su reinado.
Su trono del hielo, de primor efímero en el norte, no era suficiente para ella.
Y en cada momento previo al amanecer, ella miraba orgullosa, ya en todo su esplendor, refulgente y hermosa, desde la balconada de su castillo; los primeros rayos del amanecer tras las montañas la embelesaban, a pesar de que la hacían morir otra vez, hasta su renacer con la llegada del frío de la noche. Mas ella permanecía ahí, inmóvil, exigiendo su atención.
¡Mírame!, gritaba al astro sol. Pero este, con su arrogancia desde los cielos, como cada nuevo amanecer, la ignoraba.
Y así, cada noche y cada día, su reino florecía y perecía, y ella quedaba atrapada por su obsesión, para volver a formarse otra vez, durante el crepúsculo de un nuevo anochecer.
En un reino muy al norte, muy al norte, entre el hielo, las lágrimas y la tempestad.


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