lunes, 1 de marzo de 2021

Nuestro Bosque de Tinta: La cueva de las emociones

   En medio de una disputa más bien unidireccional, suave, pero hiriente, el dominante lanzó un dardo envenenado al sumiso en forma de broma, y esta causó estragos a modo de risas por todas partes.
   De pronto, el tiempo se detuvo. Y por dentro del sumiso, en su mente embotada, comenzó la verdadera batalla: la única que realmente importaba.
   —Bienvenido a la fiesta —dijo la urraca al monstruo de la ira.
   Cuando las luces se hubieron ido tras el lapso, se encendieron las llamas celestes en un pequeño claro del bosque de neuronas, allí donde moraban los monstruos ardientes de las emociones. Y en aquel preciso momento de apagón, el aquelarre celebraba un ritual de iniciación. 
    El monstruo de la ira se acercó, suspicaz, abriéndose paso entre matorrales de dendritas y axones. Sentía el rechazo en las miradas y en los gestos de los demás. Pero había sido convocado. Convocado por la urgencia y la comisión de solución de problemas.
   —Percibo vuestro rechazo —dijo apretando los dientes.
   —Eres malo —le recriminaron prontamente los entes del perdón, la amistad y la religión.
   —No te necesitamos —dijo también el monstruo del miedo y el de la alegría —solo causas problemas.
   —Si queréis que me vaya, me iré —bufó, dándose la vuelta.
   —Has sido convocado —dijo el ente del equilibrio —porque eres tan necesario como nosotros, y tu ausencia ha tenido consecuencias para nuestra entidad como conjunto.
   De pronto se sintió un temblor. El bosque, su bosque de conexiones sinápticas, se agitaba, expectante. Las voces de afuera se escuchaban, reverberando, como el bordoneo de una guitarra sonando lejana, cadenciosa.
   —Tenemos un problema de ámbito social. El monstruo del miedo dice que huyamos, pero no lo creo conveniente. El monstruo de la alegría dice que no es importante y que no hay nada que temer, pero creo que está equivocado. El del desprecio mira el problema por encima del hombro y el del asco, como el del miedo, pretende apartarse, como también lleva tiempo sugiriendo el de la tristeza.
   —¿Y tú? —le preguntó la ira a la razón —, ¿qué crees que es lo mejor?
   —Lo mejor ha sido convocarte. A ti.
   Y la ira asintió y se puso a trabajar sin demora, y desde abajo conjuró una palabra tan tajante y poderosa, tan gutural, que hizo retumbar su ser como un rugido en una caverna.
   ¡No!
   El tiempo volvió a su cauce natural. Y el dominante sintió el rugido y el reverberar de la ira poniendo una barrera entre él y el nunca más sumiso.
   Se había establecido el equilibrio.

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